Uno de los nombres que resuenan en la mente de todo viajero que decide venir al sur de España es Ronda. No sólo es imaginación en la mente de quien atraviesa un mar para llegar hasta aquí, no es sólo un sueño ansiado al observar una imagen del profundo tajo bajo la cálida luz vespertina, es una realidad que muchos experimentan cada fin de semana. De Ronda se ha escrito tanto como los centímetros que mide el Puente Nuevo que cruza el tajo y aún así, uno no se cansa nunca de saber de ella, de conocer esta hermosa ciudad enclavada entre dos catedrales milenarias. Porque Ronda tiene dos catedrales pero casi nadie se percata de su existencia.

Una de ellas es mundialmente conocida: su tajo de 98 metros de altura podría contener la torre catedralicia más famosa de España: la Giralda. Es una altura que incluso rivaliza con otras, se me ocurre ahora mismo la de Estrasburgo que roza con su espadaña los 142 metros de altura. La Giralda de Sevilla se representa en los libros de naturaleza por algunos de sus habitantes más valiosos, los cernícalos primilla de su torre; Estrasburgo ha hecho de las cigüeñas de su catedral un símbolo internacional y los niños que la visitan se llevan una cigüeña de peluche, un paraguas de pico rojo y silueta alada. Han dignificado a sus aves por ser únicas.

¿Y Ronda? ¿Podría hacerlo también? ¡Desde luego! Lo extraño al caer la tarde, paseando por Ronda, es no contemplar sobre el tajo, o bajo el puente, o en los tejados cercanos el vuelo acrobático de un ave negra con un pico curvado y patas de color rojo intenso, las chovas piquirrojas, conocidas en la ciudad como ‘grajas’. Quien no las ve las escucha, pues su graznido es característico y resuena en los verticales escarpes de arenisca y conglomerado.

El tajo de Ronda es uno de los destinos más apreciados por los aficionados del turismo ornitológico. Es raro no pasear al borde del escarpe y no encontrarse a alguien que, prismáticos en ristre, observa algunas de las especies emblemáticas que aquí se dan cita. Se citan en primavera cuando los vencejos reales, tras superar el brazo de mar del Estrecho,  llenan con sus alas afiladas y vientre blanco el espacio aéreo rondeño; se citan en las frías noches de invierno cuando paseando cerca del Palacio de Mondragón se oye el reclamo insistente del búho real atravesando la noche; se citan cuando el sol se esconde y durante todo el año, las acrobáticas ‘grajas’ que ascienden en vuelo directo para dejarse caer y hundirse vertiginosas en lo más profundo del cañón abierto por el Guadalevín. Y eso maravilla, no sólo a los turistas de naturaleza sino a todo visitante que se asoma al cortado. Es imposible no verlo y la gente pregunta por esas aves.

Uno de mis rincones favoritos en Ronda, aparte de Santa María la Mayor, el puente viejo y los rincones que rodean al alminar de San Sebastián, es el hotel Reina Victoria, concretamente sus jardines, los que cuelgan sobre el tajo de Ronda. Aquí me encuentro escribiendo esta crónica desde una de las mesas que se asoman a una inigualable puesta de sol otoñal. A pocos metros de aquí debió desgranar el poeta Rainier Marie Rilke muchos de sus versos, lo cual no es extraño a juzgar por el entorno, jardines de estilo británico, terrazas armoniosas y una tranquilidad reinante que alimenta de serenidad al alma.

Me levanto de la silla acercándome al cortado. Frente a mí se alzan las sierras de Líbar y  Grazalema, destacando el Peñón Grande, rotos sus detalles contra el fondo ardiente del sol. Acabo de pasar junto a mí uno de los halcones peregrinos que viven en el tajo, ha caído como una flecha y se ha elevado un minuto después rompiendo el cielo con sus alas puntiagudas. Y es precisamente ahora, cuando el sol comienza a huir del espacio visible rondeño, cuando su segunda catedral comienza a tomar forma de silueta. Una catedral natural de montañas rodea esta preciosa e irrepetible ciudad malagueña; se mire por donde se mire lo sublime gana y uno se percata de que al igual que una catedral lo es, la naturaleza tiene también algo de sagrada. No se puede cuantificar, pero la satisfacción de estar en Ronda, la felicidad de sentir el aire fresco en la cara, la serenidad de las flores y su aroma mientras se pasea, son los valores que enmarcan una visita a Ronda. Y desde luego le harían un gran favor si, al igual que con otras aves hicieron otras ciudades europeas emblemáticas, Ronda elevase a sus chovas piquirrojas a la condición de símbolo. Sería su más efectivo y económico embajador, lo mismo que ya lo es una imagen de su tajo.

Jorge Garzón / Miradas ©2009

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Cueva de las GrajasLa sierra de Archidona es un resalte margocalizo destacable a pesar de tener una altitud no muy elevada. Es un guardián natural de su vega y vigila hacia oriente toda la penillanura que se fuga hacia Granada, la que lleva hasta Salinas. Se trata, por derecho propio, de un mirador excepcional que permite gozar de puestas de sol inigualables y desde donde se divisan las provincias de Granada, Córdoba, Sevilla, Cádiz y la propia Málaga.

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Octubre 1st, 2009DONDE ANDALUCÍA SE ARRUGA

Dejé atrás Fuentedepiedra, y como viajero ávido de paisajes que soy, atravieso olivares alineados camino de otra población malagueña: Campillos. Para algunos de los que en el pasado no se aplicaron -académicamente hablando-, el nombre de Campillos resuena con fuerza por la metodología severa de sus enseñantes; para quien nunca conoció sus aulas, Campillos es la antesala de la Andalucía que muda su mar de olivos en acantilados de roca caliza. Al sur de Campillos las olas del olivar se detienen en la costa rocosa de su comarca: la de Guadalteba.

Campillos mira a Sevilla y el barroquismo de la Iglesia de Nuestra Señora del Reposo así lo atestigua. A las puertas de su casco urbano se encuentra una curiosa laguna: ‘Dulce’ es su nombre y aunque extrañamente seca durante la mayor parte del año, se ha convertido ¡por las paradojas del destino! en uno de los mejores lugares del norte de la comarca para observar aves esteparias. En los meses invernales se reúnen en el -por veces- encharcado vaso, docenas de sisones europeos (a veces cientos), pariente cercano de las extraordinarias avutardas que sobreviven algo más al noroeste.  Aquí tienen uno de sus lugares favoritos de invernada ya que gozan de tranquilidad y comida abundante en los campos cercanos; no siendo difícil gozar de este espectáculo, con tan sólo añadir una visita a esta laguna señera como continuación a la de Fuentedepiedra.

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Septiembre 30th, 2009LA FUENTE DE PIEDRA Y SU LAGUNA

Después de una noche fresca abandono con algo de pena mi alojamiento en el camino de Málaga, a los pies del Torcal. El camping del Complejo rural donde me han acogido dispone de una ubicación idónea para esquivar los fuertes calores veraniegos. Pero el estío ha pasado ya y el otoño se va instalando en los colores intensos del cielo, en la luz que mengua por días y en las hojas amarillentas que presentan los arbolillos cercanos.

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Septiembre 25th, 2009EL TORCAL | Un caos de piedra

Tormenta en el Torcal de Antequera

Tormenta en el Torcal de Antequera

Cerrando el horizonte sur de Antequera se halla la fortaleza pétrea del Torcal, un sueño detenido en la altura, una suerte de imaginación difusa tallada al azar por la mano poderosa de la naturaleza.

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Septiembre 21st, 2009TIERRA DE LEYENDAS (y sal)

Tras un inolvidable amanecer junto a la alcazaba de Baños de la Encina prosigo viaje hacia el llano. Bordeando los resaltes graníticos de Sierra Morena pongo rumbo hacia poniente, sobrepasando Bailén e internándome en la comarca olivarera por excelencia, la que se extiende al noroeste de Jaén, la que estuvo bien vigilada en tiempo de escaramuzas fronterizas por los monjes guerreros de la Orden de Calatrava.

La Orden de Calatrava, floreciente en la Mancha Baja al norte de Despeñaperros, tuvo en Jaén faena que hacer. Por estos campos que hoy recorro plenos de olivos, los calatraveños hedederos de la Orden del Temple, trazaron las sendas con sus caballos. La nada abrupta parte sur de la campiña es un sinfín de historias e historia de la no se palpa, de la que no se imprime en folletos turísticos. Quedan trazos y pistas que hay que seguir. Miro alrededor y ya no se ven las encinas de antaño, tan sólo olivos. Estoy en el corazón del antiguo Priorato de la Orden de Calatrava, fundado en 1427 por Frey Guido, abad de Miramundo. Los secretos mejor guardados del priorato, sus posesiones y andanzas guerreras se dispersan, aunque bien custodiados, en los legajos que encierra el Archivo Histórico Nacional. Príncipes eclesiásticos que, temidos no sólo por los musulmanes si no también por los propios reyes cristianos, cesaron su acúmulo de poder cuando Isabel de Castilla los incorporó a la Corona.

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Conociendo la fama que precede a nombres como Doñana y otras zonas húmedas ligadas al Guadalquivir no esperaba encontrarme gran diversidad ornítica cuando me propuse intentar encontrar una ruta de observación de aves en las cercanías del pueblo, de tal manera que quien ya hubiese visitado los museos, relajádose con las aguas milagrosas del Balneario o incluso, degustado una ‘bomba de atún’ sentado en la Plaza del Amparo, pudiera disfrutar de un buen paseo junto al río.

Inicié el camino junto al puente renacentista de Marmolejo frente al balneario. La carreterilla, aguas arriba, bordea la modesta presa del embalse. La vegetación que cae desde el talud terroso oculta algunos regatos que acentúan el frescor en época estival. Lee el resto de esta entrada »

Septiembre 15th, 2009LA BOLERA Y EL GUADALENTÍN

La sierra de Cazorla no es sólo sierra jienense, también tiene vocación granadina. Así le pasa en el macizo segureño del Empanadas, que con sus 2.106 metros, es la ‘raya’ natural entre las provincias de Granada y Jaén. Pero la sierra de Cazorla muda a nombre corto y profundo: Sierra del Pozo, allí donde mira al Guadalentín, sobre Pozo Alcón. Preside el cresterío el Pico Cabañas, que con sus 2.026 metros es la máxima altura de las sierras cazorleña y poceña.

Me dirijo, pronto en la mañana hacia el embalse de la Bolera tras haber descansado plácidamente en un moderno y cómodo hotelito, Los Nogales, donde el sueño es reparador y se escuchan las estrellas colgadas en lo alto de la noche. ¡Una delicia de entorno y una delicia de gente, tanto Manolo Noguera -uno de los dueños- como cada una de las responsables del establecimiento! Que a bien tuvieron informarme de los secretos por allí guardados.

Todo el paisaje que circunda la Bolera es grandioso. Esta poco hollada parte de la comarca linda con el muncipio granadino de Campocámara, a tiro de piedra de Castril. Cubierta de espesos bosques, interrumpidos sólo por los barrancos y cerradas que han esculpido los ríos durante miles de años. El embalse, construido sobre un permeable macizo cárstico no puede mantener su cota máxima puesto que el líquido se filtra a través del fondo calizo. Construido en el año 1968, agudizó la desaparición del río Guadalentín aguas abajo de la presa, que resurge en la Cerrada del Tío Pío unos dos kilómetros barranco abajo.

La mejor manera de admirar el Guadalentín es recorrer su barranco y quedarse extasiado con el vuelo de las aves que frecuentan este imponente corredor. A ello me dediqué y busqué la senda que junto al camping de la Bolera me llevaría por un pequeño carril, en principio asfaltado, hasta el Observatorio Ornitológico del mirador. Un itinerario fácil que entre pinos, encinas y matorral mediterráneo pierde su asfalto junto al Canal de Iturralde, ya en desuso, que conducía el agua desde los antiguos azudes a las huertas del llano. El mirador y el observatorio ornitológico se abren al tajo y permiten visualizar las acrobacias de las chovas piquirrojas, escuchar el canto prodigioso de los roqueros solitarios o sorprender al veloz halcón peregrino. El cortado calizo de un color anaranjado vivo, roto por las deyecciones blancas de los buitres leonados, se alza imponente al otro lado del barranco, permitiendo -mejor durante la tarde- una cómoda observación ornitológica.

Pero no menos imponente es la senda que, desde el Canal de Iturralde, parte hacia levante y nos acerca al mirador de la Cerrada de la Alcantarilla. Un kilómetro y medio de fácil sendero me condujo a un promontorio que se abre, protegido con vallas de madera, sobre el abismo de un monumento natural único: la Cerrada de la Alcantarilla, incomparable cañón calizo y profundo que oculta aguas cristalinas y se abre al barranco principal a través de una estrechísima canal.

Aguas arriba del Guadalentín se esconden otros milagros de la naturaleza: Guazalamanco es uno de ellos. Injustamente olvidado, traduce la belleza total de la montaña mediterránea en su itinerario jalonado de espesuras, cascadas, paredes, flora y mariposas únicas, un reino merecido para el águila real, la culebrera y otras rapaces. Un deleite para el naturalista, un descubrimiento para quien viaje sin límites en los mapas y posiblemente, junto a parajes áridos cercanos, uno de los lugares más hermosos de nuestra naturaleza ibérica.

He de continuar viaje saliendo de la comarca. Me voy con un sabor agridulce por los lugares que no podré visitar, pero sí puede hacerlo quien lea estas crónicas viajeras. Me voy sin poder echarle un vistazo a las acequias de Cuenca, sin poder visitar las cuevas de Hinojares, sin pasarme por Belerda, por los puentes de la Risa y del Royo sobre el río Grande original: el Guadiana Menor, que entre bosques de tarajes, ya con aspecto africano, riega los oasis de las vegas fluviales cerca de Huesa.

Me detengo camino de Jódar y echo la vista atrás. Salgo de la Comarca de la Sierra de Cazorla, perdidos aquí los bosques, con ganas de volver de nuevo en muy breve espacio de tiempo.

Jorge Garzón ©2009


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