
· La ermita de la Virgen de Cruces (El Guijo) ·
¿Qué ocultan Los Pedroches? ¿Qué se esconde bajo el Cortijo de Majadaiglesia? Son las dos preguntas que me hago cuando tras inspeccionar los nidos de cigüeña que se alzan en los eucaliptos junto al Arroyo de Santa María, me topo con un par de chicas que, enfundadas en sus monos de trabajo, limpian trozos de cerámica de terracota.
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Estella (la chica), en la sierra de los Filabres
Con los repoblamientos del Valle del Almanzora posteriores a la conquista cristiana, localidades como Macael, Laroya, Serón o la granadina Hoya de Baza recibieron a riojanos y navarros, siendo su huella aún reconocible en poblaciones y valles de la sierra de los Filabres.
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Bajo una noche estrellada abandono la autovía entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las Almerías sorprendentes: la que se extiende a lo largo del río Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allí hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo característico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su día poblaron los cerros.
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Cuando dejé atrás las tierras de Guadix, y tras devorar, con temperaturas bajo cero, los Llanos del Zenete, paré en Huéneja, a las puertas de tierras almerienses. El frío hizo que me refugiase en un bar de carretera donde una taza humeante de cacao y una madalena ‘de las de antes’ me devolvieron las ganas de continuar camino. Las nubes volaban rasantes y el pronóstico del tiempo era confuso: aseguraban que las lluvias cubrirían la región, pero los pájaros se movían sin timidez, lo que presagiaba cierta estabilidad en las condiciones meteorológicas.
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Vinos hay muchos, ¡y además, buenos! Si en algo destaca la Península Ibérica es en la maestría cultivando viñas y en la variedad de cepas existentes. En muchos lugares de España la actividad vitivinícola ha ido complementándose con el enoturismo y así han surgido auténticos edificios de diseño emblemático en fincas y propiedades de bodegueros. Algunas de ellas con firma reconocida como en el caso de la Rioja alavesa y la Ribera del Duero.
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El balneario de Garallena o de Alhama, antiguos nombres del hoy Balneario de Graena, conoció su esplendor desde épocas remotas. Las virtudes de su aguas se conocían en el Reyno de Granada y sus instalaciones se utilizaron profusamente por habitantes locales y forasteros.
Accedo al pequeño núcleo de Baños de Graena desde Purullena, donde aún se mantienen los puestos de cerámica popular, que resisten con la cabeza alta el embite de la falta del tránsito rodado que desde hace años circula por la autovía; afortunadamente sus jarras y platos multicolores siguen colgados de puestos y tenderetes, complementando así los severos tonos rojizos del entorno.
Me encuentro a unos 50 kilómetros de Granada y cruzo el pueblo, ahora silencioso, que forma parte del municipio de Cortes y Graena. Formado por cuatro anejos, Baños de Graena ostenta el liderazgo en popularidad gracias a las propiedades de sus aguas medicinales. Esto viene de lejos, puesto que a partir del siglo XV se prescribieron sus baños por parte del Hospital Real de Guadix, y en la Exposición Internacional de París de 1900, al igual que pasó con su primo hermano gienense de Marmolejo, se le otorgó el reconocimiento como lugar de tratamiento médico.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.”
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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La Campiña oriental cordobesa tiene un pasillo de vida que la recorre, es el río Guadajoz. Tradicionalmente este cauce de menguadas riberas sirvió para delimitar las fronteras de los cultivos y la tierra. Hacia Jaén se extendía la campiña cerealista y hacia Córdoba la olivarera. Esos límites, hoy desdibujados, se redefinen en la actualidad a golpe de política agraria y rendimiento neto por hectárea. El río Guadajoz, de 215 km de longitud, nace en la sierra de Priego y desemboca en el Guadalquivir junto a la ciudad de Córdoba. Es un río que hasta finales del siglo XX no estuvo regulado y que en parte de sus tramos conserva algunos de los sotos ribereños de tarajes más frondosos del sur peninsular.
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Hojas en otoño de la Rosa de Alfacar 'Rosa spinosissima'.
Este año el otoño remolonea, o más bien quien lo hace es el invierno. Los campos y sus árboles se resisten al cambio astronómico de estación que ya superamos hace casi dos meses. Las temperaturas medias que tenemos son inusualmente elevadas, la savia sigue corriendo por las ramas y tallos, y si abandonamos las montañas, el otoño se desvanece al ritmo de insectos estivales que se resisten a dejar de volar, ellos no entienden de fechas.
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Calle del Barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
Llego a Priego de Córdoba con la intención de no empaparme de Barroco, algo especialmente difícil en un lugar que tiene iglesias para prestarle a tres o más ciudades, el siglo dieciochesco fue pródigo con el pueblo sobre todo por el desarrollo de su industria textil. Así que permaneceré alejado de San Francisco y la capilla del Sagrario en la Asunción, ’so pena’ de acabar extasiado frente a los alardes ornamentales de tal estilo artístico.
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