Bajo una noche estrellada abandono la autovía entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las Almerías sorprendentes: la que se extiende a lo largo del río Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allí hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo característico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su día poblaron los cerros.

Llego a Arboleas entrada la noche y Ángel López me acoge con simpatía en su casa, el Hotel Azabache. El bar del hotel está animado y en él se citan parroquianos de siempre con un grupo de ingleses que, leyendo sus ‘British journals’ toman vino blanco y tapas. Les gustan las tapas a los ingleses, les gustan mucho las tapas, el singular paisaje almeriense y el punto de exotismo de una tierra cincelada por el sol. Por eso han acabado echando raíces a las puertas del Levante.

Ángel me prepara un buen desayuno y me cuenta que apostó por abrir esta ‘hospedería’ cuando nadie lo hacía en Arboleas, un modesto pueblo del Almanzora que no se prodiga en los titulares de la prensa, pero que esconde interesantes y curiosas historias. La patria de Pedro Gilabert, el escultor primario que descubrió en la gubia la labrantía de la madera, le ha dedicado un museo a este hombre picassiano que transformó en original imaginería románica las maderas de olivo y adelfas que le robó al valle. Sólo él supo revelar la belleza que escondían en su interior.

Así, Arboleas cuenta, probablemente, con la única iglesia que utiliza los retablos, confesionarios y paredes como un libro abierto. La Iglesia de Santiago albergó a un párroco poeta que decidió enseñar moralidad a los feligreses a golpe de verso y rima, dedicándose a escribir cuartetos, quintillas y ripios diversos que ‘aleccionaran’ de moral y rectitud a quien allí entrara. Así, podemos leer en ellos: “Comete grande torpeza / quien a su esposa futura / no respeta la pureza, / porque a enseñarle él empieza / a no ser mujer segura.” O el otro colocado en el confesionario, a la altura de los ojos: “No vayas a confesar / sin examen de conciencia, / sin verdadero pesar, / sin proponerte enmendar, / y cumplir la penitencia.” Un lugar digno de visita y proclive a la lectura, si no de las santas escrituras, sí de los escritos del cura poeta, que no por ser menos santos son menos aleccionadores.

Marcho de Arboleas al encuentro del auténtico protagonista de mi crónica, el guerrero dormido, el río Almanzora que vertebra la comarca y que de vez en cuando despierta del letargo, en época de lluvias, para mostrar furia innata. De ahí su nombre, coincidente con el del temible caudillo árabe ‘al-Mansour’, nuestro bravo guerrero que, según cuentan, acampó en la ribera del río quedando prendado de una bella cristiana. Pensando en llevársela de allí urdió una treta, pero fue descubierto por un pastor local que entonces decidió prestar ayuda a la doncella; logrando convencer al general para retrasar su partida debido al tiempo tormentoso que se avecinaba, lo que tornaría el camino impracticable y peligroso. La joven cristiana cruzó el cauce seco de la rambla, desatándose poco después el temporal que embraveció la corriente, lograron las aguas aislar a las huestes musulmanas. Almanzor se percató entonces del engaño y descubrió la huida de la joven. Preso de amor y roto su corazón echó a llorar, para sorpresa de los cristianos que lo contemplaban desde la otra orilla; “Almanzor llora, Almanzor llora”, gritaron con sorpresa sin saber que estaban poniéndole nombre al río.

La leyenda justifica ampliamente el bautizo del cauce que ahora tan sólo muestra hilillos de agua, pero del que bien se conoce la furia que desata tras las abundantes lluvias tormentosas. No lejos de Albox, la rambla es un auténtico bosque de adelfas y en los aledaños de Cantoria y Almanzora, una selva de tarajes. El martirio de la sequía no les impide crecer, fijando las orillas y frenando el ímpetu hídrico de las avenidas. Desgraciadamente en otros rincones, la floresta ha sido sustituida por escolleras que aparecen retorcidas, deformadas y rotas; prueba fatal de no poder soportar la dura ley de la riada, a la que árboles ribereños mantienen a raya con la única condición de mantenerlos mínimamente cuidados.

Recostada sobre el río se halla Purchena, el más preciado regalo de bodas que se hizo nunca. La villa fue precisamente eso, un regalo de Alfonso X el Sabio a su hermano Felipe, que desposó a la princesa noruega Cristina en 1258. La bondad de este grandioso regalo, situado en el centro geográfico de la comarca, contrasta con la curiosa historia de su escudo, el único que, probablemente en España, se enmarque en un águila imperial bicéfala sin alas. El marqués de Vélez fue el culpable de que se aplicase esa peculiar medida real. Al parecer, Aben-Humeya tomó la ciudad sin apenas resistencia, y el marqués se presentó ante Felipe II contándole la poca bravura y empaque de los que debieron defenderla. El rey, ni corto ni perezoso, ordenó cortar las alas al águila del escudo, decisión ésta muy contestada por el concejo de la villa pero que se aplicó con la máxima rigidez. Desde entonces Purchena porta un escudo único que puede encontrarse, tallado en piedra, junto a la puerta del Ayuntamiento, no lejos de una preciosa luna lunera de marmol ‘amarillo Purchena (una variedad marmórea local), que bajó a descansar a su plaza. ¡Búsquenla, no se arrepentirán!

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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