Noviembre 15th, 2009DESTINO PRIEGO

Calle del Barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
Llego a Priego de Córdoba con la intención de no empaparme de Barroco, algo especialmente difícil en un lugar que tiene iglesias para prestarle a tres o más ciudades, el siglo dieciochesco fue pródigo con el pueblo sobre todo por el desarrollo de su industria textil. Así que permaneceré alejado de San Francisco y la capilla del Sagrario en la Asunción, ’so pena’ de acabar extasiado frente a los alardes ornamentales de tal estilo artístico.
El republicanismo, o al menos su recuerdo, está vivo en Priego. El nombre del parque recuerda al primer presidente de la II República española, don Niceto Alcalá Zamora que vino al mundo en una casa señorial de la calle Río. Busco el barrio de la Villa, en lo más alto del cerro que ocupa la población, y me pierdo por sus callejuelas angostas. Aquí arriba, como suele pasar cuando se acerca uno al cielo, se respira la calma. No son las once de la noche de un día de diario, es mediodía, hora del vino, y la tranquilidad domina el ambiente, amenizado por las conversaciones de parejas y
señoras que recorren plazuelas y vuelven de la compra.
Si he definir con un adjetivo la sensación de pasear por el Priego más elevado, elijo sin dudarlo ‘primoroso’. Calles impolutas, plagadas de macetas bien cuidadas, rejería cordobesa negra, números de las casas en cerámica, y un ambiente lleno de olores. Desde la Plaza de San Antonio me voy por calles de nombres sonoros: Santa Ana, Piloncillo, Real, y el Mirador del Adarve desde el que cuelga Priego su autenticidad pueblerina, mientras protege la entrada al Reyno de Granada entre riscos, vaguadas y cerros de monte y olivos. Desde el Adarve aspiro el aire de Priego y huele a almazara, al profundo aroma afrutado de las primeras molturas de su campaña olivarera. Pero aquí los olivares son bravíos, al igual que sus gentes, que formaron parte de los reinos zirí y nazarita hasta 1226, cuando Fernando III llegó desde Alcaudete y la ‘medio’ tomó entregándosela a la Orden de Calatrava que no acabó de sojuzgarla, lo que motivó que en 1341 el propio rey Alfonso XI iniciara una campaña y la sometiera definitivamente.
De aspirar aromas de prensa de aceite, y a fuerza de pasar frente a las puertas abiertas de casas donde desaparecían los niños que volvían del colegio preguntando ¿Qué hay de comer, mamá? me entraron ganas de picar algo. La hora crítica repartía aromas a puchero, lentejas y platos de cuchareo, así que decidí abandonarme a lo local y en la placita soleada bajo los tejadillos de la Asunción llegué al Mesón ‘El Zahorí’, un lugar que me alegró encontrar abierto. Carta en ristre, me llamó la atención el plato de alcachofas rellenas con picadillo y ya no diré más, pero no duden en pedirlas si caen por allí, un prodigio de sabores en un precioso patio de mesas y sillas de época.
Los aromas seguían llenando el aire y decidí aspirar la ciudad desde el parque frente al castillo de Medinaceli, adonde se asoman algunas casas solariegas de notable factura. Dos chicas tomando el sol, un hombre pintando y unos niños jugando al ‘joyo’ -a las canicas, para que me entiendan los lectores y lectoras de procedencia norteña- eran mis acompañantes a esas horas del inicio de tarde otoñal. De allí me fui al Balcón del Adarve, en otra plaza arbolada, donde estuve contemplando el ancho panorama que se extiende bajo Priego, y por el Paseo del mismo nombre busqué mi alojamiento al caer la tarde. Encontré la Casa de los Baños de la Villa en un periquete, allí descansaría ¡por fin! de un ajetreado día. Al franquear la entrada me llegó un olor a canela, al subir hacia mi cuarto, éste mudó a limón, y al encender la luz de la pieza, era azahar lo que invadía el ambiente.
Completamente abandonado ya a los placeres sensoriales subí a la terraza para ver Priego desde lo alto. Desde allí se vislumbraban las linternas de torres eclesiales y los tejados más señoriales de la ciudad; rodeado de enredaderas y jazmines eché la vista algo más lejos y decidí que fue un error garrafal no haber visitado antes este bello enclave cordobés -nazaríta para mí- que iniciaron los moriscos y encumbraron los castellanos, no sólo sobre una peña sino para gozo del alma y los sentidos.
Jorge Garzón / Miradas ©2009
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Noviembre 16th, 2009 a las 12:11 am
Hola Jorge,
He conocido este espacio a través de Juan (Albergue Ruta del Califato, Baena), Hace muy poco estuve haciendo un documental en Zuheros, sobre la recolección de aceituna de variedades tempranas, te paso el enlace por si te apetece verlo porque está en la misma onda que lo que haces.
http://www.youtube.com/watch?v=D9WHyJFOJcw
Enhorabuena por lo que haces, seguiré de cerca este sitio.