Diciembre 4th, 2009TIERRA DE REBELDES

El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la AxarquÃa.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â€
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta AxarquÃa que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judÃos sefardÃes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la AxarquÃa fueron los últimos reductos moriscos de nuestra penÃnsula; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
Tengo suerte de estar en el sur, en tierras de ‘al-Andalus’, vertebradas por una identidad que se palpa en la manera que tenemos de relacionarnos, entre los versos y la música andalusÃ, o tras las recetas gastronómicas que exportaron nuestros antepasados al norte de Ãfrica y Mediterráneo oriental tras su expulsión. Algo que ocurrió hace exactamente 399 años. ¿Qué fue lo que realmente sucedió en estas tierras? ¿Por qué se rebelaron los moriscos?
Ya en 1560 se palpaba el descontento generalizado de los moriscos granadinos, acosados por tributos excesivos de reyes y señores junto al cerco religioso de la Inquisición. Las modélicas capitulaciones de Santa Fe flaqueaban por la presión de la Iglesia católica y el afán de poder polÃtico de reyes y señores castellanos. El descontento entre moriscos y judÃos sefardÃes desembocó en los sucesos que se enmarcan en la Guerra de Granada (1568-1570) y tras un perÃodo de calma inestable la rebelión estalló de nuevo en la Alpujarra y aquÃ, en la AxarquÃa, a finales del siglo XVI. Incapaces de soportar más la opresión de la Inquisición y ante mandatos reales que les exigÃan abandonar lengua, vestimenta, música, fiestas, rituales de bodas y cualquier aspecto de la vida cotidiana, los moriscos se sublevaron.
Tras la publicación de la pragmática de Felipe II en 1567 la rebelión se extendió como un reguero de pólvora por todo el Reyno de Granada, llegando a Bentomiz en abril de 1569 alimentada por conocidos instigadores como el morisco Almueden que, junto a Andrés el Xorairán y el capitán Aben Audalla, llegaron a Canillas del Aceituno para liberar a la esposa de Almueden, cautiva por un cristiano viejo.
Los moriscos, alentados por las noticias de que recibirÃan ayuda de los insurgentes alpujarreños y de Argel, plantaron batalla y asÃ, la práctica totalidad de los habitantes de la AxarquÃa y los Montes de Málaga, marcharon hacia las cumbres de “El Fuerte”. El 11 de junio de 1569, al mando de 6000 hombres, D. Luis de Zúñiga desencadena la ofensiva final que otorgarÃa la victoria a los cristianos en la conocida como la Batalla del Peñón de Frigiliana.
Cuando se llega a esta comarca atravesando el ‘Boquete de Zafarraya’ se entiende que fuera un bastión casi inexpugnable. No la cierran al norte y a levante laderas montañosas, sino más bien murallas calizas infranqueables. Descubrir la comarca desde su zona central, al pie de estas pétreas paredes, es la mejor manera de encontrar esa añoranza morisca que se resistió hasta la muerte.
Inicio mi ruta desde tierras bajas, junto a la población de La Viñuela. He tenido la fortuna de descansar junto al Embalse de la Viñuela, en el hotel del mismo nombre; al franquear su puerta el único sonido que se escucha es el agua del estanque.
Trepo por la carretera hacia AlcaucÃn y al llegar, animado por la quietud y bajo un sol invernal, me siento a leer en la Plaza de Zalia, donde las macetas, la cal y el sonido de su fuente recuerdan otros tiempos. De aquà me desplazo, por un camino de tierra en muy buen estado, hacia Canillas del Aceituno; es el camino rural de AlcaucÃn que continúa más allá de los muros del cementerio. Un carril que se transforma en un mirador aventajado y me lleva al comienzo de la senda a la Cueva de la Fajara. La cueva se esconde tras una masa de adelfas y un pastor me aseguró que en la época de torrenteras, expulsa agua a borbotones por su boca, y que ese agua ¡viene de la provincia de Granada…!
En Canillas me acerco a ver la Casa de los Diezmos, lugar donde se pagaban los tributos de las hojas de morera y el ‘azeytuni’, precioso nombre de la seda tejida y teñida de color verde aceituna. No muy lejos se alza otro monumento, esta vez al paladar, que es el restaurante ‘La Sociedad’, bien conocido entre los andarines serranos por sus asados de chivo. En Canillas lo nazarà se palpa con los pies, y no es que vaya descalzo por sus calles, ¡no! pero el diseño de su acerado se compone de motivos nazarÃes, asà como las placas cerámicas de las casas, cocidas en barro rojo y motivos verdes.
Sedella es mi próximo destino y deambulo por sus calles, paso bajo torreones mudéjares y piedras encaladas de arriba a abajo. Algunos rincones me recuerdan a tahas rifeñas y descubro con sorpresa que algunas de las casas en construcción tienen un aire morisco y mudéjar destacable. Aquà como en Canillas miro al suelo, y me encuentro con huellas de gato y perro en el acerado de las calles, otra reminiscencia árabe cuyo origen proviene de los alfareros. Resulta que estos, antes que terminase el secado de ladrillos y placas de barro, azuzaban un gato para que dejara su impronta sobre las piezas. Una vez cocidas, aquellas que mostraban la huella del paso del felino se ubicaban a la entrada de las casas o patios, siendo portadoras de buena suerte. Algunas de esas huellas que aparecen en el piso de estancias de antiguos palacios árabes, pertenecen a un primo segundo de los gatos: la gineta, que era uno de los animales de compañÃa favoritos para los musulmanes.
De allà me encamino a Salares y Archez, aldeas blancas que guardan los mejores alminares merinÃes de toda España, bajo los cuales uno se pregunta cuál es la orilla sur del Mediterráneo, si aquella que se esconce tras el sol de la tarde, o ésta en la que me encuentro.
Voy camino de las tierras bajas de la costa, y me acerco a un pueblo de nombre curioso, Sayalonga. Al principio puede sonar a estribillo de canción de Lola Flores, pero es un pueblo con mayúsculas y digno de visitar. Aquà han transformado en arte y contemplación casi todo, incluido el cementerio que como bien dice el cartel anunciador, es un cementerio redondo ¡único en su estilo! Si el viajero no quiere mezclarse con los que descansan eternamente, la mejor vista del camposanto se obtiene desde el propio mirador de la carretera. A mÃ, que me gustan los cementerios y me suelo llevar bien con los que allà moran, me resultó un lugar encantador, profusamente encalado, curioso y hasta alegre en el fondo, sobre todo por sus flores y los cantos de pájaros entre la vegetación que rodea al recinto.
Al continuar camino de Algarrobo, donde las abruptas laderas aparecen ya domadas, me topo en una curva con una pieza artÃstica imposible, se asemeja a un instante de sueño daliniano con retoques de escuela de Miró. Estoy asombrado y me detengo a admirarla mientras los rayos del sol se van tumbando al avanzar la tarde. Guarda la AxarquÃa un sin fin de sorpresas que se resisten a perder su identidad morisca oculta tras las montañas, las curvas de los caminos y las vaguadas más ocultas.
No es de extrañar que sea una tierra rebelde; “Ibn abi-Amir Mohammadâ€, bautizado a sà mismo como ‘Almanzor’, fue el último gran caudillo andalusà y el primero por sus victorias militares. Nació aquà en Torrox en el año 942, en la familia de los “Beni abi Amirâ€, tribu Moafir árabe que llegó con los berberiscos al Campo de Gibraltar en el año 711 tomando la primera ciudad de la España visigoda, Carteya.
¡De casta le vino al galgo!
Jorge Garzón / Miradas ©2009














