Si la belleza de la costa protegida del Cabo de Gata-Níjar es indudable, y gracias a sus valores ambientales excepcionales, llega al corazón de quien se adentra por sus sendas y playazos, el resto de la costa levantina almeriense no le va a la zaga y aunque más humanizada, esta plagada de rincones y tesoros aún por descubrir.

Hace unas semanas, me encontré virtualmente en  estas latitudes con mi compañero Pedro, que maestro de la imagen, supo retratar los mejores paisajes de la recortada costa volcánica del Parque, por lo que complementariamente, me dedico a buscar los rincones más bellos que el litoral almeriense aún esconde, aprovechando para observar la rica flora costera y sus aves, comprobando que en la pequeñez de esos rincones radica la grandeza de esta comarca.

No se puede uno acercar a la costa levantina de Almería sin rendirle homenaje a la linterna del faro del Cabo de Gata, más aún, detenerse en las salinas de la Almadraba a otear algunas de las más valiosas aves que aquí se citan: gaviota picofina, tarro blanco, archibebe fino o los bandos de avocetas y flamencos en vuelo rasante sobre el agua. Camino del Cabo merece la pena orillarse buscando alguno de esos búnkers que, semiocultos sobre el agua, permiten otear la superficie dorada del mar.

Aprovecho para dar un paseo a pie por las faldas de los cerros volcánicos encontrándome plantas en flor. Una de las más visibles es, con sus flores azuladas, la rastrera alhucema, considerada como una panacea por sus usos populares ya que con ella se trataba la astenia, los problemas gastrointestinales, o las infecciones dérmicas. La segunda es un milagro de la botánica, la flor tubular del “Arisarum vulgare”, conocida habitualmente como ‘frailecillos’ por la similitud de la espata con el hábito encapuchado de los monjes. Esta flor desprende un olor a hongo que atrae a pequeñas moscas e insectos que lla polinizan, pero ansiosos por su olor a ‘falsa comida’ penetran hasta el fondo del receptáculo sin posibilidad de salir, sellando entonces con ello, su muerte.

A través de atochares y llanuras cubiertas por los tallos florales secos de exóticos ágaves, pongo rumbo hacia Carboneras, deteniéndome en algunas de las estepas mejor conservadas del sureste, en la ruta hacia Níjar. Allí puedo observar los cambiantes colores de la tarde y sentado entre matas de alacraneras y azufaifos consigo escuchar el característico reclamo en vuelo de las ‘churras’, que no son otras que algunas de las últimas gangas ortegas que quedan por estos andurriales. Las veo volar con profundo y acelerado batir de alas, con decisión, mostrando sus vientres zahinos al sol rasante, ¡un auténtico espectáculo el de las aves esteparias en vuelo! Una alegría para el espíritu del amante de la naturaleza.

Poca gente para por estos lares, sin embargo mucha transita por sus carreteras pasando de largo,  ajena a estos eventos alados. ¡Una pena! puesto que no se prodigan en cualquier sitio, siendo este levante meridional una de las zonas más agraciadas por las riquezas del paisaje, por las entrañas minerales y por una Naturaleza a la vista, desnuda. Y tengo la suerte de estar aquí para escribirlo, para compartirlo

Prosigo ruta hasta llegar a Carboneras, donde trato de permanecer ajeno a las intrigantes chimeneas de la térmica y a episodios urbanísticos bochornosos; pongo pie a tierra y corro para sentarme en la playa frente al Islote de San Andrés y la Isla Chica, quedándome extasiado con los cambiantes tonos del ocaso. Tras tocar el último rayo de sol la roca, me voy hacia el Algarrobico donde, ajeno a la mole fantasmagórica del innoble edificio, me permito regalarme el sonido del mar y la imagen de algunas aves que pescan entre o cerca de las rocas, incluyendo un alca común, pariente cercano de los pingüinos, procedente de la lejana tierra escocesa. Viene a pasar el mejor invierno que se puede encontrar en Europa, viene a Almería, a la playa del Algarrobico.

Recalo, tras un sinfín de recodos, vaguadas, y espolones rocosos, en la llanura litoral que me lleva a Mojácar, donde me detengo en su linde para conocer la gran masa de carrizal que se extiende hasta la misma playa. El río Aguas mantiene una extensión apreciable de vegetación halófita bien conservada, ofreciendo refugio a cientos de pájaros insectívoros que recalan en la espesura durante su periplo migratorio. Me aposento en el propio puente de la carretera y con los prismáticos descubro esquivos pajarillos: mosquiteros, currucas capirotadas, ruiseñores bastardos y una auténtica sorpresa, el vuelo bajo del escaso rascón europeo, ave de distribución cada vez más irregular.

Tras un buen rato en esta zona húmeda me desplazo a la siguiente, la boca del río Antas en la playa de la Marina-Bolaga, donde tras recorrer el paraje me detengo a repostar en uno de los mejores restaurantes locales, el Bar ‘Los Arcos’, excelente proveedor de recetas marineras y buenos momentos. Tras el avituallamiento voy hacia Villaricos, recalando en el estanque de la Playa de Vera, donde la abundancia de patos y anátidas me ofrecen otro valioso espacio de observación. Cuando llego al Restaurante-Bar ‘Los Ángeles’ me desvio hacia la playa por la carreterilla que de aquí parte. El paisaje ha cambiado drásticamente y se mantiene como en otros tiempos, las huertas llegan hasta primera línea de playa, el matorral no ha sucumbido al ladrillo y la línea de costa no está hormigonada ni plagada de artificios. Este tramo litoral, el de Palomares, quizás viva aún con el sambenito de las bombas atómicas que, inocuas, cayeron en su mar. Sea por lo que sea, es una delicia pasear por estas playas de guijarros y bolos donde el único sonido que acompaña es la espuma de la rompiente y la brisa de poniente que se ha levantado.

De Cuevas de Almanzora a San Juan de los Terreros se extienden los bajíos rocosos de Villaricos. Una costa mellada de fondos transparentes y tranquilidad absoluta. Tan sólo algunas casas encaladas rompen su continuidad, pequeñas, apegadas a la roca y muy cerca del agua, casi tocándola. El horizonte es de belleza abrumadora; hacia el interior se alza Sierra Almagrera, desnuda y oscura, como un macizo rocoso que hubieran trasladado desde Jordania a nuestra tierra almeriense, hacia el mar destaca el litoral aguileño, murciano, con el farallón imponente de Cabo Cope cayendo a pico. Y entre medias, San Juan de los Terreros, las salinas, la costa de Pulpí, los últimos kilómetros -o los primeros según se mire- de la costa andaluza.

Desde el fortín defensivo de San Juan el panorama es el de una costa africana: un baluarte defensivo con la bandera española (diríase que acabo de llegar a una antigua plaza colonial), el islote de Terreros, solitario, rodeado de gaviotas y junto a la rocas costeras, la imponente mole de la Isla Negra, o de las Palomas, lugar de nidificación de pardelas, paíños y otras interesantísimas aves marinas observables desde esta inimitable atalaya.

Tras descender sigo la ruta litoral y me acerco a tierras murcianas, deteniéndome en la última gran playa almeriense, la Playa de la Carolina. Sólo queda una pequeña cala más, casi compartida con Murcia, pero ésta es amplia, de fácil acceso y de arena oscura. La mar esta calma y el sol comienza a esconderse tras la Isla Negra, por lo que me detengo aquí a esperar que se marche tras el Cabo de San Juan, por el fortín militar que lo preside.

La playa está llena de flores rosadas. Son ‘berzas de mar’, una bella crucífera que sobrevive con sus largas raíces en las arenas inestables de dunas y cordones litorales; no es de extrañar que los botánicos europeos cayeran extasiados ante la riqueza florística del ‘Reyno de Granada’. Antes de marcharme de aquí y proseguir camino hacia el Valle del Almanzora, dejo que la noche caiga mientras constato la inigualable riqueza natural de esta tierra. Una región, una provincia y una comarca que, a mitad del mes de diciembre ofrece flores y sólo arena en sus playas y calas, merece un elogio especial, una tierra que muda de lo africano a lo nazarita con un chasquido de los dedos, de la severidad de la belleza de sus sierras costeras a la serenidad de la mar que la baña, que mantiene abruptos acantilados y el vuelo de las aves marinas más preciadas. Es la tierra extrema del extremo nororiental andaluz, donde mi pluma ha de detenerse pero no mi corazón, ya que el extinto ‘Reyno de Granada’ continúa culturalmente por tierras murcianas, con otros acentos, con otros colores, pero fiel a sus orígenes. Y así trato de seguir siéndolo yo…

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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