Febrero 3rd, 2010PASEOS POR LA VEGA | Lo natural

· Amanece en la Sierra de Atarfe ·
Granada tiene suerte y la tiene por mil y una razones. La primera y no es poco importante, es por estar emplazada en el borde oriental de una fértil vega que la rodea de suroeste a noroeste. Tres nombres tiene la Vega, dependiendo de quien hable: para geógrafos y geólogos es una parte más del surco intrabético que un día estuvo cubierta por las aguas de uno de los brazos del mar de Tetis, para los ‘granaínos’ es la vega de Granada, y para el resto de los pueblos que la contienen es simplemente ‘la Vega’, a lo más, la vega del Genil, o la de mi pueblo.
El espacio fértil que albergó densos bosques de moreras y morales, origen de la seda más preciada en las cortes orientales y europeas, catapultó el nombre de Granada al estrellato y durante cientos de años ha venido alimentando a sus habitantes con regularidad y dedicación, sin pedir nada a cambio.
El espacio natural que conforma la Vega granadina es sobresaliente. Poca gente que recorre los caminos y trochas de la llanada del Genil conoce los secretos naturales que esconden sus campos, prados, bosques y roquedos de su borde septentrional. Pasear por la Vega en ‘modo natural’ es el objetivo de estas líneas, pero después no digan que no les avisé… ‘el paisaje engancha, y lo que se descubre también’.
Estoy bajo un gigantesco tajo, el ‘Tajo colorao’ en la sierra de Atarfe; en lo alto, desde sus 876 metros de altitud vigila el llano el ojo de una de las águilas perdiceras más famosas de todo el sur peninsular. Es célebre porque ‘aguantó’ lo que no hay en los escritos: asistió a la apertura de canteras, ignoró las detonaciones a espaldas de su nido y presenció como la base de su farallón se llenaba de casas. Aún así prefirió seguir volando sobre las estribaciones de Sierra Elvira y es capaz de criar dos ¡y hasta tres pollos incluso! cada temporada. Es el primero de nuestros habitantes ilustres, porque tras deleitarnos con su poderoso planeo, nuestro paseo prosigue hasta otro enclave familiar, totalmente ajeno a los circuitos del turismo de observación de aves.
Se ha de escoger con tacto el lugar y conocer los horarios de las rapaces nocturnas, pero el Embalse de Cubillas en época invernal nos permite asistir a un espectáculo que pocas veces se repite a las afueras de una gran área urbana. En las copas de sus pinos y eucaliptos invernan decenas de búhos chicos que, desde el final del verano hasta mediados de febrero prefieren la comarca para descansar, distribuyéndose posteriormente por los barrancos del Temple y zonas aledañas de Colomera y los Montes.

· Mar de nubes sobre la Vega de Granada ·
Si en otras épocas el mar cubrió la que hoy es nuestra vega, hay que subir a Víznar y a Fuente Grande, o al mirador de Nívar, para apreciar el mar de nubes que algunos días de casi todos los meses de enero, cubre todo el espacio llano que se extiende desde el borde de Peligros hasta la sierra de Parapanda. Junto al descanso eterno de Federico, en el Barranco de Víznar, se otean los campos por los que correteó de chavea, bajo el mar sedoso de nubes que, consecuencia de la inversión térmica, se forma sobre las vegas de nuestros pueblos.
Atravesando la capa de estratos, como si descendiese en un avión, asisto a un amanecer bajo las olas de los estratocúmulos que dejan pasar la luz del sol. El río Genil viene crecido este invierno y hay que perderse, mejor a pie o en bicicleta, por las sendas, caminos rurales y carriles que lo flanquean; atravesar alamedas y bordear lindes de acequias y arroyuelos escoltados por membrillos, mimbreras, tarajes y cañas. A cada metro que se avanza nos llevamos los prismáticos a la cara; el sonido de los ruiseñores bastardos, las lavanderas blancas, los petirrojos venidos de Centroeuropa -que también invernan aquí- anima nuestro paseo de fin de semana. Recuerdo vivamente la emoción que experimenté allá por el año 1984, cuando siendo anillador activo recuperé, junto a Caballo Blanco en Santa Fé, mi primera ave portando una anilla extranjera. Se trataba de un chochín, un minúsculo pajarillo de canto agradable que habiendo nacido en ¡Polonia! cada invierno venía a visitar nuestros marjales.
Hemos de explorar los campos de leguminosas, sembrados de esa alfalfa que otorga un verde luminoso inconfundible a pagos y terruños, para encontrar otras aves. En las cercanías de Láchar, no lejos de Trasmulas, se dan cita centenares de sisones, nuestras avutardas más pequeñas, diseminadas entre campos de cereales de secano y espárragos; sobre los riegos a manta vuelan las avefrías y la cada vez más abundante garcilla bueyera, que ha ido colonizando este espacio agrícola despacio, pero sin pausa.
Y si la búsqueda y disfrute de las observaciones de fauna alada es ‘per se’ un aliciente más que suficiente para pasear la Vega, no lo es menos el formidable escenario estético que nos ofrece al caer el sol. Esta tierra que hizo arrodillarse de emoción a viajeros románticos y naturalistas venidos de Europa y Estados Unidos, no puede rendirse ahora al empuje urbanístico que la atosiga desde las puertas de la ciudad de Granada. ¡Ha de recuperar sus valores!

Me siento frente a las alamedas que ahora se alzan sin hojas hacia el cielo, y me sobresalta el sonido de las alas de centenares de palomas torcaces que regresan a la seguridad de sus dormideros. Estoy inmerso en el indescriptible juego de tonos rosados, ocres y rojizos que van invadiendo las ramas de los chopos con la cambiante luz del ocaso. Sobre las copas de árboles emerge el guardián de la Vega, que no es otro que Sierra Elvira, la seña de identidad de nuestra comarca. Una severa belleza la de la silueta de sus raspas calizas, que contrasta con el níveo horizonte de Sierra Nevada, flotando en el cielo tornasolado del anochecer. Sierra Elvira lo preside todo. Tengo una hermana que se llama así por esa montaña y las dos, con gran fortuna para mí, forman parte de mi vida diaria.
Jorge Garzón / Miradas ©2010
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