
Día a día voy trayendo a estas páginas las crónicas del territorio, su historia, historias, paisajes, gentes y todo lo que intuyo que nuestra tierra tiene que ofrecernos. El trabajo de comunicar e intentar transmitir es intenso así que me ayudo de la tecnología para aparecer por vuestras pantallas y así ‘traducirme’ en palabras e imágenes. La semana que viene visitaré las comarcas de la Serranía de Ronda y la Sierra de las Nieves, mientras tanto vuelvo a Granada y estaré unos días alejado mientras recupero fuerzas para volver con ganas, como siempre…
Quizás os hayáis preguntado que hay en mi habitación, donde duermo o que herramientas utilizo. Así que me he puesto manos a la obra y antes de partir de Archidona he intentado resumir, en tres minutos de imagen y palabra, cómo hago las crónicas.
Nos encontramos por los caminos serranos a partir de la semana próxima. ¡Gracias por estar ahí!
Jorge
Jorge Garzón / Miradas @2009
La zona más septentrional de la comarca nororiental de Málaga destaca por sus Cuevas, concretamente dos poblaciones: Cuevas Bajas y Cuevas de San Marcos, ésta última también conocida en la antigüedad por el nombre de su yacimiento arqueológico más cercano: Medina Belda.
El límite provincial de la comarca lo pone un accidente geográfico bien definido: el río Genil. El afluente más largo de España ennoblece el paisaje aguas abajo del embalse de Iznájar, regalándole a los montes arcillosos la frescura de su ribera, la abundancia de agua y sotos de vegetación espesa poblados por álamos blancos, mimbreras, alisos y fresnos corpulentos. El Genil le aporta al paisaje una pincelada de frescor y una paleta de verdes cambiantes, en contraste con el inmutable tono oliva de los cerros circundantes, tanto en esta provincia Málaga, como en la que se asoma a pocos metros de mí, Córdoba.
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Coín es conocida como ‘la villa de las tres mil huertas’ y aunque algunas menos serán hoy día, atestigua con ello la excepcional importancia que el agua tuvo -y aún tiene- en el desarrollo de la población. Ya sabemos que el maridaje con lo natural y el agua fue típicamente árabe y morisco y con el manejo de canales, acequias e ingenios diversos consiguieron, no sólo domesticar su flujo, sino también diseñar un aprovechamiento ventajoso ante la escasez y la adversidad. Fueron arquitectos del agua y de la vegetación asociada a ella.
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“Ni la guerra ni la paz son absolutas”. Esta lapidaria frase parece hecha a medida de una población fronteriza del Reyno de Granada. Un lugar de vida dura e intranquila a pesar de las treguas pactadas entre granadinos y castellanos. Dichas treguas, aderezadas de escaramuzas, emboscadas, toma de atalayas y pactos de reyezuelos, enrocaron la plaza de Almexía, junto a gran parte de los montes de Málaga hasta 1487, fecha en la que pasaron -definitivamente- a manos cristianas.
Pero aún desplazando la frontera del Reyno un poco más a levante, en las tierras conquistadas por los cristianos quedaron miles de familias musulmanas formadas por pacíficos campesinos, acequieros, panaderos o comerciantes, básicamente el soporte socioeconómico de la tierra recién tomada. Para no perder sus propiedades fueron obligados a bautizarse, y consintieron de cara a la galería, evitando así males mayores. Esta población eran los moriscos.
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Mañana, sin dilación, debo continuar mi periplo por tierras malagueñas por lo que he decidido, tras haber visitado grutas y pateado veredas, dedicar la tarde a Ardales y a sus cercanías, emulando los tan habituales paseos que las gentes del lugar hacen siguiendo las márgenes de caminos y carreteras de escaso tránsito. Mediada la tarde me he marchado andando por la ruta que lleva al Chorro y Carratraca, acercándome al Embalse del Conde de Guadalhorce para observarlo con pausa, llenándome de su paisaje.
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“Omar Ibn Hafsun escuchaba con atención las tristes noticias procedentes de su tierra, de la Bética. El emir cordobés Abd-al-Rahman II continuaba oprimiendo a su pueblo visigodo con diezmos cada vez más abultados. Tras ser deportado al norte de África tras su detención por el visir musulmán, decide que ha de actuar; mirando a la orilla norte urde como acabar con la injusticia: le haría frente al poder omeya de Córdoba. Decide volver a casa y en el año 878 la revuelta mulaidí de las Mesas de Villaverde comienza. El recién creado Reyno de Bobastro le planta cara al Islam.”
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Dejé atrás Fuentedepiedra, y como viajero ávido de paisajes que soy, atravieso olivares alineados camino de otra población malagueña: Campillos. Para algunos de los que en el pasado no se aplicaron -académicamente hablando-, el nombre de Campillos resuena con fuerza por la metodología severa de sus enseñantes; para quien nunca conoció sus aulas, Campillos es la antesala de la Andalucía que muda su mar de olivos en acantilados de roca caliza. Al sur de Campillos las olas del olivar se detienen en la costa rocosa de su comarca: la de Guadalteba.
Campillos mira a Sevilla y el barroquismo de la Iglesia de Nuestra Señora del Reposo así lo atestigua. A las puertas de su casco urbano se encuentra una curiosa laguna: ‘Dulce’ es su nombre y aunque extrañamente seca durante la mayor parte del año, se ha convertido ¡por las paradojas del destino! en uno de los mejores lugares del norte de la comarca para observar aves esteparias. En los meses invernales se reúnen en el -por veces- encharcado vaso, docenas de sisones europeos (a veces cientos), pariente cercano de las extraordinarias avutardas que sobreviven algo más al noroeste. Aquí tienen uno de sus lugares favoritos de invernada ya que gozan de tranquilidad y comida abundante en los campos cercanos; no siendo difícil gozar de este espectáculo, con tan sólo añadir una visita a esta laguna señera como continuación a la de Fuentedepiedra.
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