
Bajo una noche estrellada abandono la autovía entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las Almerías sorprendentes: la que se extiende a lo largo del río Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allí hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo característico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su día poblaron los cerros.
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Cuando dejé atrás las tierras de Guadix, y tras devorar, con temperaturas bajo cero, los Llanos del Zenete, paré en Huéneja, a las puertas de tierras almerienses. El frío hizo que me refugiase en un bar de carretera donde una taza humeante de cacao y una madalena ‘de las de antes’ me devolvieron las ganas de continuar camino. Las nubes volaban rasantes y el pronóstico del tiempo era confuso: aseguraban que las lluvias cubrirían la región, pero los pájaros se movían sin timidez, lo que presagiaba cierta estabilidad en las condiciones meteorológicas.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la Axarquía.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.”
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta Axarquía que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judíos sefardíes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la Axarquía fueron los últimos reductos moriscos de nuestra península; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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La Campiña oriental cordobesa tiene un pasillo de vida que la recorre, es el río Guadajoz. Tradicionalmente este cauce de menguadas riberas sirvió para delimitar las fronteras de los cultivos y la tierra. Hacia Jaén se extendía la campiña cerealista y hacia Córdoba la olivarera. Esos límites, hoy desdibujados, se redefinen en la actualidad a golpe de política agraria y rendimiento neto por hectárea. El río Guadajoz, de 215 km de longitud, nace en la sierra de Priego y desemboca en el Guadalquivir junto a la ciudad de Córdoba. Es un río que hasta finales del siglo XX no estuvo regulado y que en parte de sus tramos conserva algunos de los sotos ribereños de tarajes más frondosos del sur peninsular.
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Vista nocturna de Ojén.
Tenía ganas de conocer Ojén con tranquilidad. Hacía lustros que no pasaba por allí, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchísimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.
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Nunca hubiera imaginado en mis andanzas viajeras recalar en un lugar donde un elemento tan corriente en nuestras vidas como el azulejo pudiera ser motivo de una crónica rural. Las referencias a la azulejería almogiense simplemente no existen. Espero que quien lea estas líneas no crea que voy a ofertarle un nuevo modelo de ‘gres’ o que voy a ‘alicatar’ esta página con reflejos cerámicos. Los azulejos de Almogía ni se venden ni se prestan, están en las calles para deleite de quien las pasea.
Almogía es cuna de los verdiales más dicharacheros de la provincia y no ha dejado pasar la ocasión de firmarlo en cerámica: ‘Almogía, cuna de verdiales’ puede leerse en casi cualquier rincón del pueblo o junto a las carreteras que a él llevan. Y destacable es, en su entrada desde Málaga una vez sobrepasado el mirador de la curva, el panel que nuevamente lo grita sin pudor. Una valiosa pieza de azulejería popular, trabajada en cuerda seca.
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Acceso al Balneario de Marmolejo
Llego al cruce de Marmolejo a través de una ancha carretera, la que se dirige a Córdoba, autovía de dos carriles que empequeñece los kilómetros. He pasado por Jaén entre dos luces, y en lo alto de la ciudad recostada en la ladera se atisba el Castillo de Santa Catalina, inmóvil, encaramado entre luces, guardando las leyendas de amor que caballeros cristianos y bellas muchachas moras protagonizaron en el pasado, en contra del orden establecido. Trágicas historias que rodean cada uno de los muros de los castillos y alcazabas de nuestra tierra. Lee el resto de esta entrada »