La castaña, protagonista en Yunquera.

La castaña, protagonista en Yunquera.

Quise ver Yunquera desde arriba, y para hacerlo me refugié en Tolox. Camino del pueblo tuve que detenerme para retener su preciosa estampa anclada bajo los contrafuertes calizos. La salida trasera de la población, la que lleva al Balneario, me infundió confianza: paseos de árboles plantados por niños en justo reconocimiento a sus abuelos, placas de ‘voluntarios por la libertad’. El camino serpentea por la ladera del cerro y se orilla, antes de perder el asfalto, junto al Hotel de montaña ‘Cerro de Híjar’. Bajo este remanso de paz se escucha el valle y huele a una mezcla de pan recién horneado, salvia y lavanda, bandos de piquituertos llenan los árboles y un águila real se pasea hacia el norte. Las vistas desde aquí no tienen comparativa posible; es el segundo lugar, esta Sierra de las Nieves, con los panoramas más amplios que puedan darse en la Penibética, justo aquí donde casi se toca el límite oeste del que fue el Reyno de Granada. Al fondo, muy al fondo hacia levante, se distingue la regia silueta tumbada del Mulhacén. El más alto.

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Octubre 28th, 2009ISTÁN | La selva esmeralda

Vista de Istán desde la sierra

Vista de Istán desde la sierra

De Ojén me dejé caer, según despuntó el día, hacia la costa, donde descubrí una franja marítima desvirtuada por hileras de edificios y decenas de centros comerciales que ocultan el corazón de pequeños pueblos, casi perdidos entre cemento y luces de neón multicolor. Pero no era ese mi destino ya que en unos minutos abandoné el lugar para remontar el mapa camino de Istán; había quedado con Fernando, concejal que  tuvo a bien acompañarme, junto a Marta y Sandra durante la mañana. Los cuatro nos iríamos a descubrir la selva esmeralda y el Castaño Santo de Istán. Partimos en un vehículo oficial de Protección Civil y tras recorrer un itinerario endiablado que no me atrevería ni siquiera a ‘repensar’, encaramos la sierra desde Benahavís atravesando las vaguadas hoy transformadas por el fuego y los continuos movimientos de tierra. Si en un principio los palmitos carbonizados, el olor a la flora aromática mediterránea, los enebros solitarios y las manchas dispersas de pinos se reparten las laderas; según vamos ascendiendo va apareciendo la selva mediterránea, ¡Pasen y vean!

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Octubre 27th, 2009VIVIR LA NOCHE DE OJÉN

Vista nocturna de Ojén.

Vista nocturna de Ojén.

Tenía ganas de conocer Ojén con tranquilidad. Hacía lustros que no pasaba por allí, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchísimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.

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Cuando ya creía que nunca sucedería, el cielo gris preñado de nubes rompió aguas justo cuando coroné el Puerto de la Dehesa, ese que a poniente permite a la vista jugar con la Sierra de las Nieves y a levante divisar la Penibética y el mar. Caían las primeras lluvias otoñales, lo que hizo detenerme antes de cruzar el bosque, y así gozar del sonido del viento y la lluvia mansa que ya limpiaba el ambiente reseco. Nadie alrededor que fuese testigo del momento. Solos la Naturaleza y yo, junto al nombre de una población de embrujo morisco, Castillo de Bonaira, ‘Ksar-al-Bunairyya’, Casarabonela, Bonela a secas como la llaman los de la comarca.

Según descendía del alto, las nubes se cerraban y espesas cortinas de agua me impedían adivinar el pueblo sobre las laderas pardas de los montes; el camino aparecía flanqueado por pinos corpulentos junto a los que había alineadas sillas de colores vacías, mojadas por la lluvia, sillas ocupadas en las tardes rasas veraniegas donde, a la sombra del Pino Real, se sientan los viejos paseantes. Una imagen la del otoño lluvioso que vacía de gentes el paisaje y potencia la memoria que se imprime a campos, vaguadas y huertas.

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“Antes de echar los cimientos de las murallas, una ciudad habrá de escoger un lugar de aires sanísimos. Este lugar habrá de ser alto, de temperatura templada, no expuesto a las brumas ni a las heladas, ni al calor ni al frío; estará además alejado de lugares pantanosos para evitar que las exhalaciones de los animales palustres, mezclados con las nieblas que al salir el sol suren de aquellos parajes vicien el aire y difundan sus efluvios nocivos en los cuerpos de los hobitantes y hagan por tanto infesto y pestilente el lugar. No hay duda que es necesario poner la máxima diligencia en la elección de los lugares más sanos”

(Vitrubio, ‘Los diez libros de la arquitectura’. Libro I, Cap. IV).

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Me encamino al sur de Ronda, hacia ese valle que mira al mar y que esconde el sabor de lo auténtico, un ejemplo de naturaleza aparentemente virgen pero cuyo paisaje responde a la mano del hombre. Me voy al Valle del Genal, donde los castañares de la comarca se esconden de la vista de los que llevan prisa. El valle está a tiro de piedra de Ronda y cuando empiezo a recorrer sus mil y una curvas, mientras atravieso descarnados lapiaces repletos de arbustos aromáticos, no puedo imaginarme el cambio tan acusado hacia la exuberancia de lo forestal, hacia el bosque encantado de pinares y castaños que ha de venir.

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Octubre 20th, 2009LA ALGABA | El mundo perdido

Amanece en la Serranía.

Amanece en la Serranía.

Cuando se busca el horizonte de Ronda, los peñascos y la roca caliza dominan la lejanía y enmarcan el paisaje con una grandeza inesperada. Entre los riscos y los tejados de la ciudad se extiende un verde continuo, profundo y oscuro, que forman las copas de quejigos, encinas y alcornoques, es la dehesa cerrada y el monte mediterráneo que circunvalan la ciudad y la introducen en la Serranía.

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Uno de los nombres que resuenan en la mente de todo viajero que decide venir al sur de España es Ronda. No sólo es imaginación en la mente de quien atraviesa un mar para llegar hasta aquí, no es sólo un sueño ansiado al observar una imagen del profundo tajo bajo la cálida luz vespertina, es una realidad que muchos experimentan cada fin de semana. De Ronda se ha escrito tanto como los centímetros que mide el Puente Nuevo que cruza el tajo y aún así, uno no se cansa nunca de saber de ella, de conocer esta hermosa ciudad enclavada entre dos catedrales milenarias. Porque Ronda tiene dos catedrales pero casi nadie se percata de su existencia.

Una de ellas es mundialmente conocida: su tajo de 98 metros de altura podría contener la torre catedralicia más famosa de España: la Giralda. Es una altura que incluso rivaliza con otras, se me ocurre ahora mismo la de Estrasburgo que roza con su espadaña los 142 metros de altura. La Giralda de Sevilla se representa en los libros de naturaleza por algunos de sus habitantes más valiosos, los cernícalos primilla de su torre; Estrasburgo ha hecho de las cigüeñas de su catedral un símbolo internacional y los niños que la visitan se llevan una cigüeña de peluche, un paraguas de pico rojo y silueta alada. Han dignificado a sus aves por ser únicas.

¿Y Ronda? ¿Podría hacerlo también? ¡Desde luego! Lo extraño al caer la tarde, paseando por Ronda, es no contemplar sobre el tajo, o bajo el puente, o en los tejados cercanos el vuelo acrobático de un ave negra con un pico curvado y patas de color rojo intenso, las chovas piquirrojas, conocidas en la ciudad como ‘grajas’. Quien no las ve las escucha, pues su graznido es característico y resuena en los verticales escarpes de arenisca y conglomerado.

El tajo de Ronda es uno de los destinos más apreciados por los aficionados del turismo ornitológico. Es raro no pasear al borde del escarpe y no encontrarse a alguien que, prismáticos en ristre, observa algunas de las especies emblemáticas que aquí se dan cita. Se citan en primavera cuando los vencejos reales, tras superar el brazo de mar del Estrecho,  llenan con sus alas afiladas y vientre blanco el espacio aéreo rondeño; se citan en las frías noches de invierno cuando paseando cerca del Palacio de Mondragón se oye el reclamo insistente del búho real atravesando la noche; se citan cuando el sol se esconde y durante todo el año, las acrobáticas ‘grajas’ que ascienden en vuelo directo para dejarse caer y hundirse vertiginosas en lo más profundo del cañón abierto por el Guadalevín. Y eso maravilla, no sólo a los turistas de naturaleza sino a todo visitante que se asoma al cortado. Es imposible no verlo y la gente pregunta por esas aves.

Uno de mis rincones favoritos en Ronda, aparte de Santa María la Mayor, el puente viejo y los rincones que rodean al alminar de San Sebastián, es el hotel Reina Victoria, concretamente sus jardines, los que cuelgan sobre el tajo de Ronda. Aquí me encuentro escribiendo esta crónica desde una de las mesas que se asoman a una inigualable puesta de sol otoñal. A pocos metros de aquí debió desgranar el poeta Rainier Marie Rilke muchos de sus versos, lo cual no es extraño a juzgar por el entorno, jardines de estilo británico, terrazas armoniosas y una tranquilidad reinante que alimenta de serenidad al alma.

Me levanto de la silla acercándome al cortado. Frente a mí se alzan las sierras de Líbar y  Grazalema, destacando el Peñón Grande, rotos sus detalles contra el fondo ardiente del sol. Acabo de pasar junto a mí uno de los halcones peregrinos que viven en el tajo, ha caído como una flecha y se ha elevado un minuto después rompiendo el cielo con sus alas puntiagudas. Y es precisamente ahora, cuando el sol comienza a huir del espacio visible rondeño, cuando su segunda catedral comienza a tomar forma de silueta. Una catedral natural de montañas rodea esta preciosa e irrepetible ciudad malagueña; se mire por donde se mire lo sublime gana y uno se percata de que al igual que una catedral lo es, la naturaleza tiene también algo de sagrada. No se puede cuantificar, pero la satisfacción de estar en Ronda, la felicidad de sentir el aire fresco en la cara, la serenidad de las flores y su aroma mientras se pasea, son los valores que enmarcan una visita a Ronda. Y desde luego le harían un gran favor si, al igual que con otras aves hicieron otras ciudades europeas emblemáticas, Ronda elevase a sus chovas piquirrojas a la condición de símbolo. Sería su más efectivo y económico embajador, lo mismo que ya lo es una imagen de su tajo.

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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Gente del Guadalhorce

Cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, ponen voz a su mirada. Elegidas al azar, nos ofrecen su visión personal, la más cercana. Nos descubren, a través de sus palabras, por qué merece la pena visitar su pueblo o su comarca.

· AUDIO PODCAST TEO (Fotógrafo), Coín ·

· AUDIO PODCAST LOURDES (Técnica), Coín ·

· AUDIO PODCAST PATRICIA (Caracterizadora), Coín ·

· AUDIO PODCAST LEO (Empresario), Coín ·

Jorge Garzón / Miradas ©2009

Octubre 14th, 2009ASÍ SE HACE…

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Día a día voy trayendo a estas páginas las crónicas del territorio, su historia, historias, paisajes, gentes y todo lo que intuyo que nuestra tierra tiene que ofrecernos. El trabajo de comunicar e intentar transmitir es intenso así que me ayudo de la tecnología para aparecer por vuestras pantallas y así ‘traducirme’ en palabras e imágenes. La semana que viene visitaré las comarcas de la Serranía de Ronda y la Sierra de las Nieves,  mientras tanto vuelvo a Granada y estaré unos días alejado mientras recupero fuerzas para volver con ganas, como siempre…

Quizás os hayáis preguntado que hay en mi habitación, donde duermo o que herramientas utilizo. Así que me he puesto manos a la obra y antes de partir de Archidona he intentado resumir, en tres minutos  de imagen y palabra, cómo hago las crónicas.

Nos encontramos por los caminos serranos a partir de la semana próxima. ¡Gracias por estar ahí!

Jorge

Jorge Garzón / Miradas @2009


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