
La ruta hacia Santo Tomé transcurre por una cuidada carretera, la A6204 de trazo paralelo al pequeño arroyo de Cazorla. Observando la vegetación exuberante que lo bordea, parece que la propia sierra y sus bosques quisieran diluirse en la campiña a lo largo de este modesto valle. Si bien en los primeros kilómetros, las primeras casas y granjas aparecen intactas, incluso en plena actividad agrícola y ganadera, un poco más adelante el tiempo ha dejado su huella en los muros quebrados de los cortijos. Curiosamente, donde estos faltan o se hallan derruidos, ha desaparecido el bosque, ¿o fue al revés? Al comienzo del amplio valle el cauce aparecía preñado de árboles de ribera: fresnos, álamos blancos, mimbreras, olmos y hasta almeces de gran porte. Llegando a las cercanías de Nubla, el sol penetra entre zarzas y arbustos ralos, desprovistos las márgenes fluviales de centenarios árboles y ausente su tupida sombra.
La ermita de Nubla se alza junto a la carretera, cerca de la unión del río Cañamares con el anterior. El edificio está perfectamente encalado y pacientemente espera su día grande de romería que no llegará hasta el primer domingo de mayo. Su origen se desdibuja en el tiempo, si bien debió haberse construido en el s. XVI, no mucho tiempo después de ultimar la repoblación castellana. Más modesto aún aparece el Torreón de Nubla, que a duras penas se mantiene en pie. Frente a la anterior, presenta el vetusto aspecto de torre vigía fronteriza almohade, de las que abundaron en las taifas que convivieron en las primeras épocas del Reyno de Granada.

Allí encontré dos hombres podando las olivas a los que pregunté por dichos monumentos. Muy solícitos me informaron sobre el particular:
- “Esa torre de ahí es ciertamente importante. Sepa usted que es un Patrimonio de la Humanidad de los moros y tiene ya tiempo; pero como no quiero engañarle no le diré su edad, ya que me equivocaría en varios o muchos siglos…”
Hablamos algo más sobre la cosecha de aceituna de esta temporada y tras agradecerle su atención, volvió a colocarse sus protectores auditivos, arrancando la sierra mecánica y continuando su jornal.
Santo Tomé es pueblo de vocación agrícola que descansa en una orilla de un mar de olivos. Bajo el calor estival el pueblo parece dormido, y es necesario recorrer sus calles y plazuelas para cruzarse con las personas que se dirigen a sus quehaceres cotidianos. Me dirijo a la plaza del Ayuntamiento donde me topé con la iglesia parroquial de Santo Tomé Apostol, un recio edificio en piedra que recuerda a las iglesias-fortaleza de las órdenes religiosas de la Reconquista. Como todos los templos cristianos, tras la fundación de la villa en 1438, incorporó una de las torres vigías almohades que allí existieron cuya función fue proteger la anterior alquería árabe.
Las inmediaciones de Santo Tomé tuvieron un intenso esfuerzo colonizador cuyas pruebas descansan en los museos arqueológicos Provincial y Nacional: tesorillos y efigies aladas ibéricas, restos visigodos y villas rústicas romanas. En la misma plaza del pueblo, junto a los parterres y presidiendo una esquina, se alza uno de esos tesoros que pasan fácilmente desapercibidos para quien no detenga su paso: una lápida similar a otras funerarias de origen visigodo que fueron encontradas en su término municipal. Sus inscripciones no dejan lugar a dudas:
“Avilia Marcela, de treinta y cinco años de edad, aquí esta sepultada.- Séale la tierra ligera, sus compañeros le dedicaron este recuerdo”
Desgraciadamente, no es fácil descubrir los hitos históricos que más bien parecen secretos ocultos. Junto a Santo Tomé se gestó el futuro de la provincia romana de la Bética. En lo que entonces eran lomas de monte mediterráneo y amplios valles de viñas y cereales libraron los cartagineses una de las más feroces y decisivas batallas para el imperio romano: la batalla de Baecula, en la que al frente del ejército imperial estaba el General Escipión el Africano. Misteriosamente no hay una sola referencia en el pueblo sobre ello.
Abandono el trazado urbano para dirigirme a la sierra de Santo Tomé y Chilluévar, que ocupando las partes orientales de sus términos, forman parte del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las villas y están cubiertos de espesos bosques y vertiginosos tajos calizos. Rehago parte del camino para llegar a Chilluévar, donde me detengo a reponer fuerzas. Al atravesar el pueblo me sorprende una inusitada nevada de verano, en la que niños y jóvenes se hallan ocupados: el pueblo está en fiestas y han organizado una piscina de espuma.

Al internarme por sus calles, el resto de la población parece dormido. Sin duda, el trajín nocturno de la fiesta pasa factura y al llegar a uno de los bares, los encargados parecen sedados. Tras unas croquetas caseras y un refrescante vino de verano, continúo mi ruta intentando llegar al camino de la sierra, que sale del pueblo junto al cementerio. Puesto que el pueblo está en fiestas he de sortear mesas con aperitivos, los restos de la verbena, un sinfín de calles cortadas y me empleo en apartar vallas amarillas de obras, franquearlas, detenerme y volverlas a poner en su sitio. Los dos ‘kilómetros-valla con vehículo’ debieran repensarse como deporte olímpico, pues requieren rapidez de reflejos, precisión en la conducción y destreza, mucha destreza adornada de sonrisas y alguna que otra explicación.
Una vez en la dirección correcta comienzo mi subida a la sierra, atravesando olivares y bajo el sol del mediodía. Tras llegar a un pilón bajo una gran encina, desaparecen los cultivos y lo forestal, con profundo olor a pino, enebro y boj llenan el aire. Hacia el embalse de Aguascebas voy.
Jorge Garzón ©2009