· La ermita de la Virgen de Cruces (El Guijo) ·

· La ermita de la Virgen de Cruces (El Guijo) ·

¿Qué ocultan Los Pedroches? ¿Qué se esconde bajo el Cortijo de Majadaiglesia? Son las dos preguntas que me hago cuando tras inspeccionar los nidos de cigüeña que se alzan en los eucaliptos junto al Arroyo de Santa María, me topo con un par de chicas que, enfundadas en sus monos de trabajo, limpian trozos de cerámica de terracota.

En 1930 un particular comenzó a excavar el paraje de Majadaiglesia, pero la autoridad competente paralizó tal iniciativa. Continuaron, ya de manera oficial en 1981 en lo alto del cerro, en un enclave estratégico donde se alza un cortijo ganadero, casi en el borde de una reducida meseta. Algo más hacia el noroeste se encuentra un depósito de agua hecho de argamasa y piedra, firma inequívoca de las construcciones romanas, pero un poco más abajo se alza una alberca más humilde que mantiene las piedras de sus paredes por simple gravedad, construida mucho antes por los habitantes íberos de la Bética.

Rodeo el cerro por su zona suroeste, donde otras mujeres se afanan por dejar listas las escaleras de acceso a las líneas de muralla íbera que rodean el mogote, éstas llevan directamente a las zanjas por donde discurrió el agua que alimentó las piscinas de las termas romanas, perfectamente conservadas y ahora limpias. Algo más arriba destaca el pavimento, descubierto con mimo tras una de las campañas de excavación del ‘Taller de Arqueología Majadaiglesia’ que tras aplicar los módulos de arqueología y adecuación forestal, consiguió dejar al descubierto restos de estructuras romanas con estancias, una Natalio y pistas certeras de ser, probablemente, una de las grandes ciudades romanas del borde norte de la Bética. Muy probablemente la ciudad perdida de ‘Solia’, que junto a ‘Itálica’ y ‘Emérita Augusta’, cerraban el triángulo de hegemonía imperial en el sur ibérico. Estrabón, el que lo contó casi todo sobre nuestros antepasados latinos, así lo refleja en su libro tercero.

¿Leyenda o realidad? No es fácil saberlo, algunos opinan que ¡por fin! se ha dado con las ruinas perdidas de ‘Solia’ y otros, más cautelosos, ni lo afirman ni lo niegan. Sucede con frecuencia no importa el tema que se trate, también les pasa a los vecinos de un pueblo cercano que se posicionan -a favor o no tanto- con el que fue -años ha- cura de Añora, el único pueblo conocido que mantiene un nombre anclado en la melancolía. Allí, unos se posicionan a favor de aquel párroco que aquí sirvió hace un par de siglos y otros no, y todo por la inocente presencia de bastantes vecinos pelirrojos.

Sentado en la tasca tiro de la lengua a los parroquianos y les pregunto por este insólito hecho, del que algunos -los menos piadosos, pienso- afirman que el ministro era pelirrojo y sin dar muchos más detalles dejan que imagine el resto de la historia. Los otros, con estampa menos pícara, los desautorizan con un ¡Algún hijo tendría, pero no lo serían todos! explicándome acto seguido que en la Guerra de la Independencia se asentó en el pueblo un batallón con alabarderos irlandeses, todos ellos pelirrojos, de los que nunca se alabó su precisión en la batalla, pero sí su habilidad en el arte amatorio y la posterior huella genética que esparcieron por la comarca.

Cuando me acerco a la vecina ermita de la Virgen de las Cruces me encuentro con el equipo de ivestigadores de la Universidad de Granada que, despreciando al descanso del fin de semana, instalan los georadares para proseguir con las catas arqueológicas que desvelarán los misterios guardados bajo la opaca arcilla granítica, invisible a las ondas electromagnéticas de la tecnología.

El santero de la ermita me invita a pasar y me enseña algunos de los secretos que guarda. Destaca un ara paleoromana del s. VI antes de Cristo empotrada en una pared de la sacristía. Si se la enseñan y no visualizan la transcripción marcada en el cartel que la acompaña no desesperen, resulta que quien allí la cementó la colocó al revés, giren la cabeza y no estarán -como yo hice- más de diez minutos intentando leer lo indescifrable mientras me acordaba de algunos de esos momentos insufribles de mis clases de latín en el instituto.

Junto a la inscripción latina se encuentra la joya de la ermita, en el suelo protegida tras un grueso cristal: la pila bautismal del baptisterio paleocristiano que debió alzarse bajo la hoy ermita de culto católico. Merece la pena pasarse por allí y encontrarse con las huellas de nuestro pasado más auténtico.

José Santiago Romero y Rosa me han acompañado durante mi visita a este bello enclave y ahora me enseñan los avances del taller de arqueología, mientras me señalan una campa de hierba aledaña a la ermita donde -sin trazas aparentes- se oculta una necrópolis en plena excavación. Una necrópolis no es un simple hallazgo de una antigua construcción, denota la existencia de una organización y una gran población cercana. El yacimiento de Majadaiglesia o quizás de ‘Solia’ dará mucho que hablar en un futuro.

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Prosigo mi trashumancia por la Cañada Real de la Mesta pensando que hace siglos, las tropas imperiales romanas pasaron por aquí, pero más me maravilla pensar que las sensaciones que me producen la sabia mezcla de naturaleza, historia, tradición y paisaje han de ser a la fuerza similares a las que sintió ese gran geógrafo que fue Estrabón. Nos separan casi quince siglos pero en Los Pedroches las emociones siguen flotando en el ambiente.

Jorge Garzón / Miradas ©2010

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