
Hojas en oto帽o de la Rosa de Alfacar 'Rosa spinosissima'.
Este a帽o el oto帽o remolonea, o m谩s bien quien lo hace es el invierno. Los campos y sus 谩rboles se resisten al cambio astron贸mico de estaci贸n que ya superamos hace casi dos meses. Las temperaturas medias que tenemos son inusualmente elevadas, la savia sigue corriendo por las ramas y tallos, y si abandonamos las monta帽as, el oto帽o se desvanece al ritmo de insectos estivales que se resisten a dejar de volar, ellos no entienden de fechas.
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Calle del Barrio de la Villa en Priego de C贸rdoba.
Llego a Priego de C贸rdoba con la intenci贸n de no empaparme de Barroco, algo especialmente dif铆cil en un lugar que tiene iglesias para prestarle a tres o m谩s ciudades, el siglo dieciochesco fue pr贸digo con el pueblo sobre todo por el desarrollo de su industria textil. As铆 que permanecer茅 alejado de San Francisco y la capilla del Sagrario en la Asunci贸n, ’so pena’ de acabar extasiado frente a los alardes ornamentales de tal estilo art铆stico.
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En la distancia se atisba Montemayor, medio oculto por los cerros que se descuelgan desde Espejo. Destaca en la bruma oto帽al la torre de su castillo que hoy pertenece a la nobleza, a los Duques de Fr铆as, quien lo mantienen cerrado a cal y canto; por mucho que nos acerquemos a admirarlo no lograremos traspasar sus recios muros. Es algo curioso que uno de los pocos castillos perfectamente conservados de C贸rdoba no pueda visitarse, y debiera pensarse que independientemente de a quien pertenezca, es el s铆mbolo de identidad de todos sus habitantes y as铆 debieran entenderlo sus due帽os. 驴Qu茅 tal un convenio con Patrimonio?
Seg煤n voy conociendo a gente en Montemayor me voy sorprendiendo cada vez m谩s. Me alojo en uno de los lugares m谩s bellos que debe haber en los alrededores: la casa ‘Visita la del Rinc贸n’. 隆El nombre se las trae! Y a pesar de que se me juzgue de ‘pregunt贸n’ intento averiguar el origen del mismo. La casa est谩 esquinada al fondo de un corto callej贸n que se abre sobre la plaza, donde en la segunda mitad del siglo XX sol铆an pasear del brazo las mozas casaderas mientras los zagales las admiraban desde ‘la barrera’. Las chicas no iban a la plaza solas y sus sol铆citas madres las llevaban all铆 permaneciendo ‘ojo avizor’, 驴D贸nde? Pues precisamente junto a la casa del rinc贸n, cuya due帽a se llamaba Visitaci贸n, y a fuerza de repetir la frase: 鈥淭e espero en la casa de Visita, la del rinc贸n鈥, acab贸 nomin谩ndose de tal manera.
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鈥淟a gran cisterna de Monturque fue descubierta casualmente en 1885, cuando con motivo de una epidemia de c贸lera las autoridades locales se vieron en la obligaci贸n de ampliar el antiguo y peque帽o cementerio que exist铆a junto a la Iglesia de San Mateo. Como consecuencia de las obras de ampliaci贸n y las remociones del terreno salieron a la luz estos vestigios romanos, que se hallaban completamente colmatados de tierra. En aquellos momentos se procedi贸, de manera totalmente desordenada y sin metodolog铆a cient铆fica, a su limpieza y vaciado, encontr谩ndose en su interior hachas neol铆ticas, 谩nforas y cer谩mica romana, as铆 como una estatua de m谩rmol,聽 materiales cuyo paradero se desconoce en la actualidad.
Desde entonces se vertieron diversas hip贸tesis sobre su naturaleza y significado por parte de los eruditos locales y los primeros investigadores, As铆, se dec铆a que pod铆an ser unas termas, un cuartel legionario, catacumbas, silos, o unas dependencias del castillo medieval, muy cercano al recinto, hasta ser identificadas definitivamente como cisternas romanas.鈥 (El hallazgo)
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Cuando ya cre铆a que nunca suceder铆a, el cielo gris pre帽ado de nubes rompi贸 aguas justo cuando coron茅 el Puerto de la Dehesa, ese que a poniente permite a la vista jugar con la Sierra de las Nieves y a levante divisar la Penib茅tica y el mar. Ca铆an las primeras lluvias oto帽ales, lo que hizo detenerme antes de cruzar el bosque, y as铆 gozar del sonido del viento y la lluvia mansa que ya limpiaba el ambiente reseco. Nadie alrededor que fuese testigo del momento. Solos la Naturaleza y yo, junto al nombre de una poblaci贸n de embrujo morisco, Castillo de Bonaira, ‘Ksar-al-Bunairyya’, Casarabonela, Bonela a secas como la llaman los de la comarca.
Seg煤n descend铆a del alto, las nubes se cerraban y espesas cortinas de agua me imped铆an adivinar el pueblo sobre las laderas pardas de los montes; el camino aparec铆a flanqueado por pinos corpulentos junto a los que hab铆a alineadas sillas de colores vac铆as, mojadas por la lluvia, sillas ocupadas en las tardes rasas veraniegas donde, a la sombra del Pino Real, se sientan los viejos paseantes. Una imagen la del oto帽o lluvioso que vac铆a de gentes el paisaje y potencia la memoria que se imprime a campos, vaguadas y huertas.
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Me encamino al sur de Ronda, hacia ese valle que mira al mar y que esconde el sabor de lo aut茅ntico, un ejemplo de naturaleza aparentemente virgen pero cuyo paisaje responde a la mano del hombre. Me voy al Valle del Genal, donde los casta帽ares de la comarca se esconden de la vista de los que llevan prisa. El valle est谩 a tiro de piedra de Ronda y cuando empiezo a recorrer sus mil y una curvas, mientras atravieso descarnados lapiaces repletos de arbustos arom谩ticos, no puedo imaginarme el cambio tan acusado hacia la exuberancia de lo forestal, hacia el bosque encantado de pinares y casta帽os que ha de venir.
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Archidona es uno de esos lugares a los que la fama precede, pero cuando todo el mundo est谩 de acuerdo en cantar alabanzas a lo que a primera vista se ve, a m铆, que me gusta rascar bajo la superficie, me entran ganas de investigar un poco m谩s. Entonces tengo que ir al lugar, buscar entre los legajos, recorrer con tiento los lugares y hablar con la gente. B谩sicamente, mirar con otros ojos.
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Co铆n es conocida como ‘la villa de las tres mil huertas’ y aunque algunas menos ser谩n hoy d铆a, atestigua con ello la excepcional importancia que el agua tuvo -y a煤n tiene- en el desarrollo de la poblaci贸n. Ya sabemos que el maridaje con lo natural y el agua fue t铆picamente 谩rabe y morisco y con el manejo de canales, acequias e ingenios diversos consiguieron, no s贸lo domesticar su flujo, sino tambi茅n dise帽ar un aprovechamiento ventajoso ante la escasez y la adversidad. Fueron arquitectos del agua y de la vegetaci贸n asociada a ella.
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Nunca hubiera imaginado en mis andanzas viajeras recalar en un lugar donde un elemento tan corriente en nuestras vidas como el azulejo pudiera ser motivo de una cr贸nica rural. Las referencias a la azulejer铆a almogiense simplemente no existen. Espero que quien lea estas l铆neas no crea que voy a ofertarle un nuevo modelo de ‘gres’ o que voy a ‘alicatar’ esta p谩gina con reflejos cer谩micos. Los azulejos de Almog铆a ni se venden ni se prestan, est谩n en las calles para deleite de quien las pasea.
Almog铆a es cuna de los verdiales m谩s dicharacheros de la provincia y no ha dejado pasar la ocasi贸n de firmarlo en cer谩mica: ‘Almog铆a, cuna de verdiales’ puede leerse en casi cualquier rinc贸n del pueblo o junto a las carreteras que a 茅l llevan. Y destacable es, en su entrada desde M谩laga una vez sobrepasado el mirador de la curva, el panel que nuevamente lo grita sin pudor. Una valiosa pieza de azulejer铆a popular, trabajada en cuerda seca.
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鈥淣i la guerra ni la paz son absolutas鈥. Esta lapidaria frase parece hecha a medida de una poblaci贸n fronteriza del Reyno de Granada. Un lugar de vida dura e intranquila a pesar de las treguas pactadas entre granadinos y castellanos. Dichas treguas, aderezadas de escaramuzas, emboscadas, toma de atalayas y pactos de reyezuelos, enrocaron la plaza de Almex铆a, junto a gran parte de los montes de M谩laga hasta 1487, fecha en la que pasaron -definitivamente- a manos cristianas.
Pero a煤n desplazando la frontera del Reyno un poco m谩s a levante, en las tierras conquistadas por los cristianos quedaron miles de familias musulmanas formadas por pac铆ficos campesinos, acequieros, panaderos o comerciantes, b谩sicamente el soporte socioecon贸mico de la tierra reci茅n tomada. Para no perder sus propiedades fueron obligados a bautizarse, y consintieron de cara a la galer铆a, evitando as铆 males mayores. Esta poblaci贸n eran los moriscos.
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