Septiembre 13th, 2009HACIA QUESADA Y POZO ALCÓN

Dejo Cazorla camino del sur, hacia otras tierras que la bordean y la arropan. Rumbo a Quesada, el Puerto de Tíscar y Pozo Alcón.  Si al viajero, llegando a Cazorla, le sorprende esa mágica hora que es la puesta de sol, le recomiendo que tome la desviación a Quesada por la carretera A322 y se sitúe frente a la sierra. Podrá entonces disfrutar del color del ocaso tocando el pueblo y los contrafuertes que protegen el boscoso valle del Alto Guadalquivir.

La carretera serpentea entre olivares y lomas cultivadas. Seis kilómetros antes de llegar a Quesada, cuando la ruta encara una larga recta, se encuentra la indicación que a la derecha lleva a la villa romana de Bruñel. Realizo a pie el camino que en un kilómetro largo me deja frente a una valla que cierra el yacimiento, pero tiene un paso abierto -como toda buena valla meridional que se precie- que potencia el estado de abandono del recinto. Sin quererlo, o quizás queriéndolo, me he topado con una joya desconocida: un auténtico cortijo rural romano del siglo III d. C.

Con sumo cuidado exploro los alrededores, apreciando a la perfección los paramentos del edificio que se cerraba a oriente por una sala absidada que recuerda a una basílica paleocristiana. La excepcional riqueza de Bruñel se reveló al observar el pavimento de las diferentes habitaciones: bellísimos mosaicos de motivos geométricos enlazados con recuadros octogonales donde aparecen animales y una figura femenina que recuerda a Tetis, la divinidad agrícola.

En algunas zonas parecen faltar mosaicos y me causó sorpresa el aparente olvido de esta singular joya romana de la época de Constancio II. ¡Qué menos que proteger la maravillosa policromía del arte con una estructura que mitigue los rayos de sol y la salvaguarde de la torrencial lluvia mediterránea! Contento por este descubrimiento, entre chicharras y cantos de colorines, volví al vehículo y continué hacia Quesada, cuna del arte inigualable de Rafael Zabaleta.

La iglesia de Quesada en lo alto del cerro del pueblo, aparece recostada sobre la imponente mole del Picón del Rayal, probablemente una de las montañas más bellas de todo el sur peninsular. Del pueblo al puerto de Tíscar, Quesada tiene una sierra de mismo nombre preñada de vestigios remotos del arte rupestre: cuevas del Encajero, la Hiedra, Cerro de Vitar, la Corniza y muchas otras que esparcen el nombre de esta villa en los más prestigiosos estudios antropológicos y arqueológicos.

Mi pretensión de visitar el Museo Zabaleta se fue al traste; recién acabadas las fiestas horas antes, la población parecía descansar del ajetreo nocturno y por ser martes, la pinacoteca estaba cerrada. Mucho había cambiado desde mi anterior visita a finales de los años ochenta, ya que en  aquella ocasión tuve que pedir la llave en una casa cercana y separar algunas telarañas de lienzos emblemáticos. Ahora la casa natal mudo a Museo con mayúsculas y las mejores obras de su primer expresionismo sombrío, de su expresionismo rutilante y de su tan peculiar postcubismo de influencia picassiana se encuentran visibles, al alcance de todos los que paren en Quesada, ¡eso sí! siempre que no sea en lunes o martes.

A 1.189 metros de altitud se encuentra el Puerto de Tíscar, un lugar de paso que fue frontera del ‘Reyno de Granada’ y que tras ser tomado junto a la peña y torre de Tíscar en el año 1319 por parte de las huestes cristianas, aceleró  la posterior y definitiva caída del reino nazarita.

El puerto, que tiene un pilón de agua que deja de manar en pleno estío, posee dos guardianes destacables: la torre que erigió el infante Don Henrique, hijo de San Fernando; y las imponentes siluetas del Picón del Rayal y el Aguilón del Loco que se elevan hasta los 1.834 y los 1.956 metros respectivamente.

Desciendo hacia Pozo Alcón siguiendo la vertiente meridional de la sierra de Tíscar, entre laderas aún boscosas, donde se retuercen y esconden los arroyos al fondo de agrestes barrancos que el agua horadó. Tras dejar atrás el arroyo Vadillo y el Barranco la Canal, una pista a mano izquierda nos permitiría llegar al nacimiento del Guadalquivir atravesando la sierra hacia su cabecera, conectando posteriormente con el Puente de las Herrerías y Vadillo Castril.

El imponente mirador que supone la sierra permite contemplar uno de los más amplios horizontes de toda Andalucía: las sierras de María, Estancias y Filabres en Almería, el Jabalcón y la sierra de Baza, el Mencal y Sierra Arana en Granada,  sierras Mágina,  Almadén y los Villares en Jaén. Cerrando el horizonte sur, entre la calima del fin de verano, entre los malvas de la puesta de sol, destaca la silueta aún oscura de Sierra Nevada.

Nubes altas cubren el cielo cuando el sol se va y el paisaje abrupto de la serranía se diluye en las margas y yesos de la hoya semiárida de Baza, regalando uno de los paisajes más severamente bellos de Europa. Poco después llegó a Pozo Alcón, en una provincia, la de Jaén, que aquí se hace granadina por obligación y quizás también por derecho.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 11th, 2009LA SIERRA DESCONOCIDA

009cazorla-cabra-en-la-sierra-de-las-villasLa carretera serpentea entre pinos y enebros ganando altura rápidamente.  Incluso bajo el sol del mediodía, el bosque extiende su frescor más allá de la sombra de sus árboles. Siguiendo la ruta a la sierra el paisaje forestal se abre tras alguna de las miles de curvas que jalonan el itinerario, allí el panorama se ensancha y se extiende de tal manera que es imposible no pararse a escudriñar con los prismáticos las cerradas y tajos verticales que flanquean la cabecera del río Cañamares, el mismo que cruzamos camino de Santo Tomé junto a la ermita de Nubla. Frente a nosotros se alza una de las “sierras’ desconocidas de Cazorla, la que mira a la campiña, la que Chilluévar y Santo Tomé guardan bien.

Algo más arriba, donde la tranquilidad impera y ni siquiera se intuyen ya los olivares, aparece un color irreal, un agua misteriosa: el embalse de Aguascebas, un oasis de aguas verdeazuladas confinadas por una presa anclada firmemente en el roquedo. Desde su coronación se extiende, valle arriba la lámina acuática y aguas abajo Las Oseras, un abismo de roquedos, cortados y plataformas  ocupadas por buitres, alimoches y pequeñas aves rupícolas. Junto a los calveros del bosque se ocultan los muflones, de retorcida cornamenta.

La carretera que flanquea la sierra, con impresionantes vistas a las Lomas y al ahora lejano llano es un auténtico tesoro. La recomiendo con ahínco a todos aquellos enamorados de la naturaleza extrema. No sólo es poco frecuentada por vehículos y gentes de paso, si no que además permite el acceso a arroyos subsidiarios de aguas cristalinas, a áreas de acampada de extrema limpieza, a mesas de piedra estratégicamente situadas que permiten almorzar escuchando el tamborileo de los picos y pitos

El agua cristalina del Aguascebas de Gil Cobo

El agua cristalina del Aguascebas de Gil Cobo

reales, o el chasquido poderoso del zorzal charlo alzando el vuelo. Un lugar donde la belleza abruma y la cobertura del teléfono móvil flaquea. Justo en este punto, en el collado del Pocico, merece la pena detenerse y acercarse a las cumbres cercanas.

Es septiembre y las águilas culebreras se afanan por completar etapas en su migración a África. Es tan grandioso el escenario que se las detecta por sus reclamos y silbidos antes que con el ojo desnudo. Bandos de hasta veinte aves ciclean en lo alto mientras me afano por buscar a los responsables de los trinos escondidos entre el follaje. La migración avanza, y los papamoscas cerrojillos, colirrojos reales, mosquiteros papialbos y petirrojos atraviesan la sierra. Recorrer esos collados, el Sabinar de la Lancha del lobo o la Nava de las Castañetas nos permitirán acompañar a las aves en paso y disfrutarlas mientras reponen fuerzas, ingiriendo a destajo frutos de majoletos y aromáticas bayas de enebros y sabinas.

Cuando uno se aproxima al río Aguascebas de Gil Cobo y al Aguascebas Grande, la sierra se derrama -literalmente- sobre el visitante: intrincados pasillos y chimeneas calizas, pinos laricios colgados sobre el abismo, agujas puntiagudas con sabinas centenarias… sobrecoge el fragor de la vegetación peinada por el viento.

Atrapamoscas o grasilla

Atrapamoscas o grasilla

Merece la pena remontar estos dos cursos de agua -algo que hacían a diario los pastores de antaño- para encontrar algunas de las joyas mejor guardadas: una modesta planta: la grasilla o atrapamoscas (una Pinguicula endémica de estas sierras) que devora docenas de insectos cada temporada. Gusta de ambientes umbríos y húmedos, pero si buscamos con atención entre los extraplomos, cascadas, desfiladeros y repisas rocosas descubriremos otros habitantes huidizos como el águila real, el macho montés o el acrobático trepador azul colgado cabeza abajo.

Poco a poco, siguiendo el camino, dejando atrás los corpulentos ejemplares de arce granadino , la sierra empequeñece al acercarme al cauce del Guadalquivir, que cruzo por un moderno puente de metal y hormigón, continuando entonces hacia el embalse del Tranco, final de las rutas más frecuentadas del Parque Natural.

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Antes de volver a Cazorla a través de Cotorríos y Arroyo Frío, decido probar las aguas del río Grande y termino mi jornada viajera dándome un chapuzón en las aguas mansas del Charco del Aceite. La tranquilidad de la jornada me reconforta ya que en más de setenta kilómetros de ruta sólo me he cruzado con un vehículo. La diferencia es palpable:  ofrezco esta crónica desde un lugar desierto donde sólo suena el agua y los trinos de las aves que se acercan a beber en el río.

Nubes tormentosas resuenan en el borde serrano, hacia poniente.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 8th, 2009CAZORLA

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Cazorla se despertaba cuando las campanas de su iglesia parroquial anunciaron las ocho de la mañana. Ni siquiera se intuía el trajín mañanero en esta preciosa esquina de escasa circulación rodada, aunque se escuchaban gallos en el río, reclamos de aves acrobáticas en busca de insectos y la conversación de algunas vecinas que barrían y baldeaban los zaguanes de las casas. Mientras ellas andan de faena, los hombres, aún legañosos, se encaminaban a la tasca. Charla matinal, agua, zaguanes, tascas, frescor, campanadas… Gracias a nuestras mujeres Cazorla, tras el alba, luce mejor.

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Decididamente y sin rumbo definido, comienzo a recorrer los paisajes y lugares del ‘Reino de la Luz’. No es mal nombre éste para ese universo irrepetible de tonos, reflejos, sombras y brillos que es Andalucía. No importa la época, pero sí el camino que he de recorrer;  montañas abruptas y espesos bosques, planicies áridas y gargantas arcillosas, ricas campiñas y fértiles vegas, acantilados y playas de aguas cristalinas. Un solar el andaluz que rivaliza con la riqueza y peculiaridad de sus pueblos y gentes, siendo difícil no pararse a conversar en una plaza arbolada, complicado no leer las esquinas de sus piedras milenarias, imposible el pasar por Andalucía de puntillas sin turbarse al conocer su historia, sin participar en su fiesta, sin compartir su alegría o disfrutar del silencio de sus recónditos valles.

Voy rumbo al este en mi primer día de periplo. Han mejorado mucho las comunicaciones desde que los nazaritas del Reyno de Granada labraron las vegas de los cursos de agua que nacen en las sierras. Recorro caminos que ya describieron otros viajeros anteriores en fechas tan lejanas como 1233, cuando el Adelantado Rodrigo Ximenez de Rada, arzobispo de Toledo, le quitó a los musulmanes la esperanza de continuar en la Muy Noble y Leal Ciudad de Cazorla, tìtulo que le fue concedido con honores por las Cortes de Cádiz.

Voy a Cazorla cuando el día se quiebra; aparece teñida de tonos cálidos, colgada en la falda de la sierra, una imponente muralla de roca infranqueable que se alza desde el llano coronada por el vuelo de los incansables buitres. Llego a Cazorla entre dos luces para admirar las encaladas fachadas de su barrio árabe, para contemplar los lienzos de piedra del castillo iluminado, la fantasmagórica silueta de Santa María, los abruptos dientes calizos de las cumbres que la cierran al sur y a levante.

Es Cazorla el lugar por excelencia para iniciar el viaje, es un compendio de todo lo que pueda imaginarse: desde la emoción de una charla sentado junto al Balcón de Zabaleta a la sensación íntima de recorrer sus veredas y cordeles. Es hoy Cazorla -antaño musulmana- comedidamente andaluza, diríase castellana. Es hoy ese apetecible lugar donde con el vino no se estila la tapa, pero sí el ‘aperitivo’, prueba inequívoca de su carácter castellano que, desde tiempos de Jorge Manrique, sigue reconociéndose en pleno siglo XXI.

Vine aquí a iniciar viaje, a contar la Andalucía de siempre desde una nueva mirada…

Jorge Garzón/Miradas ©2009

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