
La sierra de Cazorla no es sólo sierra jienense, también tiene vocación granadina. Así le pasa en el macizo segureño del Empanadas, que con sus 2.106 metros, es la ‘raya’ natural entre las provincias de Granada y Jaén. Pero la sierra de Cazorla muda a nombre corto y profundo: Sierra del Pozo, allí donde mira al Guadalentín, sobre Pozo Alcón. Preside el cresterío el Pico Cabañas, que con sus 2.026 metros es la máxima altura de las sierras cazorleña y poceña.
Me dirijo, pronto en la mañana hacia el embalse de la Bolera tras haber descansado plácidamente en un moderno y cómodo hotelito, Los Nogales, donde el sueño es reparador y se escuchan las estrellas colgadas en lo alto de la noche. ¡Una delicia de entorno y una delicia de gente, tanto Manolo Noguera -uno de los dueños- como cada una de las responsables del establecimiento! Que a bien tuvieron informarme de los secretos por allí guardados.
Todo el paisaje que circunda la Bolera es grandioso. Esta poco hollada parte de la comarca linda con el muncipio granadino de Campocámara, a tiro de piedra de Castril. Cubierta de espesos bosques, interrumpidos sólo por los barrancos y cerradas que han esculpido los ríos durante miles de años. El embalse, construido sobre un permeable macizo cárstico no puede mantener su cota máxima puesto que el líquido se filtra a través del fondo calizo. Construido en el año 1968, agudizó la desaparición del río Guadalentín aguas abajo de la presa, que resurge en la Cerrada del Tío Pío unos dos kilómetros barranco abajo.
La mejor manera de admirar el Guadalentín es recorrer su barranco y quedarse extasiado con el vuelo de las aves que frecuentan este imponente corredor. A ello me dediqué y busqué la senda que junto al camping de la Bolera me llevaría por un pequeño carril, en principio asfaltado, hasta el Observatorio Ornitológico del mirador. Un itinerario fácil que entre pinos, encinas y matorral mediterráneo pierde su asfalto junto al Canal de Iturralde, ya en desuso, que conducía el agua desde los antiguos azudes a las huertas del llano. El mirador y el observatorio ornitológico se abren al tajo y permiten visualizar las acrobacias de las chovas piquirrojas, escuchar el canto prodigioso de los roqueros solitarios o sorprender al veloz halcón peregrino. El cortado calizo de un color anaranjado vivo, roto por las deyecciones blancas de los buitres leonados, se alza imponente al otro lado del barranco, permitiendo -mejor durante la tarde- una cómoda observación ornitológica.
Pero no menos imponente es la senda que, desde el Canal de Iturralde, parte hacia levante y nos acerca al mirador de la Cerrada de la Alcantarilla. Un kilómetro y medio de fácil sendero me condujo a un promontorio que se abre, protegido con vallas de madera, sobre el abismo de un monumento natural único: la Cerrada de la Alcantarilla, incomparable cañón calizo y profundo que oculta aguas cristalinas y se abre al barranco principal a través de una estrechísima canal.
Aguas arriba del Guadalentín se esconden otros milagros de la naturaleza: Guazalamanco es uno de ellos. Injustamente olvidado, traduce la belleza total de la montaña mediterránea en su itinerario jalonado de espesuras, cascadas, paredes, flora y mariposas únicas, un reino merecido para el águila real, la culebrera y otras rapaces. Un deleite para el naturalista, un descubrimiento para quien viaje sin límites en los mapas y posiblemente, junto a parajes áridos cercanos, uno de los lugares más hermosos de nuestra naturaleza ibérica.
He de continuar viaje saliendo de la comarca. Me voy con un sabor agridulce por los lugares que no podré visitar, pero sí puede hacerlo quien lea estas crónicas viajeras. Me voy sin poder echarle un vistazo a las acequias de Cuenca, sin poder visitar las cuevas de Hinojares, sin pasarme por Belerda, por los puentes de la Risa y del Royo sobre el río Grande original: el Guadiana Menor, que entre bosques de tarajes, ya con aspecto africano, riega los oasis de las vegas fluviales cerca de Huesa.
Me detengo camino de Jódar y echo la vista atrás. Salgo de la Comarca de la Sierra de Cazorla, perdidos aquí los bosques, con ganas de volver de nuevo en muy breve espacio de tiempo.
Jorge Garzón ©2009