
· La ermita de la Virgen de Cruces (El Guijo) ·
¿Qué ocultan Los Pedroches? ¿Qué se esconde bajo el Cortijo de Majadaiglesia? Son las dos preguntas que me hago cuando tras inspeccionar los nidos de cigüeña que se alzan en los eucaliptos junto al Arroyo de Santa MarÃa, me topo con un par de chicas que, enfundadas en sus monos de trabajo, limpian trozos de cerámica de terracota.
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· La Vega del Genil es el propio hombre en sà ·
La Vega es agrÃcola y la mano del hombre, ese que la ara, la trata con mimo y la cuida dÃa a dÃa, la ha conformado como hoy dÃa la conocemos. Las aguas del Genil riegan el inmenso vaso de aluviones y arcillas que se extiende a lo largo de casi 40 kilómetros, desde Maracena a las puertas de Huétor-Tájar; y a lo ancho de los quince que separan a Sierra Elvira de los primeros cerros más allá de Láchar. Ese es el tamaño de la alacena de Granada, una despensa generosa en productos de calidad.
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Bajo una noche estrellada abandono la autovÃa entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las AlmerÃas sorprendentes: la que se extiende a lo largo del rÃo Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allà hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo caracterÃstico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su dÃa poblaron los cerros.
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No recuerdo bien donde estaba, pero al mirar el reloj me percaté que pasaban de las cuatro y media, asà que enfilé para el puerto de Garrucha, donde a las cinco en punto comienza diariamente la subasta en la lonja pesquera. ¡Un inesperado regalo al alcance de la mano!
Una hora antes habÃa observado a las gaviotas y alcatraces que, a no más de una milla de distancia, se arremolinaban en torno a los arrastreros, señal inequÃvoca de haber izado la red poco antes de enfilar a la bocana del puerto. Allà les esperé yo, mientras sentado junto a uno de los barcos contemplaba como con habilidad extrema, un pescador limpiaba una ‘lija’ extrayéndole la piel de un sólo corte. Atracados en el muelle costero descansaban tres barcos palangreros…
“Calamos palangre de fondo, a 200 brazas de profundidad y 800 de tranzaâ€, -me dijo-.
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Cuando dejé atrás las tierras de Guadix, y tras devorar, con temperaturas bajo cero, los Llanos del Zenete, paré en Huéneja, a las puertas de tierras almerienses. El frÃo hizo que me refugiase en un bar de carretera donde una taza humeante de cacao y una madalena ‘de las de antes’ me devolvieron las ganas de continuar camino. Las nubes volaban rasantes y el pronóstico del tiempo era confuso: aseguraban que las lluvias cubrirÃan la región, pero los pájaros se movÃan sin timidez, lo que presagiaba cierta estabilidad en las condiciones meteorológicas.
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Si ya eran interesantes las almenaras de la franja litoral occidental, no lo son menos las de la parte oriental de la comarca. Nueve torres más jalonan la costa y se van acercando unas a otras según se van tajando los arroyos y las playas van dejando paso a las pequeñas calas de uno de los parajes naturales más sobresaliente de toda la costa mediterránea peninsular: el malacitano-granadino ‘Paraje Natural de Maro-Cerro Gordo’.
Sigue la costa mansa cuando dejamos atrás las torres hermanas de Algarrobo Costa, aunque poco a poco las desembocaduras de rÃos y torrentes van recortando con pequeñas colinas el resto de almenaras. A tres kilómetros y medio de las anteriores nos encontramos con la primera: la Torre de Lagos, de ocho metros de altura y a cuarenta y seis por encima de las olas del mar. Las vistas desde esta atalaya del siglo XVI son amplÃsimas y posee una posición ventajosa para la defensa del litoral. Tras ella se alzan algunas urbanizaciones que no la respetan como se merece, al igual que los usuarios de su entorno, noctámbulos de fin de semana, que se empeñan en sembrar su derredor de desperdicios varios, siendo ésta como es, una de las dos únicas que conservan motivos decorativos sobre el mortero original.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la AxarquÃa.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â€
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta AxarquÃa que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judÃos sefardÃes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la AxarquÃa fueron los últimos reductos moriscos de nuestra penÃnsula; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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Las campiñas son destino interesante para el turismo ornitológico.
Pudiera parecer a simple vista que la campiña agrÃcola está desprovista de atractivos naturales, y aunque a simple vista asà lo pareciese, afirmarlo serÃa temeridad. De hecho, un itinerario relajado por el medio rural, a pesar de la intensificación agraria que se ha producido en estos últimos años, nos deparará sorpresas. No es un secreto que soy naturalista y propongo, antes de despedirme de la campiña sur cordobesa, una ruta para descubrir algunos secretos naturales que se desvelan a quien se acerque al campo de manera diferente. Me dispongo por tanto a cruzar la comarca entera, viajando desde los campos de Montemayor a los de Moriles, pasando por La Rambla, Montalbán y Aguilar de la Frontera.
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En la distancia se atisba Montemayor, medio oculto por los cerros que se descuelgan desde Espejo. Destaca en la bruma otoñal la torre de su castillo que hoy pertenece a la nobleza, a los Duques de FrÃas, quien lo mantienen cerrado a cal y canto; por mucho que nos acerquemos a admirarlo no lograremos traspasar sus recios muros. Es algo curioso que uno de los pocos castillos perfectamente conservados de Córdoba no pueda visitarse, y debiera pensarse que independientemente de a quien pertenezca, es el sÃmbolo de identidad de todos sus habitantes y asà debieran entenderlo sus dueños. ¿Qué tal un convenio con Patrimonio?
Según voy conociendo a gente en Montemayor me voy sorprendiendo cada vez más. Me alojo en uno de los lugares más bellos que debe haber en los alrededores: la casa ‘Visita la del Rincón’. ¡El nombre se las trae! Y a pesar de que se me juzgue de ‘preguntón’ intento averiguar el origen del mismo. La casa está esquinada al fondo de un corto callejón que se abre sobre la plaza, donde en la segunda mitad del siglo XX solÃan pasear del brazo las mozas casaderas mientras los zagales las admiraban desde ‘la barrera’. Las chicas no iban a la plaza solas y sus solÃcitas madres las llevaban allà permaneciendo ‘ojo avizor’, ¿Dónde? Pues precisamente junto a la casa del rincón, cuya dueña se llamaba Visitación, y a fuerza de repetir la frase: “Te espero en la casa de Visita, la del rincónâ€, acabó nominándose de tal manera.
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El Guadalquivir a su paso por Villa del rÃo
A oriente la comarca recibe al Guadalquivir por la Villa del rÃo, población recostada a las orillas del rÃo Grande, vertebrada por la autovÃa que va a Bailén y Madrid, y con vocación olivarera cuando enfila al sur. Dos cosas destacan en la población: el castillo y las aceñas árabes, o al menos los restos de ellas que a duras penas se mantienen.
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