Laguna del Aguadero. Turberas de Padul, Granada.

'Laguna del Aguadero'. Turberas de Padul, Granada.

Antes de que la población de Padul existiese, por los pagos de las Quinientas, cerca del Aguadero y por las orillas del lago de Agia se paseaban tigres diente de sable y mamuts. Buscaban el vergel que suponía la pradera siempreverde y la abundancia de especies animales alrededor del lago de Padul. Al menos uno de esos mamuts murió y cayó en la zona pantanosa donde se fue cubriendo de barro, restos vegetales y turba.

Sierra Nevada guarda las turberas y según se va elevando este macizo, aún joven, año tras año, la depresión endorreica de Padul, al pie de la falla de Nigüelas, se hunde a la misma velocidad. El gran lago de más de tres kilómetros de longitud se convirtió en una zona pantanosa, salpicada de pequeñas lagunas donde aún se forma la turba, debido a la continuidad del proceso geológico que empezó hace cientos de miles de años. Padul y el Valle de Lecrín tienen las turberas en formación más meridionales de Europa.

Este laboratorio geológico proporciona sorpresas inesperadas; un buen día extrayendo turba aparece un fémur, pero no es un hueso cualquiera, mide más de un metro de largo. Puede que fuera el fémur de aquel mamut que cayó sobre el pantano y quedó fosilizado para siempre. De vez en cuando el hallazgo de restos paleontológicos van trazando el mapa del tiempo y las especies que poblaron el hoy Valle de Lecrín.

La extracción de turba, de este primer carbón todavía sin formar, fue una actividad que contó con mejores tiempos. Constituyó un abono primordial para campos y jardines, pero con la llegada de abonos minerales sintéticos el panorama cambió, la turba acidifica el suelo en demasía y han de utilizarse correctores. A veces cuesta más el collar que el perro y coincide igualmente que las turberas suelen ser enclaves donde se dan los más ricos índices de diversidad biológica, por lo que incluidos dentro de la directiva Hábitat, han de conservarse como espacio prioritario para las generaciones venideras.

Y a protegerlas se comenzó en los años ochenta. Por esa época tuvimos la suerte de estudiar las turberas de Padul y comenzamos a inventariar la avifauna existente -yo mismo tuve la oportunidad de montar las primeras redes de anillamiento entre los carrizos inundados de sus madres-. Poco después se consiguió que se incluyera como espacio protegido en el recién creado Parque Natural de Sierra Nevada y hoy día cuenta con cuatro rutas señalizadas, un aula de naturaleza y una estación de anillamiento permanente que continúa con la importante labor científico-didáctica que empezamos hace más de veinte años.

Pero como estamos en la tierra de lo íntimo y lo oculto -así es nuestro origen morisco- la zona húmeda más importante de la provincia de Granada pasa desapercibida y hay que acercarse a ella con humildad, dejar el coche junto a la alberca de Palmones o el aula de la Naturaleza del Aguadero y recorrerla a pie, sin prisas, sin estruendos y con los prismáticos en ristre.

De esa manera podremos deleitarnos con sus fuentes y albercas, alimentadas por los ‘manaeros’ (nacimientos de agua) que dan el nombre a la sierra que se levanta en su norte: la sierra del Manar. Caminando por sus rutas señalizadas se puede descubrir algo que no es fácil hoy día: un pozo artesiano que a la mayoría de los que lean estás páginas les sonará lejano, como un nombre y una imagen de un libro de ciencias naturales ‘de los de antaño’.

Paseando y mirando al cielo se descubre con cierta frecuencia el vuelo de las estivales águilas culebreras, el cicleo tranquilo de las perdiceras del Manar y los reclamos y cantos de una multitud de pájaros que recalan en los extensos carrizales del pantano. Las turberas de Padul son un lugar excelso para observar escribanos palustres, pechiazules invernantes, buscarlas, carriceros y túrdidos. Las zonas de aguas libres, formadas por las ‘madres’ (canales de drenaje de la zona pantanosa) y las lagunas (más extensas en época de lluvias) permiten un acercamiento a diversas anátidas, siendo las más abundantes el pato real, el ánade friso y el cuchara. Y no se quedan atrás los reptiles y mamíferos, pues la observación de eslizones y roedores acuáticos es también posible si se avanza con sigilo por sus sendas.

Pero la vega de Padul esconde otras muchas riquezas ocultas que se revelan al parase a hablar con los vecinos del pueblo, con los agricultores que cuidan con mimo las hazas y pagos heredados de sus padres y abuelos. Allí se mantiene un minifundio agrícola muy valioso: cebollas, ‘papas’, roales con habas, repollos, lechugas, maiz y cereal de secano, que alternan con prados de diente que aprovechan las ovejas que merodean en primavera y verano por estos andurriales.

Otro tesoro más que descubrir, a dos pasos de una gran ciudad, de camino hacia la costa. Hay en estos días un bando de quince sisones invernando junto a las lagunas de Padul. ¿Qué tal ir a observarlos el próximo fin de semana?

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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