
· La ermita de la Virgen de Cruces (El Guijo) ·
¿Qué ocultan Los Pedroches? ¿Qué se esconde bajo el Cortijo de Majadaiglesia? Son las dos preguntas que me hago cuando tras inspeccionar los nidos de cigüeña que se alzan en los eucaliptos junto al Arroyo de Santa María, me topo con un par de chicas que, enfundadas en sus monos de trabajo, limpian trozos de cerámica de terracota.
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· Plaza Mayor de Dos Torres ·
Siempre he sentido una atracción hacia los enclaves catalogados como BIC (Bien de Interés Cultural) , a priori su marchamo lo certifica: lugares en los que, bien a la ida o a la vuelta, merece la pena detenerse para conocerlos, y sin duda, aprender un poco más de nosotros y lo nuestro a través de la historia o historias que guardan.
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· Antiguo 'majaero' y cocedero de lino y cáñamo ·
Se habla del daño irreversible que a partir de los años sesenta se le ha venido infringiendo a la Vega, multiplicándose las urbanizaciones y arrinconándose los cultivos. Históricamente la Vega era nuestro mar, y de él emergían las columnas de humo de las casas y cortijos, cual barcos navegando entre el verde de las olas. Históricamente he de iniciar este paseo, de lo más cercano a su edad lejana y a la memoria que en la letra acompasada de versos y coplillas ha llevado el nombre de la Vega del Genil por todo el mundo.
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· La Vega del Genil es el propio hombre en sí ·
La Vega es agrícola y la mano del hombre, ese que la ara, la trata con mimo y la cuida día a día, la ha conformado como hoy día la conocemos. Las aguas del Genil riegan el inmenso vaso de aluviones y arcillas que se extiende a lo largo de casi 40 kilómetros, desde Maracena a las puertas de Huétor-Tájar; y a lo ancho de los quince que separan a Sierra Elvira de los primeros cerros más allá de Láchar. Ese es el tamaño de la alacena de Granada, una despensa generosa en productos de calidad.
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· Un día tormentoso en Los Guájares ·
Hollando caminos he enfilado rumbo a la costa granadina a través del Valle de Lecrín. Lo recorro pero no puedo disfrutarlo como quisiera, las cortinas de agua, la niebla, el viento y el frío me lo impiden, pero aún así he de encontrar el diamante en bruto que continúa siendo el valle de Los Guájares. La fuerte lluvia no me permite fotografíar las cascadas que riegan el camino a Los Vados, procedentes de las acequias moriscas de Vélez-Benaudalla, cuna de los pestiños más afamados de la costa. Aún así me detengo sobre el puente del río Guadalfeo, emblemático curso de agua que conduce las nieves fundidas del Mulhacén a la templada costa mediterránea, desde cuya orilla se vislumbra la nieve y el reflejo del mar. Tras las severas precipitaciones de estos días, el ‘wadi’ baja fiero y encrespado, ocupa de lado a lado toda la rambla de chinorros, cañas y arena.
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Estella (la chica), en la sierra de los Filabres
Con los repoblamientos del Valle del Almanzora posteriores a la conquista cristiana, localidades como Macael, Laroya, Serón o la granadina Hoya de Baza recibieron a riojanos y navarros, siendo su huella aún reconocible en poblaciones y valles de la sierra de los Filabres.
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Bajo una noche estrellada abandono la autovía entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las Almerías sorprendentes: la que se extiende a lo largo del río Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allí hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo característico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su día poblaron los cerros.
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Si ya eran interesantes las almenaras de la franja litoral occidental, no lo son menos las de la parte oriental de la comarca. Nueve torres más jalonan la costa y se van acercando unas a otras según se van tajando los arroyos y las playas van dejando paso a las pequeñas calas de uno de los parajes naturales más sobresaliente de toda la costa mediterránea peninsular: el malacitano-granadino ‘Paraje Natural de Maro-Cerro Gordo’.
Sigue la costa mansa cuando dejamos atrás las torres hermanas de Algarrobo Costa, aunque poco a poco las desembocaduras de ríos y torrentes van recortando con pequeñas colinas el resto de almenaras. A tres kilómetros y medio de las anteriores nos encontramos con la primera: la Torre de Lagos, de ocho metros de altura y a cuarenta y seis por encima de las olas del mar. Las vistas desde esta atalaya del siglo XVI son amplísimas y posee una posición ventajosa para la defensa del litoral. Tras ella se alzan algunas urbanizaciones que no la respetan como se merece, al igual que los usuarios de su entorno, noctámbulos de fin de semana, que se empeñan en sembrar su derredor de desperdicios varios, siendo ésta como es, una de las dos únicas que conservan motivos decorativos sobre el mortero original.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.”
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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Una de las más destacables riquezas histórico-artísticas de la franja litoral oriental son las torres vigía que se alzan sobre los promontorios y llanuras costeras, excepcionales testigos de los asaltos perpetrados por piratas, berberiscos y corsarios sobre las poblaciones ribereñas de esta costa del Mar de Alborán.
El litoral del antiguo Reyno de Granada se jalonó de almenaras guardadas para prevenir ataques desde el mar; bajo el reinado de Yusuf I se construyeron -o repararon- cuarenta de estas almenaras desde la comarca almeriense de Vera a los confines occidentales del estado nazarí, junto a la desembocadura del río Guadiaro. De más que probable origen fenicio-romano, se utilizaron posteriormente, de finales del siglo XV en adelante, por castellanos y portugueses como defensa costera en la consolidación de la España cristiana.
El sistema de alerta se basaba en prender fuego y otear el horizonte, constantemente. Cada atalaya veía dos más, una a levante y otra a poniente, durante el día se elevaban ahumadas y por la noche luminarias, un sistema de defensa que perduró hasta bien entrado el siglo XIX.
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