Septiembre 8th, 2009CAZORLA

gato

Cazorla se despertaba cuando las campanas de su iglesia parroquial anunciaron las ocho de la mañana. Ni siquiera se intuía el trajín mañanero en esta preciosa esquina de escasa circulación rodada, aunque se escuchaban gallos en el río, reclamos de aves acrobáticas en busca de insectos y la conversación de algunas vecinas que barrían y baldeaban los zaguanes de las casas. Mientras ellas andan de faena, los hombres, aún legañosos, se encaminaban a la tasca. Charla matinal, agua, zaguanes, tascas, frescor, campanadas… Gracias a nuestras mujeres Cazorla, tras el alba, luce mejor.

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Decididamente y sin rumbo definido, comienzo a recorrer los paisajes y lugares del ‘Reino de la Luz’. No es mal nombre éste para ese universo irrepetible de tonos, reflejos, sombras y brillos que es Andalucía. No importa la época, pero sí el camino que he de recorrer;  montañas abruptas y espesos bosques, planicies áridas y gargantas arcillosas, ricas campiñas y fértiles vegas, acantilados y playas de aguas cristalinas. Un solar el andaluz que rivaliza con la riqueza y peculiaridad de sus pueblos y gentes, siendo difícil no pararse a conversar en una plaza arbolada, complicado no leer las esquinas de sus piedras milenarias, imposible el pasar por Andalucía de puntillas sin turbarse al conocer su historia, sin participar en su fiesta, sin compartir su alegría o disfrutar del silencio de sus recónditos valles.

Voy rumbo al este en mi primer día de periplo. Han mejorado mucho las comunicaciones desde que los nazaritas del Reyno de Granada labraron las vegas de los cursos de agua que nacen en las sierras. Recorro caminos que ya describieron otros viajeros anteriores en fechas tan lejanas como 1233, cuando el Adelantado Rodrigo Ximenez de Rada, arzobispo de Toledo, le quitó a los musulmanes la esperanza de continuar en la Muy Noble y Leal Ciudad de Cazorla, tìtulo que le fue concedido con honores por las Cortes de Cádiz.

Voy a Cazorla cuando el día se quiebra; aparece teñida de tonos cálidos, colgada en la falda de la sierra, una imponente muralla de roca infranqueable que se alza desde el llano coronada por el vuelo de los incansables buitres. Llego a Cazorla entre dos luces para admirar las encaladas fachadas de su barrio árabe, para contemplar los lienzos de piedra del castillo iluminado, la fantasmagórica silueta de Santa María, los abruptos dientes calizos de las cumbres que la cierran al sur y a levante.

Es Cazorla el lugar por excelencia para iniciar el viaje, es un compendio de todo lo que pueda imaginarse: desde la emoción de una charla sentado junto al Balcón de Zabaleta a la sensación íntima de recorrer sus veredas y cordeles. Es hoy Cazorla -antaño musulmana- comedidamente andaluza, diríase castellana. Es hoy ese apetecible lugar donde con el vino no se estila la tapa, pero sí el ‘aperitivo’, prueba inequívoca de su carácter castellano que, desde tiempos de Jorge Manrique, sigue reconociéndose en pleno siglo XXI.

Vine aquí a iniciar viaje, a contar la Andalucía de siempre desde una nueva mirada…

Jorge Garzón/Miradas ©2009

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