Noviembre 14th, 2009LA CAMPIÑA NATURAL

Las campiñas son destino interesante para el turismo ornitológico.
Pudiera parecer a simple vista que la campiña agrícola está desprovista de atractivos naturales, y aunque a simple vista así lo pareciese, afirmarlo sería temeridad. De hecho, un itinerario relajado por el medio rural, a pesar de la intensificación agraria que se ha producido en estos últimos años, nos deparará sorpresas. No es un secreto que soy naturalista y propongo, antes de despedirme de la campiña sur cordobesa, una ruta para descubrir algunos secretos naturales que se desvelan a quien se acerque al campo de manera diferente. Me dispongo por tanto a cruzar la comarca entera, viajando desde los campos de Montemayor a los de Moriles, pasando por La Rambla, Montalbán y Aguilar de la Frontera.
Inicio mi periplo oteando las desnudas lomas terrosas que criaron cereales y pipa hace pocos meses. El color arcilloso del terreno contrasta con recientes olivares de dos savias; hay ya demasiados olivos y por ello nuestras campiñas se van empobreciendo lentamente, algo a tener en cuenta ya que perdemos identidad y riqueza natural. Mirando al cielo descubro una de las rapaces invernales característica de las zonas abiertas, un milano real ciclea sobre mí y se pierde hacia el norte. Algo más lejos una pareja de cuervos se deja oir y cuando me giro, un total de cuarenta salen volando tras los olivos cercanos, están aquí concentrados para pasar el invierno, ya que fuera de esta estación vuelan casi invariablemente en parejas. Desciendo por los cerros y llego a un arroyo con vegetación ribereña, a la derecha se elevan varios eucaliptos de gran porte y bajo ellos descubro un gran abrevadero de roca con un amplio pavimento de cantos. Al acercarme salen volando cinco abubillas que se posan en los prados cercanos. La algarabía de pájaros entre las ramas de los árboles es notoria: bandos de pardillos volando, colorines comiendo semillas en los cardos secos y varios trigueros atravesando el cauce del arroyo. En el cerro cercano aparecen los restos de un castillo y sobre una de sus almenas mochas destaca una silueta, me echo los prismáticos a la cara y ¡allí está! una preciosa hembra de halcón peregrino descansa al sol de la tarde. El castillo y abrevadero de Dos Hermanas es un lugar muy especial que alberga algo que en la campiña es esencial: el agua. Y donde hay agua, hay vida.
Llego a Montemayor mientras escucho el canto de los escribanos soteños. A la entrada del pueblo me detengo a buscarlos mientras paseo por una curiosa dehesa formada por ¡granados! No hay encinas, ni alcornoques, es un paisaje abierto de granados donde se ocultan numerosos pajarillos. Mientras camino me detengo frente a una flor morada, es una mandrágora, planta mágica que anuncia el otoño. La mandrágora es una especie de espinaca silvestre que fue utilizada profusamente por los boticarios, magos, brujas y amantes de lo oculto. Posee propiedades hipnóticas y narcotizantes, concentrándose los alcaloides en su raíz antropomórfica (en forma de hombre); para aprovecharla hay que extraer el órgano radicular, secarlo y rallarlo. Pero quien osara arrancarla directamente sufriría males terribles, así que para evitarlos debía buscarse un perro negro, atar una cuerda a la base de la planta y hacer que el can tirase de ella, así de esa manera nadie sufriría mal alguno. Por si a alguien se le ocurriese ‘jugar con mandrágoras’ añadiré que, la atropina, hiosiamina y mandragorina que posee son potentes narcóticos que la convierten en notablemente tóxica, por lo que sólo debe usarse bajo prescripción médica.

Bando de avefrías en vuelo
Camino de la Rambla aparecen los primeros viñedos que ya se visten de color dorado y en los que las currucas capirotadas buscan refugio y alimento. Por la carreterilla [A3133] prosigo viaje hacia Montalbán. Atravieso este ordenado pueblito y desciendo hacia el valle que cruza el Arroyo del Salado. Todo lo que es cauce aparece encharcado y cuando me fijo entre los caballones y las orillas herbosas, descubro decenas de avefrías inmóviles, casi invisibles. Un bando de unas treinta echan a volar con su característico reclamo sibilante.
Más adelante veo en el cielo gaviotas e inmediatamente pienso que debe haber un vertedero cercano. Un kilómetro más allá aparece la planta de reciclaje de Montalbán-Aguilar donde se concentran unas ¡2000 gaviotas sombrías! de diferentes edades. Tras echarles un vistazo continúo mis pasos en busca de otras aves. Llego al cruce con Santaella y me dedico a inspeccionar los pasillos entre los olivos jóvenes junto a la carretera, también los prados cercanos junto al río Cabra. Entre los arboli
llos descansan inmóviles varios ejemplares de alcaraván -conocidos también como almas en pena- debido al lastimoso silbido que emiten al caer la noche. Los sotos del río Cabra son magníficos y soportan una gran comunidad de pequeñas aves insectívoras, mientras que en las campas de hierba comen chorlitos dorados y se mueven nerviosas las lavanderas blancas. Un par de ratoneros comunes vuelan en lo alto y un par de conejos se dan a la fuga parándose a mirarme.
Un kilómetro más allá llego a unas salinas en producción donde unos operarios vierten salmuera en las balsas. La salina Nuestra Señora de los Remedios produce sal y permite a ciertas aves migratorias alimentarse en los limos que quedan al descubierto cuando se evapora el agua. Supero los cerros cercanos y pongo rumbo a Aguilar por la [CP-209] donde siguiendo las indicaciones, llego hasta la Laguna de Zóñar, una de las principales del Complejo lagunar del Sur de Córdoba. Realizo uno de los paseos que circunvalan la laguna por su ribera oeste y descubro algunas flores interesantes, entre las que destacan los candilillos y la zarzaparrilla, ambas enredaderas mediterráneas. La primera es conocida también como ‘Aristolochia baetica’ y se trata de un endemismo bético-levantino, es decir, sólo crece en la zona meridional y el levante peninsular. La planta se utilizó tradicionalmente como inductora del parto y en dosis altas como abortiva. Su etimología no deja lugar a equívocos, proviene del griego ‘aristos’ (bueno) y ‘locheia’ (nacimiento), una planta que permitía que las parturientas alumbraran con mayor facilidad.
De Zóñar, tras un agradable paseo rodeado de anátidas y otra aves acuáticas, enfilo hacia Moriles donde el paisaje se cuaja de viñas. En época primaveral uno de los ruiseñores más valiosos se instala entre las cepas: el alzacola, un ave rojiza que se pavonea elevando la cola mientras la mueve de lado a lado, de esa manera trata de llamar la atención, junto a su sonoro canto, de los congéneres llegados de tierras africanas en los primeros días de mayo.
En las lindes, sobre los arbustos, vuelan gorriones de amplios baberos negros y capirote marrón, no son gorriones comunes y su librea los delata como machos de gorrión moruno, de complexión algo más robusta que los ‘de toda la vida’. Atravieso Moriles cuando el sol se ha escondido y localizo junto a la carretera un paseo de gruesos morales que me indican la entrada de la que será mi casa por esta noche: el Cortijo ‘El Patriarcal’, sobre el que me recibe un mochuelo sobre las tejas. Intentaré descansar antes de dejar esta tierra mansa y dirigirme hacia la que fue la penúltima frontera norte del Reyno de Granada: el abrupto paraíso calizo de la Subbética cordobesa.
Jorge Garzón / Miradas ©2009
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