· Paisaje adehesado del Temple granadino ·

· Paisaje adehesado del Temple granadino ·

En la parte más noroccidental de la comarca del Valle de Lecrín-Temple se abre uno de los paisajes agrarios más interesantes de la provincia granadina: el Temple. Si bien su nombre recuerda a las gestas monástico-guerreras de otros tiempos, en los que estás tierras fueron administradas por dicha Orden; hoy día se hallan aquí algunos tesoros de sublime belleza, desconocidos para la gran mayoría y venerados por unos pocos. Vengo al Temple a recorrer sus caminos y fotografíar sus orquídeas.

Desde el borde norte, lindando con la Vega de Granada, la red de caminos del Temple es extensa y afortunadamente se halla señalizada. Cualquiera de las ‘coladas’ y veredas que cruzan los campos de secano, vaguadas y barrancos, esconden sorpresas de variado género. Realizando la ruta de Chimeneas a la otrora importante Fuente de la Cruz llego al Puente de los doce ojos, que se eleva sobre los tajos arcillosos del Barranco de Noniles, en el que me detengo para observar unos tarajes de buen porte que crecen en un rincón poco conocido. En sus gruesas ramas descansan figuras ovaladas, oscuras, silenciosas, inmóviles; al mirarlas a través de los prismáticos revelan su identidad: búhos chicos invernando en los recodos de ramblas y barrancos esperando la noche para emitir su lastimero reclamo.

Sigo mi ruta hasta llegar a Chimeneas, pueblo pequeño que en el pasado sirvió de faro a caminantes gracias a las columnas de humo que ascendían sobre los cerros y llanadas, visibles a gran distancia. Así llego a Ventas de Huelma, rodeada de campos en mosaico que verdean por las abundantes lluvias del pasado mes de diciembre. Ventas de Huelma es un auténtico ‘caravanserai’ de nuestra época, y los fines de semana se citan en Casa Luciano los amantes de churrascos y carnes a la brasa. Aquí está el cruce de caminos y hay que elegir, o Castillo de Tajarja hacia el noroeste, hacia Escúzar, La Malahá y sus salinas hacia oriente, o hacia el oeste rumbo a Agrón y tierras de Alhama. Voy a poniente para buscar tesoros escondidos al pie de dos sierras olvidadas: la de la Pera y la de la Mora, bajo ellas Agrón, la pequeña población que aunque humilde es, no sólo uno de los mejores balcones del Temple y Sierra Nevada, sino un prodigio para geógrafos y arquitectos:

“Cuenta con 123 casas que, aunque mal alineadas, forman una calle que describe un círculo casi completo, uniéndose sus extremos en la puerta de la iglesia, donde se halla la plaza.†(Descripción de Agrón en el s. XIX).

Salgo de Agrón buscando el Camino de los Leñadores, el que me lleva a la sierra de la Pera y la Mora, y entre ellas a las dehesas de Don Juan y de Fatimbullar. Llegando al cortijo de Don Juan no puedo menos que maravillarme con la presencia de una de las mayores encinas que se pueden ver en la provincia: la encina de Don Juan, con más de quince metros de altura y cientos de años de edad. Su porte de gigante invita a descansar bajo ella, lo que hago gustoso en esta mañana fría y brumosa, para después proseguir por el carril de tierra. Dejo a mi izquierda el Camino del Visillo que lleva de nuevo a Agrón, continuando por la derecha hacia Fatimbullar. El paisaje es único y valioso, un monte denso de encinas cubre los cerros y las sierras, dejando paso gradualmente a una dehesa abierta de excepcional belleza; hacia el pueblo paños de almendros y olivos se alternan con lindes que respetan el matorral mediterráneo, y al fondo destaca la Atalaya, la altitud máxima del municipio, rodeada de encinas y roales de labrantío.

Según me interno en la sierra descubro los primeros prados y zonas de matorral. Los linderos de caminos, sendas y estas zonas de monte abierto son el escenario ideal para la búsqueda de nuestras orquídeas más valiosas. Se suele pensar que las orquídeas son plantas de origen inequívocamente asiático que sólo se encuentran en floristerías o colecciones botánicas, lo cual no es cierto del todo. En Europa tenemos 350 especies de orquídeas silvestres y sólo en la Península Ibérica el número llega a ciento cincuenta. La comarca del Temple que ahora recorro posee, en números redondos, unas veinticinco especies de orquídeas, de colores y formas curiosas, son plantas frágiles que se localizan en enclaves especiales.

Crecen en los parajes, al pie de estas sierras, orquídeas bellísimas como las ‘piramidales’ “Anacamptis pyramidalis†que llenan con su color rosáceo los prados verdes del final de la primavera. Las más precoces en su floración son las ‘abejeras’ que deben su nombre a que su labelo mayor recuerda, en su diseño, al abdomen de una abeja, siendo precisamente eso lo que pretende la flor, que dichos insectos la confundan con hembras de esa especie y así provocar una falsa cópula para que las polinicen. La flor de la ‘abejera negra’ “Ophrys fusca” es visible a veces a finales del propio mes de enero y con mayor seguridad en febrero, sobre todo si templa un poco.

Probablemente, una de las más comunes y fáciles de observar es la “Orchis olbiensis’, una orquídea que posee un largo espolón blanco-rosáceo característico y que gusta de aparecer en los suelos calizos y cerca de los pinos. Otra que es destacable es la “Orchis collina†que levanta sus pétalos recordando a dos orejas de burro. Es precisamente el parecido con otras formas lo que acabó nominando a las orquídeas, ya que su origen proviene del latín ‘orchis’, y éste del griego ‘orkis’ (testículo), por el extraordinario parecido que con estos tienen los pseudo-bulbos de la planta.

Valorar nuestras orquídeas es primordial, conocerlas y aprender a respetarlas necesario. No todo el mundo tiene la suerte de vivir en un lugar donde apreciar su belleza, y hoy día las pequeñas cámaras digitales nos permiten realizar preciosas fotografías para llevar a casa. Si arrancamos una orquídea lo único que conseguiremos es que mueran, ya que si no crecen en sus ambientes silvestres no prosperan, debido a la falta de micorrizas (una asociación de sus raíces con hongos que sólo se dan en las tierras donde crecen). El Temple nos ofrece tesoros imprevistos y los magníficos caminos que posee y las rutas habilitadas que ya existen nos facilitan conocer y disfrutar del tesoro de nuestras flores.

Jorge Garzón / Miradas ©2010

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