Febrero 6th, 2010PASEOS POR LA VEGA | Lo humano

· La Vega del Genil es el propio hombre en sí ·
La Vega es agrícola y la mano del hombre, ese que la ara, la trata con mimo y la cuida día a día, la ha conformado como hoy día la conocemos. Las aguas del Genil riegan el inmenso vaso de aluviones y arcillas que se extiende a lo largo de casi 40 kilómetros, desde Maracena a las puertas de Huétor-Tájar; y a lo ancho de los quince que separan a Sierra Elvira de los primeros cerros más allá de Láchar. Ese es el tamaño de la alacena de Granada, una despensa generosa en productos de calidad.
En mi paseo de hoy me he colado en la vega por el Camino rural de Zitena que parte de Pinos Puente. Tengo un largo camino, pero nada más empezar me he detenido a charlar con un labrador que abona la sementera, recorre a pie de arriba a abajo, los ocho marjales sembrados mientras esparce el compuesto mineral que enriquece la tierra.
“Una vez al año”, “Sólo se abona una vez al año, después ya se liga el rastrojo con la vertedera”. -me dice-
Una de las características de estos campos es que están vivos, se siguen cultivando con azada; predomina el minifundio y son las familias las que han preparado la tierra, se sigue abonando a mano, en Trasmulas y otros pagos la broza de la esparraguera se retira con la horca, y en la vega del Cubillas los caballones para las hortalizas se siguen haciendo con azadón. Sólo en las explotaciones más grandes se adivina la mecanización, bien sea por la disposición rectilínea de las calles de frutales en espaldar, o por la homogeneidad de la anchura en las hileras de verduras y hortalizas.
Las veredas me llevan hasta el Merendero de la Venta, junto al cruce de la Casa Real, donde se espesan las alamedas, seña de identidad de los pueblos de la Vega. Desde tiempos inmemoriales se siembran árboles en el llano, parecen bosques, sobre todo en primavera y verano, cuando el verde profundo de su frescura lo inunda todo, pero en realidad son cultivos forestales de perfecta simetría lineal. Con ellos se elabora la mayoría de las cajas que contienen la fruta fresca que se exhibe en plazas y mercados, pero también se le da otros usos, habiéndose comenzado a utilizar su pulpa en productos aislantes para el interior de las viviendas. Las choperas de la vega permiten que en invierno, al perder la hoja, el sol caliente la tierra y su luz facilite el crecimiento de otras plantas, mientras que en plena época estival, gracias al tupido follaje, se dé un proceso de termorregulación que hace descender la temperatura varios grados y elevar la humedad, algo vital para el resto de cultivos.
Alrededor de Cijuela, mientras recorro uno de los muchos caminos que atraviesan las alamedas, leo las suertes de riego, escritas en blanco sobre letreros de fondo negro, que muestran las horas y los días de inundación del terreno. Aquí, los cultivos forestales se riegan ‘a manta’, sistema de origen árabe consistente en inundar los campos de siembra -o mejor dicho-, los ‘marjales’ que es como se nominan las superficies agrícolas cultivadas por estos pagos. El marjal, unidad de medida de origen islámico, estandarizada en las tierras fértiles de la Vega por el Duque de Abrantes a partir del siglo XVII, es la medida exacta que tiene la superficie del Patio de los Leones de la Alhambra: 528′42 metros cuadrados. De esta curiosa manera quedaron ligados para siempre el patrimonio artístico más emblemático con la cultura agrícola más primorosa, ambas dos de origen árabe, nazarí y bereber para más señas.
Llego al poblado de la Paz, lugar que da honor a su nombre. Casas blancas bajas, rincones con macetas y pequeños jardines, pilistras, buganvillas y gitanillas. Un remanso de paz entre Cijuela y Fuente Vaqueros. Hay una iglesita coqueta y la estética rural dota de armonía a esta barriada. Se vivió siempre de la tierra, de las huertas, del cultivo del tabaco. Es precisamente el cultivo del hoy denostado tabaco lo que marcó para siempre otra de las identidades agrícolas de la Vega; se cultive más o menos, nos quedan sus huellas más valiosas: los secaderos.

· Un secadero inacabado indica el paso inexorable del tiempo ·
Me duele ver como los secaderos mueren, hoy abandonados a su suerte; un recurso tan claro, tan fácil de aprovechar, tan necesario de conservar, empieza a diluirse en la memoria y el olvido. Siempre hay un secadero de tabaco en el horizonte veguiano. Los bosquetes esconden estructuras de aquellos que se quedaron a medio construir, otros que aún conservan las raspas rubias del tabaco, los que fueron levantados con paredes de cañavera, de tiras de madera de chopo, o los más modernos con la base de ladrillo. Solitarios, monocromos en medio de un paño de tierra, o inmersos en el casco urbano, decorados en color; joyas arquitectónicas de nuestra identidad agrícola que han de dignificarse, por el bien de la memoria, por el bien de nuestra Vega.
Voy terminando mi paseo tras dejar atrás Romilla, donde encontré a los jubilados del pueblo tomando el sol frente a la Iglesia. Me ha llevado una eternidad llegar desde ese pueblo cercano al aeropuerto hasta el Cortijo del Alitaje, a las afueras de Pinos Puente, donde comencé mi paseo por lo agrícola y más humano de la Vega. Me demoré debido a la animada charla de la gente que me he ido encontrando por los caminos. He llegado finalmente para admirar los secaderos de celosía y ladrillo que aún se conservan, en fila india junto al cortijo. Estos aguantan el paso del tiempo, sólidamente anclados al suelo y convenientemente reparados por sus dueños.

· Secaderos de base sólida dignifican el paisaje lorquiano ·
Admirando su fachada, sigo paseando con José García, el que en su tiempo laboró como repartidor de pan de la Marquesa del Alitaje. Me va contando historias de aquella época, de la tierra, del terremoto del pasado siglo y de la hoy vetusta nobleza, todas interesantes, chascarrillos y verdades como puños; algunas no pueden traerse a estas páginas, pero otras, las más, se quedan por los veicuetos de los caminos esperando a que otros paseantes recorran la Vega, entre sus gentes, para descubrirlas.
Jorge Garzón / Miradas ©2010
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