Marzo 24th, 2010ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

· Los Pedroches, fábrica de paisajes ·

· Los Pedroches, fábrica de paisajes ·

¡No tengo palabras! No es que haya perdido la inspiración, sino más bien que los paisajes visuales y sonoros de los Pedroches me las robaron. Llevo ya un día aquí y acabo de llegar a un remanso de paz entre casas de piedra y calles rectilíneas, El Guijo. Me he colado hasta el corazón de los caminos que se encuentran entre el cielo y la tierra, al cruce de las dos ‘autopistas’ reales más sonoras: la ‘Cañada Real Soriana’ y la ‘Real de la Mesta’; en el cruce de ambas miro al anochecer y me quedo maravillado por lo que me ofrece.

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· Amanece en la Sierra de Atarfe ·

· Amanece en la Sierra de Atarfe ·

Granada tiene suerte y la tiene por mil y una razones. La primera y no es poco importante, es por estar emplazada en el borde oriental de una fértil vega que la rodea de suroeste a noroeste. Tres nombres tiene la Vega, dependiendo de quien hable: para geógrafos y geólogos es una parte más del surco intrabético que un día estuvo cubierta por las aguas de uno de los brazos del mar de Tetis, para los ‘granaínos’ es la vega de Granada, y para el resto de los pueblos que la contienen es simplemente ‘la Vega’, a lo más, la vega del Genil, o la de mi pueblo.

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· Panorámica de Sierra Nevada desde la Vega de Granada ·

· Panorámica de Sierra Nevada desde la Vega de Granada ·

Atravieso la Vega de Granada, la vega de mi ciudad, y me sitúo en uno de los pagos que, plantados de espárragos, se ubican entre Pinos Puente y Valderrubio. Espero la puesta de sol, la más bella puesta de sol sobre las más exótica montaña de toda Europa…

“Al anochecer, en la estación de Albolote, durante una larga parada de tren, recibo la primera sensación de la deseada Sierra Nevada. El sol ya se había puesto; y sobre el fondo de oro ardiente del ocaso, se destacaba en azul pizarra, por momentos más obscuro, Sierra Elvira, con el doble triángulo gemelo de sus cumbres mayores. Está el país a la misma altura que Madrid, de suerte que mi vista, acostumbrada a la elevación del Guadarrama, buscaba hacia los dos mil metros en el espacio vertical el efecto luminoso de la nieve; cuando he aquí que la descubrí mil metros por encima, casi a punto de desaparecer, débilmente arrebolado por los últimos resplandores de la puesta de sol. Aquellas largas nieves rosadas, pálida gloria clareando a tamaña elevación sobre la masa de la Sierra, ya perdida en la sombra, semejaban más bien estratos de nubes suspendidas en la atmósfera libre, en el instante de la llegada de la noche.

Muchas veces, después, desde Granada, he contemplado con intensa atención la gentil Sierra; pero nunca me ha producido una impresión de estupor y admiración como esta vez primera de aquel paisaje irreal, ahogándose en las tinieblas en el instante preciso en que comenzaba a comprenderle”

(Bernaldo de Quirós, Sierra Nevada. 1923)

Y desde entonces sucede cada tarde de invierno, como hoy. La más bella aproximación a Sierra Nevada se tiene desde la Vega, a los pies de Sierra Elvira y a la vera del río Genil. Compartirlo es nuestro deseo.

Jorge Garzón / Miradas ©2010

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La Tetica de Bacares, 2.080 m de altitud.

La Tetica de Bacares, 2.080 m de altitud.

Es toda una sorpresa mirar al horizonte de los Filabres desde cualquier tramo del Almanzora. Es una sorpresa porque la silueta de la sierra desvela formas matemáticas en las cuerdas de las montañas. Una de ellas, prominente y bien visible desde el valle, es el triángulo equilátero de la Tetica de Bacares, que con sus 2.080 metros de altitud es la segunda máxima altitud de los Filabres tras Calar Alto (2.168 m). En ambas, la comarca del Valle del Almanzora, de la mano de la de Filabres-Alhamilla, rozan el cielo y desde luego miran más allá, su mirada se pierde por el centro del universo conocido cuando las cúpulas de los telescopios se abren y rastrean la oscuridad.

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Diciembre 31st, 2009EL VALLE (navarro) DE LAROYA

Estella (la chica), en la sierra de los Filabres

Estella (la chica), en la sierra de los Filabres

Con los repoblamientos del Valle del Almanzora posteriores a la conquista cristiana, localidades como Macael, Laroya, Serón o la granadina Hoya de Baza recibieron a riojanos y navarros, siendo su huella aún reconocible en poblaciones y valles de la sierra de los Filabres.

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Diciembre 28th, 2009¡POR LOS CONFINES DE ANDALUCÍA!

Si la belleza de la costa protegida del Cabo de Gata-Níjar es indudable, y gracias a sus valores ambientales excepcionales, llega al corazón de quien se adentra por sus sendas y playazos, el resto de la costa levantina almeriense no le va a la zaga y aunque más humanizada, esta plagada de rincones y tesoros aún por descubrir.

Hace unas semanas, me encontré virtualmente en  estas latitudes con mi compañero Pedro, que maestro de la imagen, supo retratar los mejores paisajes de la recortada costa volcánica del Parque, por lo que complementariamente, me dedico a buscar los rincones más bellos que el litoral almeriense aún esconde, aprovechando para observar la rica flora costera y sus aves, comprobando que en la pequeñez de esos rincones radica la grandeza de esta comarca.

No se puede uno acercar a la costa levantina de Almería sin rendirle homenaje a la linterna del faro del Cabo de Gata, más aún, detenerse en las salinas de la Almadraba a otear algunas de las más valiosas aves que aquí se citan: gaviota picofina, tarro blanco, archibebe fino o los bandos de avocetas y flamencos en vuelo rasante sobre el agua. Camino del Cabo merece la pena orillarse buscando alguno de esos búnkers que, semiocultos sobre el agua, permiten otear la superficie dorada del mar.

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Octubre 27th, 2009VIVIR LA NOCHE DE OJÉN

Vista nocturna de Ojén.

Vista nocturna de Ojén.

Tenía ganas de conocer Ojén con tranquilidad. Hacía lustros que no pasaba por allí, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchísimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.

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Uno de los nombres que resuenan en la mente de todo viajero que decide venir al sur de España es Ronda. No sólo es imaginación en la mente de quien atraviesa un mar para llegar hasta aquí, no es sólo un sueño ansiado al observar una imagen del profundo tajo bajo la cálida luz vespertina, es una realidad que muchos experimentan cada fin de semana. De Ronda se ha escrito tanto como los centímetros que mide el Puente Nuevo que cruza el tajo y aún así, uno no se cansa nunca de saber de ella, de conocer esta hermosa ciudad enclavada entre dos catedrales milenarias. Porque Ronda tiene dos catedrales pero casi nadie se percata de su existencia.

Una de ellas es mundialmente conocida: su tajo de 98 metros de altura podría contener la torre catedralicia más famosa de España: la Giralda. Es una altura que incluso rivaliza con otras, se me ocurre ahora mismo la de Estrasburgo que roza con su espadaña los 142 metros de altura. La Giralda de Sevilla se representa en los libros de naturaleza por algunos de sus habitantes más valiosos, los cernícalos primilla de su torre; Estrasburgo ha hecho de las cigüeñas de su catedral un símbolo internacional y los niños que la visitan se llevan una cigüeña de peluche, un paraguas de pico rojo y silueta alada. Han dignificado a sus aves por ser únicas.

¿Y Ronda? ¿Podría hacerlo también? ¡Desde luego! Lo extraño al caer la tarde, paseando por Ronda, es no contemplar sobre el tajo, o bajo el puente, o en los tejados cercanos el vuelo acrobático de un ave negra con un pico curvado y patas de color rojo intenso, las chovas piquirrojas, conocidas en la ciudad como ‘grajas’. Quien no las ve las escucha, pues su graznido es característico y resuena en los verticales escarpes de arenisca y conglomerado.

El tajo de Ronda es uno de los destinos más apreciados por los aficionados del turismo ornitológico. Es raro no pasear al borde del escarpe y no encontrarse a alguien que, prismáticos en ristre, observa algunas de las especies emblemáticas que aquí se dan cita. Se citan en primavera cuando los vencejos reales, tras superar el brazo de mar del Estrecho,  llenan con sus alas afiladas y vientre blanco el espacio aéreo rondeño; se citan en las frías noches de invierno cuando paseando cerca del Palacio de Mondragón se oye el reclamo insistente del búho real atravesando la noche; se citan cuando el sol se esconde y durante todo el año, las acrobáticas ‘grajas’ que ascienden en vuelo directo para dejarse caer y hundirse vertiginosas en lo más profundo del cañón abierto por el Guadalevín. Y eso maravilla, no sólo a los turistas de naturaleza sino a todo visitante que se asoma al cortado. Es imposible no verlo y la gente pregunta por esas aves.

Uno de mis rincones favoritos en Ronda, aparte de Santa María la Mayor, el puente viejo y los rincones que rodean al alminar de San Sebastián, es el hotel Reina Victoria, concretamente sus jardines, los que cuelgan sobre el tajo de Ronda. Aquí me encuentro escribiendo esta crónica desde una de las mesas que se asoman a una inigualable puesta de sol otoñal. A pocos metros de aquí debió desgranar el poeta Rainier Marie Rilke muchos de sus versos, lo cual no es extraño a juzgar por el entorno, jardines de estilo británico, terrazas armoniosas y una tranquilidad reinante que alimenta de serenidad al alma.

Me levanto de la silla acercándome al cortado. Frente a mí se alzan las sierras de Líbar y  Grazalema, destacando el Peñón Grande, rotos sus detalles contra el fondo ardiente del sol. Acabo de pasar junto a mí uno de los halcones peregrinos que viven en el tajo, ha caído como una flecha y se ha elevado un minuto después rompiendo el cielo con sus alas puntiagudas. Y es precisamente ahora, cuando el sol comienza a huir del espacio visible rondeño, cuando su segunda catedral comienza a tomar forma de silueta. Una catedral natural de montañas rodea esta preciosa e irrepetible ciudad malagueña; se mire por donde se mire lo sublime gana y uno se percata de que al igual que una catedral lo es, la naturaleza tiene también algo de sagrada. No se puede cuantificar, pero la satisfacción de estar en Ronda, la felicidad de sentir el aire fresco en la cara, la serenidad de las flores y su aroma mientras se pasea, son los valores que enmarcan una visita a Ronda. Y desde luego le harían un gran favor si, al igual que con otras aves hicieron otras ciudades europeas emblemáticas, Ronda elevase a sus chovas piquirrojas a la condición de símbolo. Sería su más efectivo y económico embajador, lo mismo que ya lo es una imagen de su tajo.

Jorge Garzón / Miradas ©2009

· Álbum de Flickr ·

Mañana, sin dilación, debo continuar mi periplo por tierras malagueñas por lo que he decidido, tras haber visitado grutas y pateado veredas, dedicar la tarde a Ardales y a sus cercanías, emulando los tan habituales paseos que las gentes del lugar hacen siguiendo las márgenes de caminos y carreteras de escaso tránsito. Mediada la tarde me he marchado andando por la ruta que lleva al Chorro y Carratraca, acercándome al Embalse del Conde de Guadalhorce para observarlo con pausa, llenándome de su paisaje.

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Decididamente y sin rumbo definido, comienzo a recorrer los paisajes y lugares del ‘Reino de la Luz’. No es mal nombre éste para ese universo irrepetible de tonos, reflejos, sombras y brillos que es Andalucía. No importa la época, pero sí el camino que he de recorrer;  montañas abruptas y espesos bosques, planicies áridas y gargantas arcillosas, ricas campiñas y fértiles vegas, acantilados y playas de aguas cristalinas. Un solar el andaluz que rivaliza con la riqueza y peculiaridad de sus pueblos y gentes, siendo difícil no pararse a conversar en una plaza arbolada, complicado no leer las esquinas de sus piedras milenarias, imposible el pasar por Andalucía de puntillas sin turbarse al conocer su historia, sin participar en su fiesta, sin compartir su alegría o disfrutar del silencio de sus recónditos valles.

Voy rumbo al este en mi primer día de periplo. Han mejorado mucho las comunicaciones desde que los nazaritas del Reyno de Granada labraron las vegas de los cursos de agua que nacen en las sierras. Recorro caminos que ya describieron otros viajeros anteriores en fechas tan lejanas como 1233, cuando el Adelantado Rodrigo Ximenez de Rada, arzobispo de Toledo, le quitó a los musulmanes la esperanza de continuar en la Muy Noble y Leal Ciudad de Cazorla, tìtulo que le fue concedido con honores por las Cortes de Cádiz.

Voy a Cazorla cuando el día se quiebra; aparece teñida de tonos cálidos, colgada en la falda de la sierra, una imponente muralla de roca infranqueable que se alza desde el llano coronada por el vuelo de los incansables buitres. Llego a Cazorla entre dos luces para admirar las encaladas fachadas de su barrio árabe, para contemplar los lienzos de piedra del castillo iluminado, la fantasmagórica silueta de Santa María, los abruptos dientes calizos de las cumbres que la cierran al sur y a levante.

Es Cazorla el lugar por excelencia para iniciar el viaje, es un compendio de todo lo que pueda imaginarse: desde la emoción de una charla sentado junto al Balcón de Zabaleta a la sensación íntima de recorrer sus veredas y cordeles. Es hoy Cazorla -antaño musulmana- comedidamente andaluza, diríase castellana. Es hoy ese apetecible lugar donde con el vino no se estila la tapa, pero sí el ‘aperitivo’, prueba inequívoca de su carácter castellano que, desde tiempos de Jorge Manrique, sigue reconociéndose en pleno siglo XXI.

Vine aquí a iniciar viaje, a contar la Andalucía de siempre desde una nueva mirada…

Jorge Garzón/Miradas ©2009

· ÁLBUM DE FLICKR ·


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