Enero 28th, 2010LOS GUÁJARES | Un diamante en bruto

· Un día tormentoso en Los Guájares ·
Hollando caminos he enfilado rumbo a la costa granadina a través del Valle de Lecrín. Lo recorro pero no puedo disfrutarlo como quisiera, las cortinas de agua, la niebla, el viento y el frío me lo impiden, pero aún así he de encontrar el diamante en bruto que continúa siendo el valle de Los Guájares. La fuerte lluvia no me permite fotografíar las cascadas que riegan el camino a Los Vados, procedentes de las acequias moriscas de Vélez-Benaudalla, cuna de los pestiños más afamados de la costa. Aún así me detengo sobre el puente del río Guadalfeo, emblemático curso de agua que conduce las nieves fundidas del Mulhacén a la templada costa mediterránea, desde cuya orilla se vislumbra la nieve y el reflejo del mar. Tras las severas precipitaciones de estos días, el ‘wadi’ baja fiero y encrespado, ocupa de lado a lado toda la rambla de chinorros, cañas y arena.
Recorrí la Sierra de los Guájares por primera vez siendo chavea, cuando mi padre y yo nos embarcamos en la tarea de recorrer a pie los valles, cresteríos y veredas que unen Granada con Almuñecar. Tardamos tres días en hacerlo, andando buena parte del camino a través de los pasos de la sierra de los Guájares, sorteando rocas afiladas, espesas capas de matorral espinoso y durmiendo bajo las estrellas junto a manantiales de agua fresca y copiosa. Me parecieron los Guájares, en aquella época ya lejana de principios de los ochenta, un regalo de la Naturaleza, un mundo de sensaciones, un lugar auténtico donde bañarse en una alberca a la sombra de su montaña más alta, la Giralda; o aquella casa de comidas, lugar perfecto donde devorar -literalmente- los mejores ‘huevos con papas’ que nunca antes hube probado.
Hoy me hallo frente a ‘Casa Carmen’ en Guájar Alto, veinticinco años después, y la sensación que tengo es la que aún perdura en mi recuerdo. He subido por el valle quebrado de Los Guájares, el antiguo ”Wah-rum” (en bereber, lugar de difícil acceso) siguiendo el curso del río de la Toba, el que recoge la escorrentía de las sierras del Chaparral y Guájares. Sorprende al viajero la mezcla de vegetación, espesos bosquetes de pino trabados por las paratas de árboles frutales acostumbrados a la templanza: aguacates, nísperos, limoneros y naranjos que salpican de color el gris profundo de un día repleto de agua. Busco refugio en Guájar Alto, el más montaraz de los tres núcleos de población que forman la Tahá de Los Guájares y allí experimento aquella sensación de un almuerzo de hace años. Pregunto si puedo tomar algo, me dicen ¡claro, siéntese!, me sirven la mesa y sin preguntar más me ponen de comer, junto a la chimemea: ensalada con naranja, puchero de hinojos y pollo campero, para acabar con un requesón con melaza de caña. ¡Es la primera vez en mucho tiempo que como cómo en casa!
Cuando comienza la telenovela me despido de la familia y aunque ventea, la lluvia que ahora no cae da un respiro y me pierdo
por las calles estrechas y retorcidas del pueblo, parándome bajo los ‘tinaos’ y asomándome a los muros encalados que fijan los caminos que llevan a la sierra, hoy vedados por el barro y el viento.
El viento sopla fuerte por lo que comienzo mi descenso hacia Guájar-Faragüit, una población con un nombre tan sonoro que por sí sólo despierta la curiosidad por visitarlo. Antes de llegar al pueblo admiro la fuerza que el río muestra en los pasos más angostos del valle y me paro junto a una pequeñísima ermita, casi de juguete, dedicada a Nuestra Señora del Rosario. La coqueta casita está hecha con travertinos, que desde la distancia parecen huesos, y aunque de nombre virginal, cuando me asomo a su interior me parece distinguir un San Antonio de Padua, aunque bien por mi ignorancia sobre el santoral cristiano o por el profundo resfriado que llevo a cuestas, podría tratarse de algún otro. Una ramita de tomillo guarda el cristal ahumado que lo protege de las inclemencias invernales.
Faragüit no es el único enclave de origen árabe del valle del río de la Toba. Este pueblo limpio, de primoroso empedrado, tiene a su antecesor en el poblado almohade-nazarí del ‘Castillejo’, al que se puede acceder a pie por una preciosa vereda que lo descubre al mundo. Es quizás el único poblado almohade de grandes dimensiones que nos queda en el sur peninsular y aunque catalogado, estudiado y publicado, le queda aún mucho para ocupar el puesto que se merece en la vida diaria del valle. El poblado fortificado medieval del Castillejo, en las faldas de la sierra del Jaral, representa una de esas facetas ‘en bruto’ del diamante que son Los Guájares. El ‘Castillejo’ mantiene aún la estructura defensiva oval que caracteriza a los asentamientos medievales ‘husûn’ de origen almohade, permitiendo que en su interior se alcen las construcciones de mampostería que servían de vivienda, al estilo de las antiguas alquerías árabes. Recuerda, visto desde lejos, a los poblados fortificados de las ‘kasbah’ beréberes del Alto Atlas. ¿Podemos dejar que nuestra única ‘kasbah’ conocida no se divulgue, no se restaure debidamente? ¡No debiéramos, al menos!
Algo más abajo está Guájar Fondón, presidido por una iglesia de factura poderosa. La empinada rampa de acceso a la parroquia muestra la sensibilidad de quien la mandó construir, alternan los motivos decorativos de lunas y soles, hechos de cal y ladrillo, cuidando también la naturaleza, ya que la barandilla se quiebra para proteger un árbol que con su tronco la interrumpe. La torre del templo cristiano recuerda a aquellas que se levantaron sobre las mezquitas moriscas, y aunque otro más antiguo le precedió, incendiado en la rebelión morisca de 1568, su antiguo arco de entrada al crucero se conserva en el lateral que bordea la plaza, donde con algo de pena, me quedo sin leer la inscripción de los azulejos de la fuente por encontrarse rotos en mil pedazos.
Otro de los tesoros desconocidos que esconden los Guájares y su pasado almohade son las ‘foggaras’. Se trata de galerías subterráneas que colectan el agua de los acuíferos llevándola al exterior; se excavaban horizontalmente con una suave pendiente que ralentizaba el flujo del líquido, permitiendo así que las acequias irrigaran las huertas y cultivos de moreras utilizadas para la industria de la seda granadina. Quedan varias de ellas que pueden visitarse, como las del ‘Minchar’ o la de ‘los Avices’.
He de continuar valle abajo para sortear la tormenta, soy consciente de que me quedan caminos sin explorar y gentes con las que conversar, pero hoy manda el guión meteorológico, impuesto por los frentes nubosos. Lo que sí que tengo claro es que no dejaré que transcurran otros veinticinco años para volver a visitar Los Guájares, sería una pena que eso sucediera. Si en algo quieren hacer caso a este caminante y cronista de lo auténtico, no dejen ustedes que transcurra tanto tiempo, porque entretanto ¡la de cosas que se pierde uno!
Jorge Garzón / Miradas ©2010














Enero 28th, 2010 a las 7:56 pm
La forma en la que transmites tus vivencias no sólo nos invita, sino que casi nos crea la necesidad de conocer estos rincones. Ya anoto en mi guía de viaje otro lugar auténtico para recorrer.
Abril 16th, 2010 a las 10:32 am
Jorge cumplió su palabra. Volvió a las pocas semanas rodeado de una gente maravillosa .
Gracias por tus palabras y ya sabes que aquí tienes tu casa.
un abrazo.