Diciembre 11th, 2009SULAYR, ‘LA MONTAÑA DEL SOL’

Los romanos la llamaron ‘Mons Solarium’, los árabes ‘Xolayr’, nosotros ‘Sierra Nevada’. Cuando el viajero llega desde la Vega, la sierra enmarca a la ciudad de la Alhambra. ¡Y eso que desde el Albaicín sólo se vislumbra una parte! Una parte de la más especial de las cordilleras montañosas del Mediterráneo.

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Diciembre 10th, 2009EL VINO ANTICANCERÍGENO

Vinos hay muchos, ¡y además, buenos! Si en algo destaca la Península Ibérica es en la maestría cultivando viñas y en la variedad de cepas existentes. En muchos lugares de España la actividad vitivinícola ha ido complementándose con el enoturismo y así han surgido auténticos edificios de diseño emblemático en fincas y propiedades de bodegueros. Algunas de ellas con firma reconocida como en el caso de la Rioja alavesa y la Ribera del Duero.
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Me dirijo a Castro del Río para encontrarme con Juan Manuel Luque, uno de los artífices del cambio en la filosofía de tradición del aceite de oliva en Andalucía. Séptima generación de olivareros, la familia Luque inició en 1999 su propia molturación de aceite ecológico, abriendo su molino a otros productores de la comarca e incluso de otras provincias. De ese modo nació ‘Alcubilla 2000′, una apuesta no sólo por la producción de aceite ecológico, sino también por el intento en calcular la huella de carbono y gases de efecto invernadero, que deja la producción ecológica en relación con el cultivo convencional. La comarca de Guadajoz y Campiña Este es por tanto pionera en proyectos que tratan de ayudar a combatir el calentamiento global del planeta. Aceite y vanguardismo ambiental contra el cambio climático, podríamos asegurar.

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Noviembre 18th, 2009LOS SECRETOS DEL ACEITE

Aceites Vizcántar y Fermín Rodríguez me invitaron a una cata de aceite que consiguió abrirme los ojos en algo tan fundamental para la cultura mediterránea como es el aceite de oliva. La cata, al igual que la fama del oro líquido, fue internacional, ya que un grupo de chicos franceses aprendían los secretos del zumo de aceituna, unos haciendo muecas, otros mostrando fascinación ante tamaña rareza. Ninguno de ellos quedó defraudado.

Frente a nosotros tres vasos de cata teñidos de añil; el color del vaso impide apreciar el tono del aceite, lo que al parecer es necesario para no inducir al catador a un estado de opinión debido al color del caldo. No todos están de acuerdo, y los menos prefieren cristal transparente para apreciar el regalo que es un verde virgen extra. No se puede catar sin ejercitar la memoria y el aceite dota de aromas el recuerdo. Es preceptivo calentar la copa con las manos mientras se masajea de lado a lado, la templanza del vidrio a 28º C libera olores que nos permiten juzgar la calidad. Aspirar profundamente y cerrar los ojos ayudan a apreciar el fondo afrutado, la intensidad de su fondo, o la oxidación inevitable que llega con el tiempo. La arbequina deja frutos secos en la nariz, el picudo deposita un fondo de manzana, y éstas son sólo dos de las muchas variaciones posibles.

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Tras una provechosa conversación con Pedro Cantalejo y las amables indicaciones de Isaac y posteriormente de Patricia, tres ejemplos del magnífico patrimonio humano que se da por estos lares, me encaminé al Centro de interpretación de la prehistoria para conocer a Domingo, un voluntarioso guía de la excepcionalmente bien organizada ‘Red de Patrimonio Guadalteba’. A las diez y media en punto nos desplazamos a la cueva de Ardales para realizar una inolvidable visita. El idioma utilizado fue el inglés ya que nos acompañaban una pareja alemana que lo único que entendían en español era ’servessa’ ‘jamoon’ y poco más, por lo que era toda una temeridad intentar explicarles la formación de una estalactita o la visión moderna de Doña Trinidad Gründ al iniciar sus visitas trogloditas.

Algo que me sorprendió muy agradablemente es que al realizar la reserva me informaron sobre que llevar, unas botas que agarren bien, porque afortunadamente las condiciones de la cueva son bastante naturales y se ha optado por no transformarla, aprovechando así el lugar como un recurso cultural que ofrece una experiencia para el recuerdo. Accedimos a la boca de la cueva por una cancela metálica rodeada de un intento fallido de anfiteatro de dudoso gusto. Todos dentro y la puerta se volvió a cerrar. Domingo nos entregó una linterna de luz fría a cada uno y comenzamos a bajar los escalones hacia las entrañas de la tierra. Según bajaba, paso a paso, me percaté de lo fácil que es transformar algo en emoción: el interior de la gruta es oscuro, no hay iluminación, tan sólo una tenue línea de ‘leds’ azulados marcan el camino de entrada y salida. La sensación es similar a la que se experimenta al descubrir un lugar ignoto, y la impresión de estar en un lugar auténtico se agudiza.

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Conociendo la fama que precede a nombres como Doñana y otras zonas húmedas ligadas al Guadalquivir no esperaba encontrarme gran diversidad ornítica cuando me propuse intentar encontrar una ruta de observación de aves en las cercanías del pueblo, de tal manera que quien ya hubiese visitado los museos, relajádose con las aguas milagrosas del Balneario o incluso, degustado una ‘bomba de atún’ sentado en la Plaza del Amparo, pudiera disfrutar de un buen paseo junto al río.

Inicié el camino junto al puente renacentista de Marmolejo frente al balneario. La carreterilla, aguas arriba, bordea la modesta presa del embalse. La vegetación que cae desde el talud terroso oculta algunos regatos que acentúan el frescor en época estival. Lee el resto de esta entrada »

Septiembre 15th, 2009LA BOLERA Y EL GUADALENTÍN

La sierra de Cazorla no es sólo sierra jienense, también tiene vocación granadina. Así le pasa en el macizo segureño del Empanadas, que con sus 2.106 metros, es la ‘raya’ natural entre las provincias de Granada y Jaén. Pero la sierra de Cazorla muda a nombre corto y profundo: Sierra del Pozo, allí donde mira al Guadalentín, sobre Pozo Alcón. Preside el cresterío el Pico Cabañas, que con sus 2.026 metros es la máxima altura de las sierras cazorleña y poceña.

Me dirijo, pronto en la mañana hacia el embalse de la Bolera tras haber descansado plácidamente en un moderno y cómodo hotelito, Los Nogales, donde el sueño es reparador y se escuchan las estrellas colgadas en lo alto de la noche. ¡Una delicia de entorno y una delicia de gente, tanto Manolo Noguera -uno de los dueños- como cada una de las responsables del establecimiento! Que a bien tuvieron informarme de los secretos por allí guardados.

Todo el paisaje que circunda la Bolera es grandioso. Esta poco hollada parte de la comarca linda con el muncipio granadino de Campocámara, a tiro de piedra de Castril. Cubierta de espesos bosques, interrumpidos sólo por los barrancos y cerradas que han esculpido los ríos durante miles de años. El embalse, construido sobre un permeable macizo cárstico no puede mantener su cota máxima puesto que el líquido se filtra a través del fondo calizo. Construido en el año 1968, agudizó la desaparición del río Guadalentín aguas abajo de la presa, que resurge en la Cerrada del Tío Pío unos dos kilómetros barranco abajo.

La mejor manera de admirar el Guadalentín es recorrer su barranco y quedarse extasiado con el vuelo de las aves que frecuentan este imponente corredor. A ello me dediqué y busqué la senda que junto al camping de la Bolera me llevaría por un pequeño carril, en principio asfaltado, hasta el Observatorio Ornitológico del mirador. Un itinerario fácil que entre pinos, encinas y matorral mediterráneo pierde su asfalto junto al Canal de Iturralde, ya en desuso, que conducía el agua desde los antiguos azudes a las huertas del llano. El mirador y el observatorio ornitológico se abren al tajo y permiten visualizar las acrobacias de las chovas piquirrojas, escuchar el canto prodigioso de los roqueros solitarios o sorprender al veloz halcón peregrino. El cortado calizo de un color anaranjado vivo, roto por las deyecciones blancas de los buitres leonados, se alza imponente al otro lado del barranco, permitiendo -mejor durante la tarde- una cómoda observación ornitológica.

Pero no menos imponente es la senda que, desde el Canal de Iturralde, parte hacia levante y nos acerca al mirador de la Cerrada de la Alcantarilla. Un kilómetro y medio de fácil sendero me condujo a un promontorio que se abre, protegido con vallas de madera, sobre el abismo de un monumento natural único: la Cerrada de la Alcantarilla, incomparable cañón calizo y profundo que oculta aguas cristalinas y se abre al barranco principal a través de una estrechísima canal.

Aguas arriba del Guadalentín se esconden otros milagros de la naturaleza: Guazalamanco es uno de ellos. Injustamente olvidado, traduce la belleza total de la montaña mediterránea en su itinerario jalonado de espesuras, cascadas, paredes, flora y mariposas únicas, un reino merecido para el águila real, la culebrera y otras rapaces. Un deleite para el naturalista, un descubrimiento para quien viaje sin límites en los mapas y posiblemente, junto a parajes áridos cercanos, uno de los lugares más hermosos de nuestra naturaleza ibérica.

He de continuar viaje saliendo de la comarca. Me voy con un sabor agridulce por los lugares que no podré visitar, pero sí puede hacerlo quien lea estas crónicas viajeras. Me voy sin poder echarle un vistazo a las acequias de Cuenca, sin poder visitar las cuevas de Hinojares, sin pasarme por Belerda, por los puentes de la Risa y del Royo sobre el río Grande original: el Guadiana Menor, que entre bosques de tarajes, ya con aspecto africano, riega los oasis de las vegas fluviales cerca de Huesa.

Me detengo camino de Jódar y echo la vista atrás. Salgo de la Comarca de la Sierra de Cazorla, perdidos aquí los bosques, con ganas de volver de nuevo en muy breve espacio de tiempo.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 10th, 2009SANTO TOMÉ Y CHILLUÉVAR

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La ruta hacia Santo Tomé transcurre por una cuidada carretera, la A6204 de trazo paralelo al pequeño arroyo de Cazorla. Observando la vegetación exuberante que lo bordea, parece que la propia sierra y sus bosques quisieran diluirse en la campiña a lo largo de este modesto valle. Si bien en los primeros kilómetros, las primeras casas y granjas aparecen intactas, incluso en plena actividad agrícola y ganadera, un poco más adelante el tiempo ha dejado su huella en los muros quebrados de los cortijos. Curiosamente, donde estos faltan o se hallan derruidos, ha desaparecido el bosque, ¿o fue al revés? Al comienzo del amplio valle el cauce aparecía preñado de árboles de ribera: fresnos, álamos blancos, mimbreras, olmos y hasta almeces de gran porte. Llegando a las cercanías de Nubla, el sol penetra entre zarzas y arbustos ralos, desprovistos las márgenes fluviales de centenarios árboles y ausente su tupida sombra.

La ermita de Nubla se alza junto a la carretera, cerca de la unión del río Cañamares con el anterior. El edificio está perfectamente encalado y pacientemente espera su día grande de romería que no llegará hasta el primer domingo de mayo. Su origen se desdibuja en el tiempo, si bien debió haberse construido en el s. XVI, no mucho tiempo después de ultimar la repoblación castellana. Más modesto aún aparece el Torreón de Nubla, que a duras penas se mantiene en pie. Frente a la anterior, presenta el vetusto aspecto de torre vigía fronteriza almohade, de las que abundaron en las taifas que convivieron en las primeras épocas del Reyno de Granada.

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Allí encontré dos hombres podando las olivas a los que pregunté por dichos monumentos. Muy solícitos me informaron sobre el particular:

- “Esa torre de ahí es ciertamente importante. Sepa usted que es un Patrimonio de la Humanidad de los moros y tiene ya tiempo; pero como no quiero engañarle no le diré su edad, ya que me equivocaría en varios o muchos siglos…”

Hablamos algo más sobre la cosecha de aceituna de esta temporada y tras agradecerle su atención, volvió a colocarse sus protectores auditivos, arrancando la sierra mecánica y continuando su jornal.

Santo Tomé es pueblo de vocación agrícola que descansa en una orilla de un mar de olivos. Bajo el calor estival el pueblo parece dormido, y es necesario recorrer sus calles y plazuelas para cruzarse con las personas que se dirigen a sus quehaceres cotidianos. Me dirijo a la plaza del Ayuntamiento donde me topé con la iglesia parroquial de Santo Tomé Apostol, un recio edificio en piedra que recuerda a las iglesias-fortaleza de las órdenes religiosas de la Reconquista. Como todos los templos cristianos, tras la fundación de la villa en 1438, incorporó una de las torres vigías almohades que allí existieron cuya función fue proteger la anterior alquería árabe.

Las inmediaciones de Santo Tomé tuvieron un intenso esfuerzo colonizador cuyas pruebas descansan en los museos arqueológicos Provincial y Nacional: tesorillos y efigies aladas ibéricas, restos visigodos y villas rústicas romanas. En la misma plaza del pueblo, junto a los parterres y presidiendo una esquina, se alza uno de esos tesoros que pasan fácilmente desapercibidos para quien no detenga su paso: una lápida similar a otras funerarias de origen visigodo que fueron encontradas en su término municipal. Sus inscripciones no dejan lugar a dudas:

“Avilia Marcela, de treinta y cinco años de edad, aquí esta sepultada.- Séale la tierra ligera, sus compañeros le dedicaron este recuerdo”

Desgraciadamente, no es fácil descubrir los hitos históricos que más bien parecen secretos ocultos. Junto a Santo Tomé se gestó el futuro de la provincia romana de la Bética. En lo que entonces eran lomas de monte mediterráneo y amplios valles de viñas y cereales libraron los cartagineses una de las más feroces y decisivas batallas para el imperio romano: la batalla de Baecula, en la que al frente del ejército imperial estaba el General Escipión el Africano. Misteriosamente no hay una sola referencia en el pueblo sobre ello.

Abandono el trazado urbano para dirigirme a la sierra de Santo Tomé y Chilluévar, que ocupando las partes orientales de sus términos, forman parte del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las villas y están cubiertos de espesos bosques y vertiginosos tajos calizos. Rehago parte del camino para llegar a Chilluévar, donde me detengo a reponer fuerzas. Al atravesar el pueblo me sorprende una inusitada nevada de verano, en la que niños y jóvenes se hallan ocupados: el pueblo está en fiestas y han organizado una piscina de espuma.

Lápida funeraria

Al internarme por sus calles, el resto de la población parece dormido. Sin duda, el trajín nocturno de la fiesta pasa factura y al llegar a uno de los bares, los encargados parecen sedados. Tras unas croquetas caseras y un refrescante vino de verano, continúo mi ruta intentando llegar al camino de la sierra, que sale del pueblo junto al cementerio. Puesto que el pueblo está en fiestas he de sortear mesas con aperitivos, los restos de la verbena, un sinfín de calles cortadas y me empleo en apartar vallas amarillas de obras, franquearlas, detenerme y volverlas a poner en su sitio. Los dos ‘kilómetros-valla con vehículo’ debieran repensarse como deporte olímpico, pues requieren rapidez de reflejos, precisión en la conducción y destreza, mucha destreza adornada de sonrisas y alguna que otra explicación.

Una vez en la dirección correcta comienzo mi subida a la sierra, atravesando olivares y bajo el sol del mediodía. Tras llegar a un pilón bajo una gran encina, desaparecen los cultivos y lo forestal, con profundo olor a pino, enebro y boj llenan el aire. Hacia el embalse de Aguascebas voy.

Jorge Garzón ©2009


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