Estella (la chica), en la sierra de los Filabres

Estella (la chica), en la sierra de los Filabres

Con los repoblamientos del Valle del Almanzora posteriores a la conquista cristiana, localidades como Macael, Laroya, Serón o la granadina Hoya de Baza recibieron a riojanos y navarros, siendo su huella aún reconocible en poblaciones y valles de la sierra de los Filabres.

He llegado a Laroya, para variar, en plena noche. Podría parecer una incomodidad la ascensión nocturna por una carretera estrecha llena de curvas, pero yo lo considero más bien una ventaja, no llevo nunca prisa al volante y la oscuridad nocturna me regala una estampa navideña del pequeño pueblo que, con su luz tenue y armónica belleza, emana autenticidad.

Al llegar al albergue rural del ‘Picachico’ busco el brasero y la mesa camilla. La encuentro y allí me quedo en buena compañía, con Loli, con Antonia y con Ramón, pioneros del turismo rural en el valle, amantes de su tierra y conocedores de rincones, ‘dimes’ y ‘diretes’.

Para mi sorpresa, al alzarse el día y paseando por el pueblo con Loli me voy enterando de esas curiosidades que suelen permanecer ocultas a visitantes y forasteros…

Se dice que a la iglesia de Laroya le falta un cuerpo de torre porque tras nombrar la Curia capataz de obras al arquitecto Juan Antonio Munar, el obispo, en una visita al pueblo no lo nombró entre aquellos a los que agradeció el esfuerzo por levantar el templo. En otras palabras, y debiera sonarnos familiar y muy hispano, el que por una rabieta no se acabase la torre del templo neoclásico, ¡Olé mi niño!

Lo sorprendente de este lugar no son los archifamosos ‘fuegos de Laroya’ que en 1945 asombraron a crédulos e incrédulos sembrando el desconcierto entre las gentes del valle, sino que la plaza de la iglesia ha servido de frontón improvisado para sus habitantes y en él se han jugado liguillas de este deporte de procedencia navarro-riojana. No sólo aquí sino también en otros pequeños pueblos del Almanzora, el frontón se instauró como un deporte local existiendo frontones municipales, que promueven la práctica de un deporte tradicional que trajeron esos navarros originarios del Baztán y Lizarra.

Pero más me sorprende aún encontrar, a la salida de Laroya, un indicador con nombre de pueblo navarro: Estella. Según mis cálculos, la Lizarra del norte dista de aquí unos setecientos setenta kilómetros, pero me cuentan que esta Estella es la que fundaron los pobladores de aquella época…

“Lurralde honetara etorri ginen Baztan urrunetik. Hemen, ura, basoak eta larre onetako haranak aurkitu genituen eta gure etxea eraiki genuen, Lizarra lurraldetik hain urrun eta hain hurbil aldi berean.”

(Vinimos a esta tierra desde el lejano Baztan. Aquí, encontramos agua, bosques y valles con buenos pastos fundando nuestro hogar, tan lejos y a la vez tan cerca de la tierra de Lizarra).

Reproduzco con esta cita el ánimo que probablemente tendrían los pobladores navarros que aquí acudieron para asentarse en tierra morisca.

Y efectivamente es así, los arroyos de este valle fluyen con el agua limpia y junto a la corriente se alinean mimbreras, sauces cabrunos y álamos de porte castellano, carrascales espesos por donde medran jabalíes, ginetas y arrendajos, hazas con prados jugosos que mantienen un ganado casi extinto de pajunas…

El lector pudiera pensar que mis crónicas exageran lo vivido, o que siento debilidad por lo natural y la relación existente entre el paisaje y el hombre, y si así lo hace no seré yo quien quite razones. Pero téngase en cuenta que me hallo en lo que fue la cuna del turismo de interior y rural del Almanzora. Nombres como ‘Reul Alto’ o ‘el Picachico’ resuenan en la memoria de los que alguna vez pasaron por aquí y disfrutaron de la singularidad de la comarca alta, serrana, a trasmano de la industria del mármol y la pedrería. Porque no sólo lo digo yo, plasmado quedó en el cuaderno que hay en el albergue rural, escrito por los que aquí llegaron antes que yo:

“Nunca había visitado un lugar con tanta magia. Yo que nunca tuve un campo, ni un pueblo que visitar, me tomo la libertad de decir que Laroya será el pueblo que nunca tuve y que visitaré siempre que sea posible” (Rocío, agosto 2004).

“Llegamos buscando tranquilidad y nos vamos llenos de paz infinita. A partir de ahora cuando en mi mundo sienta  que ya no puedo más podré recordar que sí, sí es posible vivir de otra manera.” (Anónimo, octubre 2005).

La esencia de lo rural, en definitiva, se encuentra aquí, en este especie de ‘Navarra chica’ almeriense.

Jorge Garzón / Miradas ©2009

· Album de fotos en Flickr ·

Compartir: Estos iconos se vinculan a sitios sociales donde los lectores pueden compartir y descubrir nuevas páginas web.
  • Facebook
  • del.icio.us
  • Meneame
  • MySpace
  • TwitThis
  • Google Bookmarks
  • email
  • Print