
Estella (la chica), en la sierra de los Filabres
Con los repoblamientos del Valle del Almanzora posteriores a la conquista cristiana, localidades como Macael, Laroya, Serón o la granadina Hoya de Baza recibieron a riojanos y navarros, siendo su huella aún reconocible en poblaciones y valles de la sierra de los Filabres.
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Bajo una noche estrellada abandono la autovía entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las Almerías sorprendentes: la que se extiende a lo largo del río Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allí hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo característico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su día poblaron los cerros.
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Vinos hay muchos, ¡y además, buenos! Si en algo destaca la Península Ibérica es en la maestría cultivando viñas y en la variedad de cepas existentes. En muchos lugares de España la actividad vitivinícola ha ido complementándose con el enoturismo y así han surgido auténticos edificios de diseño emblemático en fincas y propiedades de bodegueros. Algunas de ellas con firma reconocida como en el caso de la Rioja alavesa y la Ribera del Duero.
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El balneario de Garallena o de Alhama, antiguos nombres del hoy Balneario de Graena, conoció su esplendor desde épocas remotas. Las virtudes de su aguas se conocían en el Reyno de Granada y sus instalaciones se utilizaron profusamente por habitantes locales y forasteros.
Accedo al pequeño núcleo de Baños de Graena desde Purullena, donde aún se mantienen los puestos de cerámica popular, que resisten con la cabeza alta el embite de la falta del tránsito rodado que desde hace años circula por la autovía; afortunadamente sus jarras y platos multicolores siguen colgados de puestos y tenderetes, complementando así los severos tonos rojizos del entorno.
Me encuentro a unos 50 kilómetros de Granada y cruzo el pueblo, ahora silencioso, que forma parte del municipio de Cortes y Graena. Formado por cuatro anejos, Baños de Graena ostenta el liderazgo en popularidad gracias a las propiedades de sus aguas medicinales. Esto viene de lejos, puesto que a partir del siglo XV se prescribieron sus baños por parte del Hospital Real de Guadix, y en la Exposición Internacional de París de 1900, al igual que pasó con su primo hermano gienense de Marmolejo, se le otorgó el reconocimiento como lugar de tratamiento médico.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.”
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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La Campiña oriental cordobesa tiene un pasillo de vida que la recorre, es el río Guadajoz. Tradicionalmente este cauce de menguadas riberas sirvió para delimitar las fronteras de los cultivos y la tierra. Hacia Jaén se extendía la campiña cerealista y hacia Córdoba la olivarera. Esos límites, hoy desdibujados, se redefinen en la actualidad a golpe de política agraria y rendimiento neto por hectárea. El río Guadajoz, de 215 km de longitud, nace en la sierra de Priego y desemboca en el Guadalquivir junto a la ciudad de Córdoba. Es un río que hasta finales del siglo XX no estuvo regulado y que en parte de sus tramos conserva algunos de los sotos ribereños de tarajes más frondosos del sur peninsular.
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Calle del Barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
Llego a Priego de Córdoba con la intención de no empaparme de Barroco, algo especialmente difícil en un lugar que tiene iglesias para prestarle a tres o más ciudades, el siglo dieciochesco fue pródigo con el pueblo sobre todo por el desarrollo de su industria textil. Así que permaneceré alejado de San Francisco y la capilla del Sagrario en la Asunción, ’so pena’ de acabar extasiado frente a los alardes ornamentales de tal estilo artístico.
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En la distancia se atisba Montemayor, medio oculto por los cerros que se descuelgan desde Espejo. Destaca en la bruma otoñal la torre de su castillo que hoy pertenece a la nobleza, a los Duques de Frías, quien lo mantienen cerrado a cal y canto; por mucho que nos acerquemos a admirarlo no lograremos traspasar sus recios muros. Es algo curioso que uno de los pocos castillos perfectamente conservados de Córdoba no pueda visitarse, y debiera pensarse que independientemente de a quien pertenezca, es el símbolo de identidad de todos sus habitantes y así debieran entenderlo sus dueños. ¿Qué tal un convenio con Patrimonio?
Según voy conociendo a gente en Montemayor me voy sorprendiendo cada vez más. Me alojo en uno de los lugares más bellos que debe haber en los alrededores: la casa ‘Visita la del Rincón’. ¡El nombre se las trae! Y a pesar de que se me juzgue de ‘preguntón’ intento averiguar el origen del mismo. La casa está esquinada al fondo de un corto callejón que se abre sobre la plaza, donde en la segunda mitad del siglo XX solían pasear del brazo las mozas casaderas mientras los zagales las admiraban desde ‘la barrera’. Las chicas no iban a la plaza solas y sus solícitas madres las llevaban allí permaneciendo ‘ojo avizor’, ¿Dónde? Pues precisamente junto a la casa del rincón, cuya dueña se llamaba Visitación, y a fuerza de repetir la frase: “Te espero en la casa de Visita, la del rincón”, acabó nominándose de tal manera.
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Vista nocturna de Ojén.
Tenía ganas de conocer Ojén con tranquilidad. Hacía lustros que no pasaba por allí, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchísimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.
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La sierra de Archidona es un resalte margocalizo destacable a pesar de tener una altitud no muy elevada. Es un guardián natural de su vega y vigila hacia oriente toda la penillanura que se fuga hacia Granada, la que lleva hasta Salinas. Se trata, por derecho propio, de un mirador excepcional que permite gozar de puestas de sol inigualables y desde donde se divisan las provincias de Granada, Córdoba, Sevilla, Cádiz y la propia Málaga.
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