
· La ermita de la Virgen de Cruces (El Guijo) ·
¿Qué ocultan Los Pedroches? ¿Qué se esconde bajo el Cortijo de Majadaiglesia? Son las dos preguntas que me hago cuando tras inspeccionar los nidos de cigüeña que se alzan en los eucaliptos junto al Arroyo de Santa María, me topo con un par de chicas que, enfundadas en sus monos de trabajo, limpian trozos de cerámica de terracota.
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· Antiguo 'majaero' y cocedero de lino y cáñamo ·
Se habla del daño irreversible que a partir de los años sesenta se le ha venido infringiendo a la Vega, multiplicándose las urbanizaciones y arrinconándose los cultivos. Históricamente la Vega era nuestro mar, y de él emergían las columnas de humo de las casas y cortijos, cual barcos navegando entre el verde de las olas. Históricamente he de iniciar este paseo, de lo más cercano a su edad lejana y a la memoria que en la letra acompasada de versos y coplillas ha llevado el nombre de la Vega del Genil por todo el mundo.
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· Un día tormentoso en Los Guájares ·
Hollando caminos he enfilado rumbo a la costa granadina a través del Valle de Lecrín. Lo recorro pero no puedo disfrutarlo como quisiera, las cortinas de agua, la niebla, el viento y el frío me lo impiden, pero aún así he de encontrar el diamante en bruto que continúa siendo el valle de Los Guájares. La fuerte lluvia no me permite fotografíar las cascadas que riegan el camino a Los Vados, procedentes de las acequias moriscas de Vélez-Benaudalla, cuna de los pestiños más afamados de la costa. Aún así me detengo sobre el puente del río Guadalfeo, emblemático curso de agua que conduce las nieves fundidas del Mulhacén a la templada costa mediterránea, desde cuya orilla se vislumbra la nieve y el reflejo del mar. Tras las severas precipitaciones de estos días, el ‘wadi’ baja fiero y encrespado, ocupa de lado a lado toda la rambla de chinorros, cañas y arena.
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Una de las más destacables riquezas histórico-artísticas de la franja litoral oriental son las torres vigía que se alzan sobre los promontorios y llanuras costeras, excepcionales testigos de los asaltos perpetrados por piratas, berberiscos y corsarios sobre las poblaciones ribereñas de esta costa del Mar de Alborán.
El litoral del antiguo Reyno de Granada se jalonó de almenaras guardadas para prevenir ataques desde el mar; bajo el reinado de Yusuf I se construyeron -o repararon- cuarenta de estas almenaras desde la comarca almeriense de Vera a los confines occidentales del estado nazarí, junto a la desembocadura del río Guadiaro. De más que probable origen fenicio-romano, se utilizaron posteriormente, de finales del siglo XV en adelante, por castellanos y portugueses como defensa costera en la consolidación de la España cristiana.
El sistema de alerta se basaba en prender fuego y otear el horizonte, constantemente. Cada atalaya veía dos más, una a levante y otra a poniente, durante el día se elevaban ahumadas y por la noche luminarias, un sistema de defensa que perduró hasta bien entrado el siglo XIX.
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“La gran cisterna de Monturque fue descubierta casualmente en 1885, cuando con motivo de una epidemia de cólera las autoridades locales se vieron en la obligación de ampliar el antiguo y pequeño cementerio que existía junto a la Iglesia de San Mateo. Como consecuencia de las obras de ampliación y las remociones del terreno salieron a la luz estos vestigios romanos, que se hallaban completamente colmatados de tierra. En aquellos momentos se procedió, de manera totalmente desordenada y sin metodología científica, a su limpieza y vaciado, encontrándose en su interior hachas neolíticas, ánforas y cerámica romana, así como una estatua de mármol, materiales cuyo paradero se desconoce en la actualidad.
Desde entonces se vertieron diversas hipótesis sobre su naturaleza y significado por parte de los eruditos locales y los primeros investigadores, Así, se decía que podían ser unas termas, un cuartel legionario, catacumbas, silos, o unas dependencias del castillo medieval, muy cercano al recinto, hasta ser identificadas definitivamente como cisternas romanas.” (El hallazgo)
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“Antes de echar los cimientos de las murallas, una ciudad habrá de escoger un lugar de aires sanísimos. Este lugar habrá de ser alto, de temperatura templada, no expuesto a las brumas ni a las heladas, ni al calor ni al frío; estará además alejado de lugares pantanosos para evitar que las exhalaciones de los animales palustres, mezclados con las nieblas que al salir el sol suren de aquellos parajes vicien el aire y difundan sus efluvios nocivos en los cuerpos de los hobitantes y hagan por tanto infesto y pestilente el lugar. No hay duda que es necesario poner la máxima diligencia en la elección de los lugares más sanos”
(Vitrubio, ‘Los diez libros de la arquitectura’. Libro I, Cap. IV).
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Amanece en la Serranía.
Cuando se busca el horizonte de Ronda, los peñascos y la roca caliza dominan la lejanía y enmarcan el paisaje con una grandeza inesperada. Entre los riscos y los tejados de la ciudad se extiende un verde continuo, profundo y oscuro, que forman las copas de quejigos, encinas y alcornoques, es la dehesa cerrada y el monte mediterráneo que circunvalan la ciudad y la introducen en la Serranía.
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Archidona es uno de esos lugares a los que la fama precede, pero cuando todo el mundo está de acuerdo en cantar alabanzas a lo que a primera vista se ve, a mí, que me gusta rascar bajo la superficie, me entran ganas de investigar un poco más. Entonces tengo que ir al lugar, buscar entre los legajos, recorrer con tiento los lugares y hablar con la gente. Básicamente, mirar con otros ojos.
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“Omar Ibn Hafsun escuchaba con atención las tristes noticias procedentes de su tierra, de la Bética. El emir cordobés Abd-al-Rahman II continuaba oprimiendo a su pueblo visigodo con diezmos cada vez más abultados. Tras ser deportado al norte de África tras su detención por el visir musulmán, decide que ha de actuar; mirando a la orilla norte urde como acabar con la injusticia: le haría frente al poder omeya de Córdoba. Decide volver a casa y en el año 878 la revuelta mulaidí de las Mesas de Villaverde comienza. El recién creado Reyno de Bobastro le planta cara al Islam.”
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Tras una provechosa conversación con Pedro Cantalejo y las amables indicaciones de Isaac y posteriormente de Patricia, tres ejemplos del magnífico patrimonio humano que se da por estos lares, me encaminé al Centro de interpretación de la prehistoria para conocer a Domingo, un voluntarioso guía de la excepcionalmente bien organizada ‘Red de Patrimonio Guadalteba’. A las diez y media en punto nos desplazamos a la cueva de Ardales para realizar una inolvidable visita. El idioma utilizado fue el inglés ya que nos acompañaban una pareja alemana que lo único que entendían en español era ’servessa’ ‘jamoon’ y poco más, por lo que era toda una temeridad intentar explicarles la formación de una estalactita o la visión moderna de Doña Trinidad Gründ al iniciar sus visitas trogloditas.
Algo que me sorprendió muy agradablemente es que al realizar la reserva me informaron sobre que llevar, unas botas que agarren bien, porque afortunadamente las condiciones de la cueva son bastante naturales y se ha optado por no transformarla, aprovechando así el lugar como un recurso cultural que ofrece una experiencia para el recuerdo. Accedimos a la boca de la cueva por una cancela metálica rodeada de un intento fallido de anfiteatro de dudoso gusto. Todos dentro y la puerta se volvió a cerrar. Domingo nos entregó una linterna de luz fría a cada uno y comenzamos a bajar los escalones hacia las entrañas de la tierra. Según bajaba, paso a paso, me percaté de lo fácil que es transformar algo en emoción: el interior de la gruta es oscuro, no hay iluminación, tan sólo una tenue línea de ‘leds’ azulados marcan el camino de entrada y salida. La sensación es similar a la que se experimenta al descubrir un lugar ignoto, y la impresión de estar en un lugar auténtico se agudiza.
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