
Mañana, sin dilación, debo continuar mi periplo por tierras malagueñas por lo que he decidido, tras haber visitado grutas y pateado veredas, dedicar la tarde a Ardales y a sus cercanías, emulando los tan habituales paseos que las gentes del lugar hacen siguiendo las márgenes de caminos y carreteras de escaso tránsito. Mediada la tarde me he marchado andando por la ruta que lleva al Chorro y Carratraca, acercándome al Embalse del Conde de Guadalhorce para observarlo con pausa, llenándome de su paisaje.
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“Omar Ibn Hafsun escuchaba con atención las tristes noticias procedentes de su tierra, de la Bética. El emir cordobés Abd-al-Rahman II continuaba oprimiendo a su pueblo visigodo con diezmos cada vez más abultados. Tras ser deportado al norte de África tras su detención por el visir musulmán, decide que ha de actuar; mirando a la orilla norte urde como acabar con la injusticia: le haría frente al poder omeya de Córdoba. Decide volver a casa y en el año 878 la revuelta mulaidí de las Mesas de Villaverde comienza. El recién creado Reyno de Bobastro le planta cara al Islam.”
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Tras una provechosa conversación con Pedro Cantalejo y las amables indicaciones de Isaac y posteriormente de Patricia, tres ejemplos del magnífico patrimonio humano que se da por estos lares, me encaminé al Centro de interpretación de la prehistoria para conocer a Domingo, un voluntarioso guía de la excepcionalmente bien organizada ‘Red de Patrimonio Guadalteba’. A las diez y media en punto nos desplazamos a la cueva de Ardales para realizar una inolvidable visita. El idioma utilizado fue el inglés ya que nos acompañaban una pareja alemana que lo único que entendían en español era ’servessa’ ‘jamoon’ y poco más, por lo que era toda una temeridad intentar explicarles la formación de una estalactita o la visión moderna de Doña Trinidad Gründ al iniciar sus visitas trogloditas.
Algo que me sorprendió muy agradablemente es que al realizar la reserva me informaron sobre que llevar, unas botas que agarren bien, porque afortunadamente las condiciones de la cueva son bastante naturales y se ha optado por no transformarla, aprovechando así el lugar como un recurso cultural que ofrece una experiencia para el recuerdo. Accedimos a la boca de la cueva por una cancela metálica rodeada de un intento fallido de anfiteatro de dudoso gusto. Todos dentro y la puerta se volvió a cerrar. Domingo nos entregó una linterna de luz fría a cada uno y comenzamos a bajar los escalones hacia las entrañas de la tierra. Según bajaba, paso a paso, me percaté de lo fácil que es transformar algo en emoción: el interior de la gruta es oscuro, no hay iluminación, tan sólo una tenue línea de ‘leds’ azulados marcan el camino de entrada y salida. La sensación es similar a la que se experimenta al descubrir un lugar ignoto, y la impresión de estar en un lugar auténtico se agudiza.
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