
Bajo una noche estrellada abandono la autovía entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las Almerías sorprendentes: la que se extiende a lo largo del río Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allí hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo característico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su día poblaron los cerros.
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En la distancia se atisba Montemayor, medio oculto por los cerros que se descuelgan desde Espejo. Destaca en la bruma otoñal la torre de su castillo que hoy pertenece a la nobleza, a los Duques de Frías, quien lo mantienen cerrado a cal y canto; por mucho que nos acerquemos a admirarlo no lograremos traspasar sus recios muros. Es algo curioso que uno de los pocos castillos perfectamente conservados de Córdoba no pueda visitarse, y debiera pensarse que independientemente de a quien pertenezca, es el símbolo de identidad de todos sus habitantes y así debieran entenderlo sus dueños. ¿Qué tal un convenio con Patrimonio?
Según voy conociendo a gente en Montemayor me voy sorprendiendo cada vez más. Me alojo en uno de los lugares más bellos que debe haber en los alrededores: la casa ‘Visita la del Rincón’. ¡El nombre se las trae! Y a pesar de que se me juzgue de ‘preguntón’ intento averiguar el origen del mismo. La casa está esquinada al fondo de un corto callejón que se abre sobre la plaza, donde en la segunda mitad del siglo XX solían pasear del brazo las mozas casaderas mientras los zagales las admiraban desde ‘la barrera’. Las chicas no iban a la plaza solas y sus solícitas madres las llevaban allí permaneciendo ‘ojo avizor’, ¿Dónde? Pues precisamente junto a la casa del rincón, cuya dueña se llamaba Visitación, y a fuerza de repetir la frase: “Te espero en la casa de Visita, la del rincón”, acabó nominándose de tal manera.
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“La gran cisterna de Monturque fue descubierta casualmente en 1885, cuando con motivo de una epidemia de cólera las autoridades locales se vieron en la obligación de ampliar el antiguo y pequeño cementerio que existía junto a la Iglesia de San Mateo. Como consecuencia de las obras de ampliación y las remociones del terreno salieron a la luz estos vestigios romanos, que se hallaban completamente colmatados de tierra. En aquellos momentos se procedió, de manera totalmente desordenada y sin metodología científica, a su limpieza y vaciado, encontrándose en su interior hachas neolíticas, ánforas y cerámica romana, así como una estatua de mármol, materiales cuyo paradero se desconoce en la actualidad.
Desde entonces se vertieron diversas hipótesis sobre su naturaleza y significado por parte de los eruditos locales y los primeros investigadores, Así, se decía que podían ser unas termas, un cuartel legionario, catacumbas, silos, o unas dependencias del castillo medieval, muy cercano al recinto, hasta ser identificadas definitivamente como cisternas romanas.” (El hallazgo)
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Vista nocturna de Ojén.
Tenía ganas de conocer Ojén con tranquilidad. Hacía lustros que no pasaba por allí, aunque recuerdo con nitidez las emociones que me produjo acudir a una fiesta de unos amigos en un cortijo próximo al Puerto hace muchísimos años, junto a algunas ‘pateadas’ desde el Juanar a la Concha, esa especie de proa rocosa que preside la costa del Sol cuando uno mira a lo alto desde la orilla de Marbella. Paso por Monda y Guaro y disfruto con el paisaje, los pinares se presentan con un verde luminoso, limpio, la luz cálida del final de la tarde acoge sin preguntar a quien la disfruta. La montaña se rompe a veces con terribles heridas blancas, las cicatrices de algunas canteras duelen y laceran a quien tiene un compromiso con el paisaje, con la identidad que representa para nuestra memoria. Afortunadamente, no abundan camino de Marbella.
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Nunca hubiera imaginado en mis andanzas viajeras recalar en un lugar donde un elemento tan corriente en nuestras vidas como el azulejo pudiera ser motivo de una crónica rural. Las referencias a la azulejería almogiense simplemente no existen. Espero que quien lea estas líneas no crea que voy a ofertarle un nuevo modelo de ‘gres’ o que voy a ‘alicatar’ esta página con reflejos cerámicos. Los azulejos de Almogía ni se venden ni se prestan, están en las calles para deleite de quien las pasea.
Almogía es cuna de los verdiales más dicharacheros de la provincia y no ha dejado pasar la ocasión de firmarlo en cerámica: ‘Almogía, cuna de verdiales’ puede leerse en casi cualquier rincón del pueblo o junto a las carreteras que a él llevan. Y destacable es, en su entrada desde Málaga una vez sobrepasado el mirador de la curva, el panel que nuevamente lo grita sin pudor. Una valiosa pieza de azulejería popular, trabajada en cuerda seca.
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Tras una provechosa conversación con Pedro Cantalejo y las amables indicaciones de Isaac y posteriormente de Patricia, tres ejemplos del magnífico patrimonio humano que se da por estos lares, me encaminé al Centro de interpretación de la prehistoria para conocer a Domingo, un voluntarioso guía de la excepcionalmente bien organizada ‘Red de Patrimonio Guadalteba’. A las diez y media en punto nos desplazamos a la cueva de Ardales para realizar una inolvidable visita. El idioma utilizado fue el inglés ya que nos acompañaban una pareja alemana que lo único que entendían en español era ’servessa’ ‘jamoon’ y poco más, por lo que era toda una temeridad intentar explicarles la formación de una estalactita o la visión moderna de Doña Trinidad Gründ al iniciar sus visitas trogloditas.
Algo que me sorprendió muy agradablemente es que al realizar la reserva me informaron sobre que llevar, unas botas que agarren bien, porque afortunadamente las condiciones de la cueva son bastante naturales y se ha optado por no transformarla, aprovechando así el lugar como un recurso cultural que ofrece una experiencia para el recuerdo. Accedimos a la boca de la cueva por una cancela metálica rodeada de un intento fallido de anfiteatro de dudoso gusto. Todos dentro y la puerta se volvió a cerrar. Domingo nos entregó una linterna de luz fría a cada uno y comenzamos a bajar los escalones hacia las entrañas de la tierra. Según bajaba, paso a paso, me percaté de lo fácil que es transformar algo en emoción: el interior de la gruta es oscuro, no hay iluminación, tan sólo una tenue línea de ‘leds’ azulados marcan el camino de entrada y salida. La sensación es similar a la que se experimenta al descubrir un lugar ignoto, y la impresión de estar en un lugar auténtico se agudiza.
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Acceso al Balneario de Marmolejo
Llego al cruce de Marmolejo a través de una ancha carretera, la que se dirige a Córdoba, autovía de dos carriles que empequeñece los kilómetros. He pasado por Jaén entre dos luces, y en lo alto de la ciudad recostada en la ladera se atisba el Castillo de Santa Catalina, inmóvil, encaramado entre luces, guardando las leyendas de amor que caballeros cristianos y bellas muchachas moras protagonizaron en el pasado, en contra del orden establecido. Trágicas historias que rodean cada uno de los muros de los castillos y alcazabas de nuestra tierra. Lee el resto de esta entrada »