Noviembre 15th, 2009DESTINO PRIEGO

Calle del Barrio de la Villa en Priego de Córdoba.

Calle del Barrio de la Villa en Priego de Córdoba.

Llego a Priego de Córdoba con la intención de no empaparme de Barroco, algo especialmente difícil en un lugar que tiene iglesias para prestarle a tres o más ciudades, el siglo dieciochesco fue pródigo con el pueblo sobre todo por el desarrollo de su industria textil. Así que permaneceré alejado de San Francisco y la capilla del Sagrario en la Asunción, ’so pena’ de acabar extasiado frente a los alardes ornamentales de tal estilo artístico.

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Septiembre 15th, 2009LA BOLERA Y EL GUADALENTÍN

La sierra de Cazorla no es sólo sierra jienense, también tiene vocación granadina. Así le pasa en el macizo segureño del Empanadas, que con sus 2.106 metros, es la ‘raya’ natural entre las provincias de Granada y Jaén. Pero la sierra de Cazorla muda a nombre corto y profundo: Sierra del Pozo, allí donde mira al Guadalentín, sobre Pozo Alcón. Preside el cresterío el Pico Cabañas, que con sus 2.026 metros es la máxima altura de las sierras cazorleña y poceña.

Me dirijo, pronto en la mañana hacia el embalse de la Bolera tras haber descansado plácidamente en un moderno y cómodo hotelito, Los Nogales, donde el sueño es reparador y se escuchan las estrellas colgadas en lo alto de la noche. ¡Una delicia de entorno y una delicia de gente, tanto Manolo Noguera -uno de los dueños- como cada una de las responsables del establecimiento! Que a bien tuvieron informarme de los secretos por allí guardados.

Todo el paisaje que circunda la Bolera es grandioso. Esta poco hollada parte de la comarca linda con el muncipio granadino de Campocámara, a tiro de piedra de Castril. Cubierta de espesos bosques, interrumpidos sólo por los barrancos y cerradas que han esculpido los ríos durante miles de años. El embalse, construido sobre un permeable macizo cárstico no puede mantener su cota máxima puesto que el líquido se filtra a través del fondo calizo. Construido en el año 1968, agudizó la desaparición del río Guadalentín aguas abajo de la presa, que resurge en la Cerrada del Tío Pío unos dos kilómetros barranco abajo.

La mejor manera de admirar el Guadalentín es recorrer su barranco y quedarse extasiado con el vuelo de las aves que frecuentan este imponente corredor. A ello me dediqué y busqué la senda que junto al camping de la Bolera me llevaría por un pequeño carril, en principio asfaltado, hasta el Observatorio Ornitológico del mirador. Un itinerario fácil que entre pinos, encinas y matorral mediterráneo pierde su asfalto junto al Canal de Iturralde, ya en desuso, que conducía el agua desde los antiguos azudes a las huertas del llano. El mirador y el observatorio ornitológico se abren al tajo y permiten visualizar las acrobacias de las chovas piquirrojas, escuchar el canto prodigioso de los roqueros solitarios o sorprender al veloz halcón peregrino. El cortado calizo de un color anaranjado vivo, roto por las deyecciones blancas de los buitres leonados, se alza imponente al otro lado del barranco, permitiendo -mejor durante la tarde- una cómoda observación ornitológica.

Pero no menos imponente es la senda que, desde el Canal de Iturralde, parte hacia levante y nos acerca al mirador de la Cerrada de la Alcantarilla. Un kilómetro y medio de fácil sendero me condujo a un promontorio que se abre, protegido con vallas de madera, sobre el abismo de un monumento natural único: la Cerrada de la Alcantarilla, incomparable cañón calizo y profundo que oculta aguas cristalinas y se abre al barranco principal a través de una estrechísima canal.

Aguas arriba del Guadalentín se esconden otros milagros de la naturaleza: Guazalamanco es uno de ellos. Injustamente olvidado, traduce la belleza total de la montaña mediterránea en su itinerario jalonado de espesuras, cascadas, paredes, flora y mariposas únicas, un reino merecido para el águila real, la culebrera y otras rapaces. Un deleite para el naturalista, un descubrimiento para quien viaje sin límites en los mapas y posiblemente, junto a parajes áridos cercanos, uno de los lugares más hermosos de nuestra naturaleza ibérica.

He de continuar viaje saliendo de la comarca. Me voy con un sabor agridulce por los lugares que no podré visitar, pero sí puede hacerlo quien lea estas crónicas viajeras. Me voy sin poder echarle un vistazo a las acequias de Cuenca, sin poder visitar las cuevas de Hinojares, sin pasarme por Belerda, por los puentes de la Risa y del Royo sobre el río Grande original: el Guadiana Menor, que entre bosques de tarajes, ya con aspecto africano, riega los oasis de las vegas fluviales cerca de Huesa.

Me detengo camino de Jódar y echo la vista atrás. Salgo de la Comarca de la Sierra de Cazorla, perdidos aquí los bosques, con ganas de volver de nuevo en muy breve espacio de tiempo.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 13th, 2009HACIA QUESADA Y POZO ALCÓN

Dejo Cazorla camino del sur, hacia otras tierras que la bordean y la arropan. Rumbo a Quesada, el Puerto de Tíscar y Pozo Alcón.  Si al viajero, llegando a Cazorla, le sorprende esa mágica hora que es la puesta de sol, le recomiendo que tome la desviación a Quesada por la carretera A322 y se sitúe frente a la sierra. Podrá entonces disfrutar del color del ocaso tocando el pueblo y los contrafuertes que protegen el boscoso valle del Alto Guadalquivir.

La carretera serpentea entre olivares y lomas cultivadas. Seis kilómetros antes de llegar a Quesada, cuando la ruta encara una larga recta, se encuentra la indicación que a la derecha lleva a la villa romana de Bruñel. Realizo a pie el camino que en un kilómetro largo me deja frente a una valla que cierra el yacimiento, pero tiene un paso abierto -como toda buena valla meridional que se precie- que potencia el estado de abandono del recinto. Sin quererlo, o quizás queriéndolo, me he topado con una joya desconocida: un auténtico cortijo rural romano del siglo III d. C.

Con sumo cuidado exploro los alrededores, apreciando a la perfección los paramentos del edificio que se cerraba a oriente por una sala absidada que recuerda a una basílica paleocristiana. La excepcional riqueza de Bruñel se reveló al observar el pavimento de las diferentes habitaciones: bellísimos mosaicos de motivos geométricos enlazados con recuadros octogonales donde aparecen animales y una figura femenina que recuerda a Tetis, la divinidad agrícola.

En algunas zonas parecen faltar mosaicos y me causó sorpresa el aparente olvido de esta singular joya romana de la época de Constancio II. ¡Qué menos que proteger la maravillosa policromía del arte con una estructura que mitigue los rayos de sol y la salvaguarde de la torrencial lluvia mediterránea! Contento por este descubrimiento, entre chicharras y cantos de colorines, volví al vehículo y continué hacia Quesada, cuna del arte inigualable de Rafael Zabaleta.

La iglesia de Quesada en lo alto del cerro del pueblo, aparece recostada sobre la imponente mole del Picón del Rayal, probablemente una de las montañas más bellas de todo el sur peninsular. Del pueblo al puerto de Tíscar, Quesada tiene una sierra de mismo nombre preñada de vestigios remotos del arte rupestre: cuevas del Encajero, la Hiedra, Cerro de Vitar, la Corniza y muchas otras que esparcen el nombre de esta villa en los más prestigiosos estudios antropológicos y arqueológicos.

Mi pretensión de visitar el Museo Zabaleta se fue al traste; recién acabadas las fiestas horas antes, la población parecía descansar del ajetreo nocturno y por ser martes, la pinacoteca estaba cerrada. Mucho había cambiado desde mi anterior visita a finales de los años ochenta, ya que en  aquella ocasión tuve que pedir la llave en una casa cercana y separar algunas telarañas de lienzos emblemáticos. Ahora la casa natal mudo a Museo con mayúsculas y las mejores obras de su primer expresionismo sombrío, de su expresionismo rutilante y de su tan peculiar postcubismo de influencia picassiana se encuentran visibles, al alcance de todos los que paren en Quesada, ¡eso sí! siempre que no sea en lunes o martes.

A 1.189 metros de altitud se encuentra el Puerto de Tíscar, un lugar de paso que fue frontera del ‘Reyno de Granada’ y que tras ser tomado junto a la peña y torre de Tíscar en el año 1319 por parte de las huestes cristianas, aceleró  la posterior y definitiva caída del reino nazarita.

El puerto, que tiene un pilón de agua que deja de manar en pleno estío, posee dos guardianes destacables: la torre que erigió el infante Don Henrique, hijo de San Fernando; y las imponentes siluetas del Picón del Rayal y el Aguilón del Loco que se elevan hasta los 1.834 y los 1.956 metros respectivamente.

Desciendo hacia Pozo Alcón siguiendo la vertiente meridional de la sierra de Tíscar, entre laderas aún boscosas, donde se retuercen y esconden los arroyos al fondo de agrestes barrancos que el agua horadó. Tras dejar atrás el arroyo Vadillo y el Barranco la Canal, una pista a mano izquierda nos permitiría llegar al nacimiento del Guadalquivir atravesando la sierra hacia su cabecera, conectando posteriormente con el Puente de las Herrerías y Vadillo Castril.

El imponente mirador que supone la sierra permite contemplar uno de los más amplios horizontes de toda Andalucía: las sierras de María, Estancias y Filabres en Almería, el Jabalcón y la sierra de Baza, el Mencal y Sierra Arana en Granada,  sierras Mágina,  Almadén y los Villares en Jaén. Cerrando el horizonte sur, entre la calima del fin de verano, entre los malvas de la puesta de sol, destaca la silueta aún oscura de Sierra Nevada.

Nubes altas cubren el cielo cuando el sol se va y el paisaje abrupto de la serranía se diluye en las margas y yesos de la hoya semiárida de Baza, regalando uno de los paisajes más severamente bellos de Europa. Poco después llegó a Pozo Alcón, en una provincia, la de Jaén, que aquí se hace granadina por obligación y quizás también por derecho.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 11th, 2009LA SIERRA DESCONOCIDA

009cazorla-cabra-en-la-sierra-de-las-villasLa carretera serpentea entre pinos y enebros ganando altura rápidamente.  Incluso bajo el sol del mediodía, el bosque extiende su frescor más allá de la sombra de sus árboles. Siguiendo la ruta a la sierra el paisaje forestal se abre tras alguna de las miles de curvas que jalonan el itinerario, allí el panorama se ensancha y se extiende de tal manera que es imposible no pararse a escudriñar con los prismáticos las cerradas y tajos verticales que flanquean la cabecera del río Cañamares, el mismo que cruzamos camino de Santo Tomé junto a la ermita de Nubla. Frente a nosotros se alza una de las “sierras’ desconocidas de Cazorla, la que mira a la campiña, la que Chilluévar y Santo Tomé guardan bien.

Algo más arriba, donde la tranquilidad impera y ni siquiera se intuyen ya los olivares, aparece un color irreal, un agua misteriosa: el embalse de Aguascebas, un oasis de aguas verdeazuladas confinadas por una presa anclada firmemente en el roquedo. Desde su coronación se extiende, valle arriba la lámina acuática y aguas abajo Las Oseras, un abismo de roquedos, cortados y plataformas  ocupadas por buitres, alimoches y pequeñas aves rupícolas. Junto a los calveros del bosque se ocultan los muflones, de retorcida cornamenta.

La carretera que flanquea la sierra, con impresionantes vistas a las Lomas y al ahora lejano llano es un auténtico tesoro. La recomiendo con ahínco a todos aquellos enamorados de la naturaleza extrema. No sólo es poco frecuentada por vehículos y gentes de paso, si no que además permite el acceso a arroyos subsidiarios de aguas cristalinas, a áreas de acampada de extrema limpieza, a mesas de piedra estratégicamente situadas que permiten almorzar escuchando el tamborileo de los picos y pitos

El agua cristalina del Aguascebas de Gil Cobo

El agua cristalina del Aguascebas de Gil Cobo

reales, o el chasquido poderoso del zorzal charlo alzando el vuelo. Un lugar donde la belleza abruma y la cobertura del teléfono móvil flaquea. Justo en este punto, en el collado del Pocico, merece la pena detenerse y acercarse a las cumbres cercanas.

Es septiembre y las águilas culebreras se afanan por completar etapas en su migración a África. Es tan grandioso el escenario que se las detecta por sus reclamos y silbidos antes que con el ojo desnudo. Bandos de hasta veinte aves ciclean en lo alto mientras me afano por buscar a los responsables de los trinos escondidos entre el follaje. La migración avanza, y los papamoscas cerrojillos, colirrojos reales, mosquiteros papialbos y petirrojos atraviesan la sierra. Recorrer esos collados, el Sabinar de la Lancha del lobo o la Nava de las Castañetas nos permitirán acompañar a las aves en paso y disfrutarlas mientras reponen fuerzas, ingiriendo a destajo frutos de majoletos y aromáticas bayas de enebros y sabinas.

Cuando uno se aproxima al río Aguascebas de Gil Cobo y al Aguascebas Grande, la sierra se derrama -literalmente- sobre el visitante: intrincados pasillos y chimeneas calizas, pinos laricios colgados sobre el abismo, agujas puntiagudas con sabinas centenarias… sobrecoge el fragor de la vegetación peinada por el viento.

Atrapamoscas o grasilla

Atrapamoscas o grasilla

Merece la pena remontar estos dos cursos de agua -algo que hacían a diario los pastores de antaño- para encontrar algunas de las joyas mejor guardadas: una modesta planta: la grasilla o atrapamoscas (una Pinguicula endémica de estas sierras) que devora docenas de insectos cada temporada. Gusta de ambientes umbríos y húmedos, pero si buscamos con atención entre los extraplomos, cascadas, desfiladeros y repisas rocosas descubriremos otros habitantes huidizos como el águila real, el macho montés o el acrobático trepador azul colgado cabeza abajo.

Poco a poco, siguiendo el camino, dejando atrás los corpulentos ejemplares de arce granadino , la sierra empequeñece al acercarme al cauce del Guadalquivir, que cruzo por un moderno puente de metal y hormigón, continuando entonces hacia el embalse del Tranco, final de las rutas más frecuentadas del Parque Natural.

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Antes de volver a Cazorla a través de Cotorríos y Arroyo Frío, decido probar las aguas del río Grande y termino mi jornada viajera dándome un chapuzón en las aguas mansas del Charco del Aceite. La tranquilidad de la jornada me reconforta ya que en más de setenta kilómetros de ruta sólo me he cruzado con un vehículo. La diferencia es palpable:  ofrezco esta crónica desde un lugar desierto donde sólo suena el agua y los trinos de las aves que se acercan a beber en el río.

Nubes tormentosas resuenan en el borde serrano, hacia poniente.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 10th, 2009SANTO TOMÉ Y CHILLUÉVAR

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La ruta hacia Santo Tomé transcurre por una cuidada carretera, la A6204 de trazo paralelo al pequeño arroyo de Cazorla. Observando la vegetación exuberante que lo bordea, parece que la propia sierra y sus bosques quisieran diluirse en la campiña a lo largo de este modesto valle. Si bien en los primeros kilómetros, las primeras casas y granjas aparecen intactas, incluso en plena actividad agrícola y ganadera, un poco más adelante el tiempo ha dejado su huella en los muros quebrados de los cortijos. Curiosamente, donde estos faltan o se hallan derruidos, ha desaparecido el bosque, ¿o fue al revés? Al comienzo del amplio valle el cauce aparecía preñado de árboles de ribera: fresnos, álamos blancos, mimbreras, olmos y hasta almeces de gran porte. Llegando a las cercanías de Nubla, el sol penetra entre zarzas y arbustos ralos, desprovistos las márgenes fluviales de centenarios árboles y ausente su tupida sombra.

La ermita de Nubla se alza junto a la carretera, cerca de la unión del río Cañamares con el anterior. El edificio está perfectamente encalado y pacientemente espera su día grande de romería que no llegará hasta el primer domingo de mayo. Su origen se desdibuja en el tiempo, si bien debió haberse construido en el s. XVI, no mucho tiempo después de ultimar la repoblación castellana. Más modesto aún aparece el Torreón de Nubla, que a duras penas se mantiene en pie. Frente a la anterior, presenta el vetusto aspecto de torre vigía fronteriza almohade, de las que abundaron en las taifas que convivieron en las primeras épocas del Reyno de Granada.

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Allí encontré dos hombres podando las olivas a los que pregunté por dichos monumentos. Muy solícitos me informaron sobre el particular:

- “Esa torre de ahí es ciertamente importante. Sepa usted que es un Patrimonio de la Humanidad de los moros y tiene ya tiempo; pero como no quiero engañarle no le diré su edad, ya que me equivocaría en varios o muchos siglos…”

Hablamos algo más sobre la cosecha de aceituna de esta temporada y tras agradecerle su atención, volvió a colocarse sus protectores auditivos, arrancando la sierra mecánica y continuando su jornal.

Santo Tomé es pueblo de vocación agrícola que descansa en una orilla de un mar de olivos. Bajo el calor estival el pueblo parece dormido, y es necesario recorrer sus calles y plazuelas para cruzarse con las personas que se dirigen a sus quehaceres cotidianos. Me dirijo a la plaza del Ayuntamiento donde me topé con la iglesia parroquial de Santo Tomé Apostol, un recio edificio en piedra que recuerda a las iglesias-fortaleza de las órdenes religiosas de la Reconquista. Como todos los templos cristianos, tras la fundación de la villa en 1438, incorporó una de las torres vigías almohades que allí existieron cuya función fue proteger la anterior alquería árabe.

Las inmediaciones de Santo Tomé tuvieron un intenso esfuerzo colonizador cuyas pruebas descansan en los museos arqueológicos Provincial y Nacional: tesorillos y efigies aladas ibéricas, restos visigodos y villas rústicas romanas. En la misma plaza del pueblo, junto a los parterres y presidiendo una esquina, se alza uno de esos tesoros que pasan fácilmente desapercibidos para quien no detenga su paso: una lápida similar a otras funerarias de origen visigodo que fueron encontradas en su término municipal. Sus inscripciones no dejan lugar a dudas:

“Avilia Marcela, de treinta y cinco años de edad, aquí esta sepultada.- Séale la tierra ligera, sus compañeros le dedicaron este recuerdo”

Desgraciadamente, no es fácil descubrir los hitos históricos que más bien parecen secretos ocultos. Junto a Santo Tomé se gestó el futuro de la provincia romana de la Bética. En lo que entonces eran lomas de monte mediterráneo y amplios valles de viñas y cereales libraron los cartagineses una de las más feroces y decisivas batallas para el imperio romano: la batalla de Baecula, en la que al frente del ejército imperial estaba el General Escipión el Africano. Misteriosamente no hay una sola referencia en el pueblo sobre ello.

Abandono el trazado urbano para dirigirme a la sierra de Santo Tomé y Chilluévar, que ocupando las partes orientales de sus términos, forman parte del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las villas y están cubiertos de espesos bosques y vertiginosos tajos calizos. Rehago parte del camino para llegar a Chilluévar, donde me detengo a reponer fuerzas. Al atravesar el pueblo me sorprende una inusitada nevada de verano, en la que niños y jóvenes se hallan ocupados: el pueblo está en fiestas y han organizado una piscina de espuma.

Lápida funeraria

Al internarme por sus calles, el resto de la población parece dormido. Sin duda, el trajín nocturno de la fiesta pasa factura y al llegar a uno de los bares, los encargados parecen sedados. Tras unas croquetas caseras y un refrescante vino de verano, continúo mi ruta intentando llegar al camino de la sierra, que sale del pueblo junto al cementerio. Puesto que el pueblo está en fiestas he de sortear mesas con aperitivos, los restos de la verbena, un sinfín de calles cortadas y me empleo en apartar vallas amarillas de obras, franquearlas, detenerme y volverlas a poner en su sitio. Los dos ‘kilómetros-valla con vehículo’ debieran repensarse como deporte olímpico, pues requieren rapidez de reflejos, precisión en la conducción y destreza, mucha destreza adornada de sonrisas y alguna que otra explicación.

Una vez en la dirección correcta comienzo mi subida a la sierra, atravesando olivares y bajo el sol del mediodía. Tras llegar a un pilón bajo una gran encina, desaparecen los cultivos y lo forestal, con profundo olor a pino, enebro y boj llenan el aire. Hacia el embalse de Aguascebas voy.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 8th, 2009CAZORLA

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Cazorla se despertaba cuando las campanas de su iglesia parroquial anunciaron las ocho de la mañana. Ni siquiera se intuía el trajín mañanero en esta preciosa esquina de escasa circulación rodada, aunque se escuchaban gallos en el río, reclamos de aves acrobáticas en busca de insectos y la conversación de algunas vecinas que barrían y baldeaban los zaguanes de las casas. Mientras ellas andan de faena, los hombres, aún legañosos, se encaminaban a la tasca. Charla matinal, agua, zaguanes, tascas, frescor, campanadas… Gracias a nuestras mujeres Cazorla, tras el alba, luce mejor.

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Decididamente y sin rumbo definido, comienzo a recorrer los paisajes y lugares del ‘Reino de la Luz’. No es mal nombre éste para ese universo irrepetible de tonos, reflejos, sombras y brillos que es Andalucía. No importa la época, pero sí el camino que he de recorrer;  montañas abruptas y espesos bosques, planicies áridas y gargantas arcillosas, ricas campiñas y fértiles vegas, acantilados y playas de aguas cristalinas. Un solar el andaluz que rivaliza con la riqueza y peculiaridad de sus pueblos y gentes, siendo difícil no pararse a conversar en una plaza arbolada, complicado no leer las esquinas de sus piedras milenarias, imposible el pasar por Andalucía de puntillas sin turbarse al conocer su historia, sin participar en su fiesta, sin compartir su alegría o disfrutar del silencio de sus recónditos valles.

Voy rumbo al este en mi primer día de periplo. Han mejorado mucho las comunicaciones desde que los nazaritas del Reyno de Granada labraron las vegas de los cursos de agua que nacen en las sierras. Recorro caminos que ya describieron otros viajeros anteriores en fechas tan lejanas como 1233, cuando el Adelantado Rodrigo Ximenez de Rada, arzobispo de Toledo, le quitó a los musulmanes la esperanza de continuar en la Muy Noble y Leal Ciudad de Cazorla, tìtulo que le fue concedido con honores por las Cortes de Cádiz.

Voy a Cazorla cuando el día se quiebra; aparece teñida de tonos cálidos, colgada en la falda de la sierra, una imponente muralla de roca infranqueable que se alza desde el llano coronada por el vuelo de los incansables buitres. Llego a Cazorla entre dos luces para admirar las encaladas fachadas de su barrio árabe, para contemplar los lienzos de piedra del castillo iluminado, la fantasmagórica silueta de Santa María, los abruptos dientes calizos de las cumbres que la cierran al sur y a levante.

Es Cazorla el lugar por excelencia para iniciar el viaje, es un compendio de todo lo que pueda imaginarse: desde la emoción de una charla sentado junto al Balcón de Zabaleta a la sensación íntima de recorrer sus veredas y cordeles. Es hoy Cazorla -antaño musulmana- comedidamente andaluza, diríase castellana. Es hoy ese apetecible lugar donde con el vino no se estila la tapa, pero sí el ‘aperitivo’, prueba inequívoca de su carácter castellano que, desde tiempos de Jorge Manrique, sigue reconociéndose en pleno siglo XXI.

Vine aquí a iniciar viaje, a contar la Andalucía de siempre desde una nueva mirada…

Jorge Garzón/Miradas ©2009

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