Baena es la gran capital de la comarca, la que guarda los caminos que se dirigen al llano; tiene sabor andaluz clasicista, algo que propicia el paisaje abierto y la existencia de grandes fincas cerealistas y olivareras. Es Baena una frontera entre el carácter nazarita de la Subbética, con Zuheros como guardián avanzado y Luque y Priego con sus pequeñas huertas, acequias y hazas serranas; y esa Andalucía llana, la comarca del Guadajoz y la Campiña Este , abriéndose ya al Guadalquivir.

Pero todas las comarcas tienen una entrada y una salida. No son entradas o salidas oficiales, pero la gente que las vive a diario, los pueblos que abren o cierran las comarcas sí tienen constancia de serlo, puerta principal de entrada o puerta de atrás, de salida. Los vinagorros de Valenzuela así lo sienten y aceptan, sin malos modos, estar situados en el olvido que la división administrativa les asignó.

Llego a Valenzuela cruzándola por la carretera principal, se acaban las casas y busco un espacio apropiado para girar y volver sobre mis pasos. Lo encuentro a unos cien metros de unas naves y cuando inicio la maniobra me percato que estoy en la provincia de Jaén. Es cierto que aquí se acaba no sólo la comarca, sino también la provincia.

Enfilo las calles en cuesta hasta llegar al parque, tienen pintadas figuras florales y geométricas que decoran, al inicio del verano, un Corpus artístico. Aquí, previo a la procesión de uno de esos jueves que relucen más que el sol, se enlucen las calles con mosaicos hechos de serrín de colores, convirtiéndolas en un único y efímero cuadro multicolor.

Me dirijo a uno de los mesones abiertos y me intereso por el pueblo. Un vino por delante y unas tapas, magníficamente cocinadas por Rafi animan la charla. A la barra han ido acudiendo parroquianos que escuchaban la conversación que Manolo, dueño del Mesón ‘El Olivo’, y yo teníamos. Se me ocurrió preguntarles de qué se vivía por allí y no tardaron en contestar ni un minuto: ‘del Paro’. Pensé que se referían a una situación temporal por la crisis del agro o algo similar, pero no… ‘aquí hay familias de cuatro o cinco personas que llevan viviendo del paro desde hace años’, me dijeron. Las conversaciones del bar denotan cierta desesperanza por un futuro incierto. El pueblo ha ido perdiendo vecinos y se ven muchas casas cerradas. ‘La gente joven se va a estudiar a Porcuna o a Baena, y después se van. A ver si alguien invierte aquí’. Tras una charla de casi una hora abandono el bar con la opinión de sus vecinos.

Paradójicamente, cuando paseo por la carretera principal veo coches, tractores de goma y cadenas, furgonetas y no parece que la población pase necesidades, las casas están en buena condición y la gente habla animadamente mientras la algarabía del receso de la jornada escolar llena el aire. Llego al coche, arranco y dejo atrás la población, dirigiéndome hacia la campiña cerealista, la poca que queda por aquí y en la que ya nadie confía, ¡qué daño tan ingente a nuestros campos hicieron ciertas políticas agrarias comunitarias! En estas tierras que ansían las aguas otoñales se ocultan las últimas avutardas de la comarca.

El paisaje determina, pero también la esperanza y el tesón de la gente equilibran la balanza del progreso. Los paisajes de Albendín , de Porcuna, de Cañete son similares y siempre se acaba saliendo adelante. Es por ello que recorro cada kilómetro de carretera observando los terrones, empapándome del sosiego de estos parajes que precisamente abren posibilidades diferentes ligadas a la tierra, al aire y a recorrer sus caminos de otra forma. ¡Qué buen lugar para fundar una escuela de pintura, o de letras, un lugar para transformar lo sereno del paisaje agrícola en obras de arte!

Me detengo junto a unos cardos resecos sentándome al borde del camino. Ya poco queda de las 300 fanegas de las dehesas Baja y del Egido que poseía el Concejo de la villa en 1590, y que se fueron vendiendo a los nobles, entre otros al Marqués de Valenzuela. Al fondo se elevan columnas de humo de la quema de los poco rastrojos que aún persisten en las fincas.

Pero distantes, junto a un arroyo, aparecen las avutardas vinagorras, un grupo de cuatro… ¡No, seis! ¡Ahora diez! Al final son once aves majestuosas que, en busca de agua han bajado al arroyo cercano y al rato, desaparecido tras un cerro. Son algunos de los habitantes que recorren la campiña acosada, una campiña tan bella al amanecer que merece la pena desviarse de la ruta por ella. Aves en peligro de extinción inmersas en un proceso de cambio que seguro mejorará el futuro de estos lares.

Y no sólo lo pienso yo, los fascículos de ‘Los Pueblos de Córdoba’ así lo afirman:

“Hoy día, Valenzuela es uno de esos municipios privilegiados que aún conservan todas las esencias de su genuino sabor a pueblo. Cierto que los avances de los tiempos, han ido puliendo poco a poco la fisonomía de esta modesta villa, situada a un paso de la provincia de Jaén. Pero basta una mirada desde lejos al caserío, conforme se accede desde la carretera de Cañete a Porcuna para intuir en él ese sosiego laborioso y menestral que todavía pervive entre sus gentes. Desde esa perspectiva, el viajero se encuentra con un bello horizonte: un puñado de casas blanquísimas que chorrean en cascada…”

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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