El balneario de Garallena o de Alhama, antiguos nombres del hoy Balneario de Graena, conoció su esplendor desde épocas remotas. Las virtudes de su aguas se conocían en el Reyno de Granada y sus instalaciones se utilizaron profusamente por habitantes locales y forasteros.
Accedo al pequeño núcleo de Baños de Graena desde Purullena, donde aún se mantienen los puestos de cerámica popular, que resisten con la cabeza alta el embite de la falta del tránsito rodado que desde hace años circula por la autovía; afortunadamente sus jarras y platos multicolores siguen colgados de puestos y tenderetes, complementando así los severos tonos rojizos del entorno.
Me encuentro a unos 50 kilómetros de Granada y cruzo el pueblo, ahora silencioso, que forma parte del municipio de Cortes y Graena. Formado por cuatro anejos, Baños de Graena ostenta el liderazgo en popularidad gracias a las propiedades de sus aguas medicinales. Esto viene de lejos, puesto que a partir del siglo XV se prescribieron sus baños por parte del Hospital Real de Guadix, y en la Exposición Internacional de París de 1900, al igual que pasó con su primo hermano gienense de Marmolejo, se le otorgó el reconocimiento como lugar de tratamiento médico.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.”
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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La Campiña oriental cordobesa tiene un pasillo de vida que la recorre, es el río Guadajoz. Tradicionalmente este cauce de menguadas riberas sirvió para delimitar las fronteras de los cultivos y la tierra. Hacia Jaén se extendía la campiña cerealista y hacia Córdoba la olivarera. Esos límites, hoy desdibujados, se redefinen en la actualidad a golpe de política agraria y rendimiento neto por hectárea. El río Guadajoz, de 215 km de longitud, nace en la sierra de Priego y desemboca en el Guadalquivir junto a la ciudad de Córdoba. Es un río que hasta finales del siglo XX no estuvo regulado y que en parte de sus tramos conserva algunos de los sotos ribereños de tarajes más frondosos del sur peninsular.
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Baena es la gran capital de la comarca, la que guarda los caminos que se dirigen al llano; tiene sabor andaluz clasicista, algo que propicia el paisaje abierto y la existencia de grandes fincas cerealistas y olivareras. Es Baena una frontera entre el carácter nazarita de la Subbética, con Zuheros como guardián avanzado y Luque y Priego con sus pequeñas huertas, acequias y hazas serranas; y esa Andalucía llana, la comarca del Guadajoz y la Campiña Este , abriéndose ya al Guadalquivir.
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Aceites Vizcántar y Fermín Rodríguez me invitaron a una cata de aceite que consiguió abrirme los ojos en algo tan fundamental para la cultura mediterránea como es el aceite de oliva. La cata, al igual que la fama del oro líquido, fue internacional, ya que un grupo de chicos franceses aprendían los secretos del zumo de aceituna, unos haciendo muecas, otros mostrando fascinación ante tamaña rareza. Ninguno de ellos quedó defraudado.
Frente a nosotros tres vasos de cata teñidos de añil; el color del vaso impide apreciar el tono del aceite, lo que al parecer es necesario para no inducir al catador a un estado de opinión debido al color del caldo. No todos están de acuerdo, y los menos prefieren cristal transparente para apreciar el regalo que es un verde virgen extra. No se puede catar sin ejercitar la memoria y el aceite dota de aromas el recuerdo. Es preceptivo calentar la copa con las manos mientras se masajea de lado a lado, la templanza del vidrio a 28º C libera olores que nos permiten juzgar la calidad. Aspirar profundamente y cerrar los ojos ayudan a apreciar el fondo afrutado, la intensidad de su fondo, o la oxidación inevitable que llega con el tiempo. La arbequina deja frutos secos en la nariz, el picudo deposita un fondo de manzana, y éstas son sólo dos de las muchas variaciones posibles.
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Hojas en otoño de la Rosa de Alfacar 'Rosa spinosissima'.
Este año el otoño remolonea, o más bien quien lo hace es el invierno. Los campos y sus árboles se resisten al cambio astronómico de estación que ya superamos hace casi dos meses. Las temperaturas medias que tenemos son inusualmente elevadas, la savia sigue corriendo por las ramas y tallos, y si abandonamos las montañas, el otoño se desvanece al ritmo de insectos estivales que se resisten a dejar de volar, ellos no entienden de fechas.
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Calle del Barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
Llego a Priego de Córdoba con la intención de no empaparme de Barroco, algo especialmente difícil en un lugar que tiene iglesias para prestarle a tres o más ciudades, el siglo dieciochesco fue pródigo con el pueblo sobre todo por el desarrollo de su industria textil. Así que permaneceré alejado de San Francisco y la capilla del Sagrario en la Asunción, ’so pena’ de acabar extasiado frente a los alardes ornamentales de tal estilo artístico.
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En la distancia se atisba Montemayor, medio oculto por los cerros que se descuelgan desde Espejo. Destaca en la bruma otoñal la torre de su castillo que hoy pertenece a la nobleza, a los Duques de Frías, quien lo mantienen cerrado a cal y canto; por mucho que nos acerquemos a admirarlo no lograremos traspasar sus recios muros. Es algo curioso que uno de los pocos castillos perfectamente conservados de Córdoba no pueda visitarse, y debiera pensarse que independientemente de a quien pertenezca, es el símbolo de identidad de todos sus habitantes y así debieran entenderlo sus dueños. ¿Qué tal un convenio con Patrimonio?
Según voy conociendo a gente en Montemayor me voy sorprendiendo cada vez más. Me alojo en uno de los lugares más bellos que debe haber en los alrededores: la casa ‘Visita la del Rincón’. ¡El nombre se las trae! Y a pesar de que se me juzgue de ‘preguntón’ intento averiguar el origen del mismo. La casa está esquinada al fondo de un corto callejón que se abre sobre la plaza, donde en la segunda mitad del siglo XX solían pasear del brazo las mozas casaderas mientras los zagales las admiraban desde ‘la barrera’. Las chicas no iban a la plaza solas y sus solícitas madres las llevaban allí permaneciendo ‘ojo avizor’, ¿Dónde? Pues precisamente junto a la casa del rincón, cuya dueña se llamaba Visitación, y a fuerza de repetir la frase: “Te espero en la casa de Visita, la del rincón”, acabó nominándose de tal manera.
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“La gran cisterna de Monturque fue descubierta casualmente en 1885, cuando con motivo de una epidemia de cólera las autoridades locales se vieron en la obligación de ampliar el antiguo y pequeño cementerio que existía junto a la Iglesia de San Mateo. Como consecuencia de las obras de ampliación y las remociones del terreno salieron a la luz estos vestigios romanos, que se hallaban completamente colmatados de tierra. En aquellos momentos se procedió, de manera totalmente desordenada y sin metodología científica, a su limpieza y vaciado, encontrándose en su interior hachas neolíticas, ánforas y cerámica romana, así como una estatua de mármol, materiales cuyo paradero se desconoce en la actualidad.
Desde entonces se vertieron diversas hipótesis sobre su naturaleza y significado por parte de los eruditos locales y los primeros investigadores, Así, se decía que podían ser unas termas, un cuartel legionario, catacumbas, silos, o unas dependencias del castillo medieval, muy cercano al recinto, hasta ser identificadas definitivamente como cisternas romanas.” (El hallazgo)
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El Guadalquivir a su paso por Villa del río
A oriente la comarca recibe al Guadalquivir por la Villa del río, población recostada a las orillas del río Grande, vertebrada por la autovía que va a Bailén y Madrid, y con vocación olivarera cuando enfila al sur. Dos cosas destacan en la población: el castillo y las aceñas árabes, o al menos los restos de ellas que a duras penas se mantienen.
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