
· Un dĂa tormentoso en Los GuĂĄjares ·
Hollando caminos he enfilado rumbo a la costa granadina a travĂ©s del Valle de LecrĂn. Lo recorro pero no puedo disfrutarlo como quisiera, las cortinas de agua, la niebla, el viento y el frĂo me lo impiden, pero aĂșn asĂ he de encontrar el diamante en bruto que continĂșa siendo el valle de Los GuĂĄjares. La fuerte lluvia no me permite fotografĂar las cascadas que riegan el camino a Los Vados, procedentes de las acequias moriscas de VĂ©lez-Benaudalla, cuna de los pestiños mĂĄs afamados de la costa. AĂșn asĂ me detengo sobre el puente del rĂo Guadalfeo, emblemĂĄtico curso de agua que conduce las nieves fundidas del MulhacĂ©n a la templada costa mediterrĂĄnea, desde cuya orilla se vislumbra la nieve y el reflejo del mar. Tras las severas precipitaciones de estos dĂas, el ‘wadi’ baja fiero y encrespado, ocupa de lado a lado toda la rambla de chinorros, cañas y arena.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la AxarquĂa.
âQuisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre ĂĄrboles y la Maroma, mĂĄxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta AxarquĂa que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judĂos sefardĂes, la percibo como propia resultĂĄndome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la AxarquĂa fueron los Ășltimos reductos moriscos de nuestra penĂnsula; de entre las dos, la Ășltima parece haber crecido respetando con decisiĂłn y orgullo un pasado que moldeĂł nuestros campos y maneras de vivir.
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Cuando ya creĂa que nunca sucederĂa, el cielo gris preñado de nubes rompiĂł aguas justo cuando coronĂ© el Puerto de la Dehesa, ese que a poniente permite a la vista jugar con la Sierra de las Nieves y a levante divisar la PenibĂ©tica y el mar. CaĂan las primeras lluvias otoñales, lo que hizo detenerme antes de cruzar el bosque, y asĂ gozar del sonido del viento y la lluvia mansa que ya limpiaba el ambiente reseco. Nadie alrededor que fuese testigo del momento. Solos la Naturaleza y yo, junto al nombre de una poblaciĂłn de embrujo morisco, Castillo de Bonaira, ‘Ksar-al-Bunairyya’, Casarabonela, Bonela a secas como la llaman los de la comarca.
SegĂșn descendĂa del alto, las nubes se cerraban y espesas cortinas de agua me impedĂan adivinar el pueblo sobre las laderas pardas de los montes; el camino aparecĂa flanqueado por pinos corpulentos junto a los que habĂa alineadas sillas de colores vacĂas, mojadas por la lluvia, sillas ocupadas en las tardes rasas veraniegas donde, a la sombra del Pino Real, se sientan los viejos paseantes. Una imagen la del otoño lluvioso que vacĂa de gentes el paisaje y potencia la memoria que se imprime a campos, vaguadas y huertas.
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