Febrero 1st, 2010LAS ORQUÃDEAS DEL TEMPLE

· Paisaje adehesado del Temple granadino ·
En la parte más noroccidental de la comarca del Valle de LecrÃn-Temple se abre uno de los paisajes agrarios más interesantes de la provincia granadina: el Temple. Si bien su nombre recuerda a las gestas monástico-guerreras de otros tiempos, en los que estás tierras fueron administradas por dicha Orden; hoy dÃa se hallan aquà algunos tesoros de sublime belleza, desconocidos para la gran mayorÃa y venerados por unos pocos. Vengo al Temple a recorrer sus caminos y fotografÃar sus orquÃdeas.
Desde el borde norte, lindando con la Vega de Granada, la red de caminos del Temple es extensa y afortunadamente se halla señalizada. Cualquiera de las ‘coladas’ y veredas que cruzan los campos de secano, vaguadas y barrancos, esconden sorpresas de variado género. Realizando la ruta de Chimeneas a la otrora importante Fuente de la Cruz llego al Puente de los doce ojos, que se eleva sobre los tajos arcillosos del Barranco de Noniles, en el que me detengo para observar unos tarajes de buen porte que crecen en un rincón poco conocido. En sus gruesas ramas descansan figuras ovaladas, oscuras, silenciosas, inmóviles; al mirarlas a través de los prismáticos revelan su identidad: búhos chicos invernando en los recodos de ramblas y barrancos esperando la noche para emitir su lastimero reclamo.
Sigo mi ruta hasta llegar a Chimeneas, pueblo pequeño que en el pasado sirvió de faro a caminantes gracias a las columnas de humo que ascendÃan sobre los cerros y llanadas, visibles a gran distancia. Asà llego a Ventas de Huelma, rodeada de campos en mosaico que verdean por las abundantes lluvias del pasado mes de diciembre. Ventas de Huelma es un auténtico ‘caravanserai’ de nuestra época, y los fines de semana se citan en Casa Luciano los amantes de churrascos y carnes a la brasa. Aquà está el cruce de caminos y hay que elegir, o Castillo de Tajarja hacia el noroeste, hacia Escúzar, La Malahá y sus salinas hacia oriente, o hacia el oeste rumbo a Agrón y tierras de Alhama. Voy a poniente para buscar tesoros escondidos al pie de dos sierras olvidadas: la de la Pera y la de la Mora, bajo ellas Agrón, la pequeña población que aunque humilde es, no sólo uno de los mejores balcones del Temple y Sierra Nevada, sino un prodigio para geógrafos y arquitectos:
“Cuenta con 123 casas que, aunque mal alineadas, forman una calle que describe un cÃrculo casi completo, uniéndose sus extremos en la puerta de la iglesia, donde se halla la plaza.†(Descripción de Agrón en el s. XIX).
Salgo de Agrón buscando el Camino de los Leñadores, el que me lleva a la sierra de la Pera y la Mora, y entre ellas a las dehesas de Don Juan y de Fatimbullar. Llegando al cortijo de Don Juan no puedo menos que maravillarme con la presencia de una de las mayores encinas que se pueden ver en la provincia: la encina de Don Juan, con más de quince metros de altura y cientos de años de edad. Su porte de gigante invita a descansar bajo ella, lo que hago gustoso en esta mañana frÃa y brumosa, para después proseguir por el carril de tierra. Dejo a mi izquierda el Camino del Visillo que lleva de nuevo a Agrón, continuando por la derecha hacia Fatimbullar. El paisaje es único y valioso, un monte denso de encinas cubre los cerros y las sierras, dejando paso gradualmente a una dehesa abierta de excepcional belleza; hacia el pueblo paños de almendros y olivos se alternan con lindes que respetan el matorral mediterráneo, y al fondo destaca la Atalaya, la altitud máxima del municipio, rodeada de encinas y roales de labrantÃo.
Según me interno en la sierra descubro los primeros prados y zonas de matorral. Los linderos de caminos, sendas y estas zonas de monte abierto son el escenario ideal para la búsqueda de nuestras orquÃdeas más valiosas. Se suele pensar que las orquÃdeas son plantas de origen inequÃvocamente asiático que sólo se encuentran en floristerÃas o colecciones botánicas, lo cual no es cierto del todo. En Europa tenemos 350 especies de orquÃdeas silvestres y sólo en la PenÃnsula Ibérica el número llega a ciento cincuenta. La comarca del Temple que ahora recorro posee, en números redondos, unas veinticinco especies de orquÃdeas, de colores y formas curiosas, son plantas frágiles que se localizan en enclaves especiales.
Crecen en los parajes, al pie de estas sierras, orquÃdeas bellÃsimas como las ‘piramidales’ “Anacamptis pyramidalis†que llenan con su color rosáceo los prados verdes del final de la primavera. Las más precoces en su floración son las ‘abejeras’ que deben su nombre a que su labelo mayor recuerda, en su diseño, al abdomen de una abeja, siendo precisamente eso lo que pretende la flor, que dichos insectos la confundan con hembras de esa especie y asà provocar una falsa cópula para que las polinicen. La flor de la ‘abejera negra’ “Ophrys fusca” es visible a veces a finales del propio mes de enero y con mayor seguridad en febrero, sobre todo si templa un poco.
Probablemente, una de las más comunes y fáciles de observar es la “Orchis olbiensis’, una orquÃdea que posee un largo espolón blanco-rosáceo caracterÃstico y que gusta de aparecer en los suelos calizos y cerca de los pinos. Otra que es destacable es la “Orchis collina†que levanta sus pétalos recordando a dos orejas de burro. Es precisamente el parecido con otras formas lo que acabó nominando a las orquÃdeas, ya que su origen proviene del latÃn ‘orchis’, y éste del griego ‘orkis’ (testÃculo), por el extraordinario parecido que con estos tienen los pseudo-bulbos de la planta.
Valorar nuestras orquÃdeas es primordial, conocerlas y aprender a respetarlas necesario. No todo el mundo tiene la suerte de vivir en un lugar donde apreciar su belleza, y hoy dÃa las pequeñas cámaras digitales nos permiten realizar preciosas fotografÃas para llevar a casa. Si arrancamos una orquÃdea lo único que conseguiremos es que mueran, ya que si no crecen en sus ambientes silvestres no prosperan, debido a la falta de micorrizas (una asociación de sus raÃces con hongos que sólo se dan en las tierras donde crecen). El Temple nos ofrece tesoros imprevistos y los magnÃficos caminos que posee y las rutas habilitadas que ya existen nos facilitan conocer y disfrutar del tesoro de nuestras flores.
Jorge Garzón / Miradas ©2010
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Febrero 2nd, 2010 a las 12:06 pm
¡Qué encina tan maravillosa! y la belleza de las plantas ¡sublime!
Estoy descubriendo unos parajes increibles gracias a este blog.