Diciembre 28th, 2009¡POR LOS CONFINES DE ANDALUCÍA!

Si la belleza de la costa protegida del Cabo de Gata-Níjar es indudable, y gracias a sus valores ambientales excepcionales, llega al corazón de quien se adentra por sus sendas y playazos, el resto de la costa levantina almeriense no le va a la zaga y aunque más humanizada, esta plagada de rincones y tesoros aún por descubrir.

Hace unas semanas, me encontré virtualmente en  estas latitudes con mi compañero Pedro, que maestro de la imagen, supo retratar los mejores paisajes de la recortada costa volcánica del Parque, por lo que complementariamente, me dedico a buscar los rincones más bellos que el litoral almeriense aún esconde, aprovechando para observar la rica flora costera y sus aves, comprobando que en la pequeñez de esos rincones radica la grandeza de esta comarca.

No se puede uno acercar a la costa levantina de Almería sin rendirle homenaje a la linterna del faro del Cabo de Gata, más aún, detenerse en las salinas de la Almadraba a otear algunas de las más valiosas aves que aquí se citan: gaviota picofina, tarro blanco, archibebe fino o los bandos de avocetas y flamencos en vuelo rasante sobre el agua. Camino del Cabo merece la pena orillarse buscando alguno de esos búnkers que, semiocultos sobre el agua, permiten otear la superficie dorada del mar.

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Diciembre 11th, 2009SULAYR, ‘LA MONTAÑA DEL SOL’

Los romanos la llamaron ‘Mons Solarium’, los árabes ‘Xolayr’, nosotros ‘Sierra Nevada’. Cuando el viajero llega desde la Vega, la sierra enmarca a la ciudad de la Alhambra. ¡Y eso que desde el Albaicín sólo se vislumbra una parte! Una parte de la más especial de las cordilleras montañosas del Mediterráneo.

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Yo me crié aquí, bajo el reflejo de sus nieves perpetuas; mis padres me ayudaron a hollar los caminos y las sendas perdidas de sus barrancos, collados y cimas, triscando sendas aprendí el nombre de sus cumbres, por los arenales y robledales nevadenses me topé con mis primeras aves. Desde lo más alto vi, por primera vez en mi vida, más allá del mar, la lejana África.

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Diciembre 4th, 2009TIERRA DE REBELDES

El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.

“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.”

(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).

A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.

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Noviembre 17th, 2009EN BUSCA DEL OTOÑO

Hojas en otoño de la Rosa de Alfacar 'Rosa spinosissima'.

Este año el otoño remolonea, o más bien quien lo hace es el invierno. Los campos y sus árboles se resisten al cambio astronómico de estación que ya superamos hace casi dos meses. Las temperaturas medias que tenemos son inusualmente elevadas, la savia sigue corriendo por las ramas y tallos, y si abandonamos las montañas, el otoño se desvanece al ritmo de insectos estivales que se resisten a dejar de volar, ellos no entienden de fechas.

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Olivares cabalgando entre Córdoba y Jaén.

Si algo no le falta a Andalucía son olivos, los hay de todas las edades, para verdeo o almazara, arbequinos y hojiblancos, gordales y picual, hay tantas variedades como deseo de transformar la aceituna en oro líquido. Pensando en ello me sorprende que sepamos más de nuestros olivos por su aceite en la cocina que por su bella estampa en nuestros campos y cerros. El paisaje del olivar maduro, de árboles con cortezas arrugadas, está lejos de la monotonía; los paisajes del olivo son monumentos naturales vivos y bien se merecen una ruta propia.

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La castaña, protagonista en Yunquera.

La castaña, protagonista en Yunquera.

Quise ver Yunquera desde arriba, y para hacerlo me refugié en Tolox. Camino del pueblo tuve que detenerme para retener su preciosa estampa anclada bajo los contrafuertes calizos. La salida trasera de la población, la que lleva al Balneario, me infundió confianza: paseos de árboles plantados por niños en justo reconocimiento a sus abuelos, placas de ‘voluntarios por la libertad’. El camino serpentea por la ladera del cerro y se orilla, antes de perder el asfalto, junto al Hotel de montaña ‘Cerro de Híjar’. Bajo este remanso de paz se escucha el valle y huele a una mezcla de pan recién horneado, salvia y lavanda, bandos de piquituertos llenan los árboles y un águila real se pasea hacia el norte. Las vistas desde aquí no tienen comparativa posible; es el segundo lugar, esta Sierra de las Nieves, con los panoramas más amplios que puedan darse en la Penibética, justo aquí donde casi se toca el límite oeste del que fue el Reyno de Granada. Al fondo, muy al fondo hacia levante, se distingue la regia silueta tumbada del Mulhacén. El más alto.

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Octubre 28th, 2009ISTÁN | La selva esmeralda

Vista de Istán desde la sierra

Vista de Istán desde la sierra

De Ojén me dejé caer, según despuntó el día, hacia la costa, donde descubrí una franja marítima desvirtuada por hileras de edificios y decenas de centros comerciales que ocultan el corazón de pequeños pueblos, casi perdidos entre cemento y luces de neón multicolor. Pero no era ese mi destino ya que en unos minutos abandoné el lugar para remontar el mapa camino de Istán; había quedado con Fernando, concejal que  tuvo a bien acompañarme, junto a Marta y Sandra durante la mañana. Los cuatro nos iríamos a descubrir la selva esmeralda y el Castaño Santo de Istán. Partimos en un vehículo oficial de Protección Civil y tras recorrer un itinerario endiablado que no me atrevería ni siquiera a ‘repensar’, encaramos la sierra desde Benahavís atravesando las vaguadas hoy transformadas por el fuego y los continuos movimientos de tierra. Si en un principio los palmitos carbonizados, el olor a la flora aromática mediterránea, los enebros solitarios y las manchas dispersas de pinos se reparten las laderas; según vamos ascendiendo va apareciendo la selva mediterránea, ¡Pasen y vean!

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Octubre 20th, 2009LA ALGABA | El mundo perdido

Amanece en la Serranía.

Amanece en la Serranía.

Cuando se busca el horizonte de Ronda, los peñascos y la roca caliza dominan la lejanía y enmarcan el paisaje con una grandeza inesperada. Entre los riscos y los tejados de la ciudad se extiende un verde continuo, profundo y oscuro, que forman las copas de quejigos, encinas y alcornoques, es la dehesa cerrada y el monte mediterráneo que circunvalan la ciudad y la introducen en la Serranía.

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Uno de los nombres que resuenan en la mente de todo viajero que decide venir al sur de España es Ronda. No sólo es imaginación en la mente de quien atraviesa un mar para llegar hasta aquí, no es sólo un sueño ansiado al observar una imagen del profundo tajo bajo la cálida luz vespertina, es una realidad que muchos experimentan cada fin de semana. De Ronda se ha escrito tanto como los centímetros que mide el Puente Nuevo que cruza el tajo y aún así, uno no se cansa nunca de saber de ella, de conocer esta hermosa ciudad enclavada entre dos catedrales milenarias. Porque Ronda tiene dos catedrales pero casi nadie se percata de su existencia.

Una de ellas es mundialmente conocida: su tajo de 98 metros de altura podría contener la torre catedralicia más famosa de España: la Giralda. Es una altura que incluso rivaliza con otras, se me ocurre ahora mismo la de Estrasburgo que roza con su espadaña los 142 metros de altura. La Giralda de Sevilla se representa en los libros de naturaleza por algunos de sus habitantes más valiosos, los cernícalos primilla de su torre; Estrasburgo ha hecho de las cigüeñas de su catedral un símbolo internacional y los niños que la visitan se llevan una cigüeña de peluche, un paraguas de pico rojo y silueta alada. Han dignificado a sus aves por ser únicas.

¿Y Ronda? ¿Podría hacerlo también? ¡Desde luego! Lo extraño al caer la tarde, paseando por Ronda, es no contemplar sobre el tajo, o bajo el puente, o en los tejados cercanos el vuelo acrobático de un ave negra con un pico curvado y patas de color rojo intenso, las chovas piquirrojas, conocidas en la ciudad como ‘grajas’. Quien no las ve las escucha, pues su graznido es característico y resuena en los verticales escarpes de arenisca y conglomerado.

El tajo de Ronda es uno de los destinos más apreciados por los aficionados del turismo ornitológico. Es raro no pasear al borde del escarpe y no encontrarse a alguien que, prismáticos en ristre, observa algunas de las especies emblemáticas que aquí se dan cita. Se citan en primavera cuando los vencejos reales, tras superar el brazo de mar del Estrecho,  llenan con sus alas afiladas y vientre blanco el espacio aéreo rondeño; se citan en las frías noches de invierno cuando paseando cerca del Palacio de Mondragón se oye el reclamo insistente del búho real atravesando la noche; se citan cuando el sol se esconde y durante todo el año, las acrobáticas ‘grajas’ que ascienden en vuelo directo para dejarse caer y hundirse vertiginosas en lo más profundo del cañón abierto por el Guadalevín. Y eso maravilla, no sólo a los turistas de naturaleza sino a todo visitante que se asoma al cortado. Es imposible no verlo y la gente pregunta por esas aves.

Uno de mis rincones favoritos en Ronda, aparte de Santa María la Mayor, el puente viejo y los rincones que rodean al alminar de San Sebastián, es el hotel Reina Victoria, concretamente sus jardines, los que cuelgan sobre el tajo de Ronda. Aquí me encuentro escribiendo esta crónica desde una de las mesas que se asoman a una inigualable puesta de sol otoñal. A pocos metros de aquí debió desgranar el poeta Rainier Marie Rilke muchos de sus versos, lo cual no es extraño a juzgar por el entorno, jardines de estilo británico, terrazas armoniosas y una tranquilidad reinante que alimenta de serenidad al alma.

Me levanto de la silla acercándome al cortado. Frente a mí se alzan las sierras de Líbar y  Grazalema, destacando el Peñón Grande, rotos sus detalles contra el fondo ardiente del sol. Acabo de pasar junto a mí uno de los halcones peregrinos que viven en el tajo, ha caído como una flecha y se ha elevado un minuto después rompiendo el cielo con sus alas puntiagudas. Y es precisamente ahora, cuando el sol comienza a huir del espacio visible rondeño, cuando su segunda catedral comienza a tomar forma de silueta. Una catedral natural de montañas rodea esta preciosa e irrepetible ciudad malagueña; se mire por donde se mire lo sublime gana y uno se percata de que al igual que una catedral lo es, la naturaleza tiene también algo de sagrada. No se puede cuantificar, pero la satisfacción de estar en Ronda, la felicidad de sentir el aire fresco en la cara, la serenidad de las flores y su aroma mientras se pasea, son los valores que enmarcan una visita a Ronda. Y desde luego le harían un gran favor si, al igual que con otras aves hicieron otras ciudades europeas emblemáticas, Ronda elevase a sus chovas piquirrojas a la condición de símbolo. Sería su más efectivo y económico embajador, lo mismo que ya lo es una imagen de su tajo.

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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