Si ya eran interesantes las almenaras de la franja litoral occidental, no lo son menos las de la parte oriental de la comarca. Nueve torres más jalonan la costa y se van acercando unas a otras según se van tajando los arroyos y las playas van dejando paso a las pequeñas calas de uno de los parajes naturales más sobresaliente de toda la costa mediterránea peninsular: el malacitano-granadino ‘Paraje Natural de Maro-Cerro Gordo’.
Sigue la costa mansa cuando dejamos atrás las torres hermanas de Algarrobo Costa, aunque poco a poco las desembocaduras de rÃos y torrentes van recortando con pequeñas colinas el resto de almenaras. A tres kilómetros y medio de las anteriores nos encontramos con la primera: la Torre de Lagos, de ocho metros de altura y a cuarenta y seis por encima de las olas del mar. Las vistas desde esta atalaya del siglo XVI son amplÃsimas y posee una posición ventajosa para la defensa del litoral. Tras ella se alzan algunas urbanizaciones que no la respetan como se merece, al igual que los usuarios de su entorno, noctámbulos de fin de semana, que se empeñan en sembrar su derredor de desperdicios varios, siendo ésta como es, una de las dos únicas que conservan motivos decorativos sobre el mortero original.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la AxarquÃa.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â€
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta AxarquÃa que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judÃos sefardÃes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la AxarquÃa fueron los últimos reductos moriscos de nuestra penÃnsula; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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Una de las más destacables riquezas histórico-artÃsticas de la franja litoral oriental son las torres vigÃa que se alzan sobre los promontorios y llanuras costeras, excepcionales testigos de los asaltos perpetrados por piratas, berberiscos y corsarios sobre las poblaciones ribereñas de esta costa del Mar de Alborán.
El litoral del antiguo Reyno de Granada se jalonó de almenaras guardadas para prevenir ataques desde el mar; bajo el reinado de Yusuf I se construyeron -o repararon- cuarenta de estas almenaras desde la comarca almeriense de Vera a los confines occidentales del estado nazarÃ, junto a la desembocadura del rÃo Guadiaro. De más que probable origen fenicio-romano, se utilizaron posteriormente, de finales del siglo XV en adelante, por castellanos y portugueses como defensa costera en la consolidación de la España cristiana.
El sistema de alerta se basaba en prender fuego y otear el horizonte, constantemente. Cada atalaya veÃa dos más, una a levante y otra a poniente, durante el dÃa se elevaban ahumadas y por la noche luminarias, un sistema de defensa que perduró hasta bien entrado el siglo XIX.
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'La AxarquÃa, desde las faldas de la Sierra de Alhama y Tejeda'
Entro en la AxarquÃa en un dÃa ventoso, sopla tan fuerte que se ha llevado, con las lluvias de la noche anterior, todo lo malo. Por fin ha refrescado, el color de la tierra ha mudado y la atmósfera está limpia permitiendo avistar el horizonte del mar. Tomando imágenes, documentándome y preparando la ruta he llegado hasta la costa donde el sol brilla con timidez invernal, la suficiente para transformar un dÃa cualquiera en una agradable jornada.
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La castaña, protagonista en Yunquera.
Quise ver Yunquera desde arriba, y para hacerlo me refugié en Tolox. Camino del pueblo tuve que detenerme para retener su preciosa estampa anclada bajo los contrafuertes calizos. La salida trasera de la población, la que lleva al Balneario, me infundió confianza: paseos de árboles plantados por niños en justo reconocimiento a sus abuelos, placas de ‘voluntarios por la libertad’. El camino serpentea por la ladera del cerro y se orilla, antes de perder el asfalto, junto al Hotel de montaña ‘Cerro de HÃjar’. Bajo este remanso de paz se escucha el valle y huele a una mezcla de pan recién horneado, salvia y lavanda, bandos de piquituertos llenan los árboles y un águila real se pasea hacia el norte. Las vistas desde aquà no tienen comparativa posible; es el segundo lugar, esta Sierra de las Nieves, con los panoramas más amplios que puedan darse en la Penibética, justo aquà donde casi se toca el lÃmite oeste del que fue el Reyno de Granada. Al fondo, muy al fondo hacia levante, se distingue la regia silueta tumbada del Mulhacén. El más alto.
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Vista de Istán desde la sierra
De Ojén me dejé caer, según despuntó el dÃa, hacia la costa, donde descubrà una franja marÃtima desvirtuada por hileras de edificios y decenas de centros comerciales que ocultan el corazón de pequeños pueblos, casi perdidos entre cemento y luces de neón multicolor. Pero no era ese mi destino ya que en unos minutos abandoné el lugar para remontar el mapa camino de Istán; habÃa quedado con Fernando, concejal que tuvo a bien acompañarme, junto a Marta y Sandra durante la mañana. Los cuatro nos irÃamos a descubrir la selva esmeralda y el Castaño Santo de Istán. Partimos en un vehÃculo oficial de Protección Civil y tras recorrer un itinerario endiablado que no me atreverÃa ni siquiera a ‘repensar’, encaramos la sierra desde BenahavÃs atravesando las vaguadas hoy transformadas por el fuego y los continuos movimientos de tierra. Si en un principio los palmitos carbonizados, el olor a la flora aromática mediterránea, los enebros solitarios y las manchas dispersas de pinos se reparten las laderas; según vamos ascendiendo va apareciendo la selva mediterránea, ¡Pasen y vean!
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Vista nocturna de Ojén.
TenÃa ganas de conocer Ojén con tranquilidad. HacÃa lustros que no pasaba por allÃ, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchÃsimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.
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Cuando ya creÃa que nunca sucederÃa, el cielo gris preñado de nubes rompió aguas justo cuando coroné el Puerto de la Dehesa, ese que a poniente permite a la vista jugar con la Sierra de las Nieves y a levante divisar la Penibética y el mar. CaÃan las primeras lluvias otoñales, lo que hizo detenerme antes de cruzar el bosque, y asà gozar del sonido del viento y la lluvia mansa que ya limpiaba el ambiente reseco. Nadie alrededor que fuese testigo del momento. Solos la Naturaleza y yo, junto al nombre de una población de embrujo morisco, Castillo de Bonaira, ‘Ksar-al-Bunairyya’, Casarabonela, Bonela a secas como la llaman los de la comarca.
Según descendÃa del alto, las nubes se cerraban y espesas cortinas de agua me impedÃan adivinar el pueblo sobre las laderas pardas de los montes; el camino aparecÃa flanqueado por pinos corpulentos junto a los que habÃa alineadas sillas de colores vacÃas, mojadas por la lluvia, sillas ocupadas en las tardes rasas veraniegas donde, a la sombra del Pino Real, se sientan los viejos paseantes. Una imagen la del otoño lluvioso que vacÃa de gentes el paisaje y potencia la memoria que se imprime a campos, vaguadas y huertas.
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“Antes de echar los cimientos de las murallas, una ciudad habrá de escoger un lugar de aires sanÃsimos. Este lugar habrá de ser alto, de temperatura templada, no expuesto a las brumas ni a las heladas, ni al calor ni al frÃo; estará además alejado de lugares pantanosos para evitar que las exhalaciones de los animales palustres, mezclados con las nieblas que al salir el sol suren de aquellos parajes vicien el aire y difundan sus efluvios nocivos en los cuerpos de los hobitantes y hagan por tanto infesto y pestilente el lugar. No hay duda que es necesario poner la máxima diligencia en la elección de los lugares más sanosâ€
(Vitrubio, ‘Los diez libros de la arquitectura’. Libro I, Cap. IV).
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Me encamino al sur de Ronda, hacia ese valle que mira al mar y que esconde el sabor de lo auténtico, un ejemplo de naturaleza aparentemente virgen pero cuyo paisaje responde a la mano del hombre. Me voy al Valle del Genal, donde los castañares de la comarca se esconden de la vista de los que llevan prisa. El valle está a tiro de piedra de Ronda y cuando empiezo a recorrer sus mil y una curvas, mientras atravieso descarnados lapiaces repletos de arbustos aromáticos, no puedo imaginarme el cambio tan acusado hacia la exuberancia de lo forestal, hacia el bosque encantado de pinares y castaños que ha de venir.
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