Diciembre 6th, 2009ALMENARAS COSTERAS (Parte II)

Si ya eran interesantes las almenaras de la franja litoral occidental, no lo son menos las de la parte oriental de la comarca. Nueve torres más jalonan la costa y se van acercando unas a otras según se van tajando los arroyos y las playas van dejando paso a las pequeñas calas de uno de los parajes naturales más sobresaliente de toda la costa mediterránea peninsular: el malacitano-granadino ‘Paraje Natural de Maro-Cerro Gordo’.

Sigue la costa mansa cuando dejamos atrás las torres hermanas de Algarrobo Costa, aunque poco a poco las desembocaduras de ríos y torrentes van recortando con pequeñas colinas el resto de almenaras. A tres kilómetros y medio de las anteriores nos encontramos con la primera: la Torre de Lagos, de ocho metros de altura y a cuarenta y seis por encima de las olas del mar. Las vistas desde esta atalaya del siglo XVI son amplísimas y posee una posición ventajosa para la defensa del litoral. Tras ella se alzan algunas urbanizaciones que no la respetan como se merece, al igual que los usuarios de su entorno, noctámbulos de fin de semana, que se empeñan en sembrar su derredor de desperdicios varios, siendo ésta como es, una de las dos únicas que conservan motivos decorativos sobre el mortero original.

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Diciembre 4th, 2009TIERRA DE REBELDES

El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.

“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â€

(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).

A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.

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Una de las más destacables riquezas histórico-artísticas de la franja litoral oriental son las torres vigía que se alzan sobre los promontorios y llanuras costeras, excepcionales testigos de los asaltos perpetrados por piratas, berberiscos y corsarios sobre las poblaciones ribereñas de esta costa del Mar de Alborán.

El litoral del antiguo Reyno de Granada se jalonó de almenaras guardadas para prevenir ataques desde el mar; bajo el reinado de Yusuf I se construyeron -o repararon- cuarenta de estas almenaras desde la comarca almeriense de Vera a los confines occidentales del estado nazarí, junto a la desembocadura del río Guadiaro. De más que probable origen fenicio-romano, se utilizaron posteriormente, de finales del siglo XV en adelante, por castellanos y portugueses como defensa costera en la consolidación de la España cristiana.

El sistema de alerta se basaba en prender fuego y otear el horizonte, constantemente. Cada atalaya veía dos más, una a levante y otra a poniente, durante el día se elevaban ahumadas y por la noche luminarias, un sistema de defensa que perduró hasta bien entrado el siglo XIX.

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La Axarquía, desde las faldas de la Sierra de Alhama y Tejeda

'La Axarquía, desde las faldas de la Sierra de Alhama y Tejeda'

Entro en la Axarquía en un día ventoso, sopla tan fuerte que se ha llevado, con las lluvias de la noche anterior, todo lo malo. Por fin ha refrescado, el color de la tierra ha mudado y la atmósfera está limpia permitiendo avistar el horizonte del mar. Tomando imágenes, documentándome y preparando la ruta he llegado hasta la costa donde el sol brilla con timidez invernal, la suficiente para transformar un día cualquiera en una agradable jornada.

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La castaña, protagonista en Yunquera.

La castaña, protagonista en Yunquera.

Quise ver Yunquera desde arriba, y para hacerlo me refugié en Tolox. Camino del pueblo tuve que detenerme para retener su preciosa estampa anclada bajo los contrafuertes calizos. La salida trasera de la población, la que lleva al Balneario, me infundió confianza: paseos de árboles plantados por niños en justo reconocimiento a sus abuelos, placas de ‘voluntarios por la libertad’. El camino serpentea por la ladera del cerro y se orilla, antes de perder el asfalto, junto al Hotel de montaña ‘Cerro de Híjar’. Bajo este remanso de paz se escucha el valle y huele a una mezcla de pan recién horneado, salvia y lavanda, bandos de piquituertos llenan los árboles y un águila real se pasea hacia el norte. Las vistas desde aquí no tienen comparativa posible; es el segundo lugar, esta Sierra de las Nieves, con los panoramas más amplios que puedan darse en la Penibética, justo aquí donde casi se toca el límite oeste del que fue el Reyno de Granada. Al fondo, muy al fondo hacia levante, se distingue la regia silueta tumbada del Mulhacén. El más alto.

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Octubre 28th, 2009ISTÃN | La selva esmeralda

Vista de Istán desde la sierra

Vista de Istán desde la sierra

De Ojén me dejé caer, según despuntó el día, hacia la costa, donde descubrí una franja marítima desvirtuada por hileras de edificios y decenas de centros comerciales que ocultan el corazón de pequeños pueblos, casi perdidos entre cemento y luces de neón multicolor. Pero no era ese mi destino ya que en unos minutos abandoné el lugar para remontar el mapa camino de Istán; había quedado con Fernando, concejal que  tuvo a bien acompañarme, junto a Marta y Sandra durante la mañana. Los cuatro nos iríamos a descubrir la selva esmeralda y el Castaño Santo de Istán. Partimos en un vehículo oficial de Protección Civil y tras recorrer un itinerario endiablado que no me atrevería ni siquiera a ‘repensar’, encaramos la sierra desde Benahavís atravesando las vaguadas hoy transformadas por el fuego y los continuos movimientos de tierra. Si en un principio los palmitos carbonizados, el olor a la flora aromática mediterránea, los enebros solitarios y las manchas dispersas de pinos se reparten las laderas; según vamos ascendiendo va apareciendo la selva mediterránea, ¡Pasen y vean!

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Octubre 27th, 2009VIVIR LA NOCHE DE OJÉN

Vista nocturna de Ojén.

Vista nocturna de Ojén.

Tenía ganas de conocer Ojén con tranquilidad. Hacía lustros que no pasaba por allí, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchísimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.

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Cuando ya creía que nunca sucedería, el cielo gris preñado de nubes rompió aguas justo cuando coroné el Puerto de la Dehesa, ese que a poniente permite a la vista jugar con la Sierra de las Nieves y a levante divisar la Penibética y el mar. Caían las primeras lluvias otoñales, lo que hizo detenerme antes de cruzar el bosque, y así gozar del sonido del viento y la lluvia mansa que ya limpiaba el ambiente reseco. Nadie alrededor que fuese testigo del momento. Solos la Naturaleza y yo, junto al nombre de una población de embrujo morisco, Castillo de Bonaira, ‘Ksar-al-Bunairyya’, Casarabonela, Bonela a secas como la llaman los de la comarca.

Según descendía del alto, las nubes se cerraban y espesas cortinas de agua me impedían adivinar el pueblo sobre las laderas pardas de los montes; el camino aparecía flanqueado por pinos corpulentos junto a los que había alineadas sillas de colores vacías, mojadas por la lluvia, sillas ocupadas en las tardes rasas veraniegas donde, a la sombra del Pino Real, se sientan los viejos paseantes. Una imagen la del otoño lluvioso que vacía de gentes el paisaje y potencia la memoria que se imprime a campos, vaguadas y huertas.

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“Antes de echar los cimientos de las murallas, una ciudad habrá de escoger un lugar de aires sanísimos. Este lugar habrá de ser alto, de temperatura templada, no expuesto a las brumas ni a las heladas, ni al calor ni al frío; estará además alejado de lugares pantanosos para evitar que las exhalaciones de los animales palustres, mezclados con las nieblas que al salir el sol suren de aquellos parajes vicien el aire y difundan sus efluvios nocivos en los cuerpos de los hobitantes y hagan por tanto infesto y pestilente el lugar. No hay duda que es necesario poner la máxima diligencia en la elección de los lugares más sanosâ€

(Vitrubio, ‘Los diez libros de la arquitectura’. Libro I, Cap. IV).

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Me encamino al sur de Ronda, hacia ese valle que mira al mar y que esconde el sabor de lo auténtico, un ejemplo de naturaleza aparentemente virgen pero cuyo paisaje responde a la mano del hombre. Me voy al Valle del Genal, donde los castañares de la comarca se esconden de la vista de los que llevan prisa. El valle está a tiro de piedra de Ronda y cuando empiezo a recorrer sus mil y una curvas, mientras atravieso descarnados lapiaces repletos de arbustos aromáticos, no puedo imaginarme el cambio tan acusado hacia la exuberancia de lo forestal, hacia el bosque encantado de pinares y castaños que ha de venir.

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