
La Tetica de Bacares, 2.080 m de altitud.
Es toda una sorpresa mirar al horizonte de los Filabres desde cualquier tramo del Almanzora. Es una sorpresa porque la silueta de la sierra desvela formas matemáticas en las cuerdas de las montañas. Una de ellas, prominente y bien visible desde el valle, es el triángulo equilátero de la Tetica de Bacares, que con sus 2.080 metros de altitud es la segunda máxima altitud de los Filabres tras Calar Alto (2.168 m). En ambas, la comarca del Valle del Almanzora, de la mano de la de Filabres-Alhamilla, rozan el cielo y desde luego miran más allá, su mirada se pierde por el centro del universo conocido cuando las cúpulas de los telescopios se abren y rastrean la oscuridad.
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Estella (la chica), en la sierra de los Filabres
Con los repoblamientos del Valle del Almanzora posteriores a la conquista cristiana, localidades como Macael, Laroya, Serón o la granadina Hoya de Baza recibieron a riojanos y navarros, siendo su huella aún reconocible en poblaciones y valles de la sierra de los Filabres.
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Bajo una noche estrellada abandono la autovÃa entre Vera y Huércal-Overa. Voy de la costa al interior, en busca de otra de las AlmerÃas sorprendentes: la que se extiende a lo largo del rÃo Almanzora, limitada al noroeste por las cárcavas de las Estancias y al sur por la poderosa estampa de Filabres. He escogido para adentrarme en la comarca una pequeña carreterilla que me lleva por La Concepción y Palacés hacia Zurgena, y desde allà hasta Arboleas. Todo está oscuro y no parecen abundar las casas por estos lares, a juzgar por la ausencia de luminarias. Me detengo a contemplar el cielo y en el silencio se escucha el siseo caracterÃstico de una lechuza, por lo que imagino que no lejos, aún habrá algún resto de los cortijos que en su dÃa poblaron los cerros.
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Si la belleza de la costa protegida del Cabo de Gata-NÃjar es indudable, y gracias a sus valores ambientales excepcionales, llega al corazón de quien se adentra por sus sendas y playazos, el resto de la costa levantina almeriense no le va a la zaga y aunque más humanizada, esta plagada de rincones y tesoros aún por descubrir.
Hace unas semanas, me encontré virtualmente en estas latitudes con mi compañero Pedro, que maestro de la imagen, supo retratar los mejores paisajes de la recortada costa volcánica del Parque, por lo que complementariamente, me dedico a buscar los rincones más bellos que el litoral almeriense aún esconde, aprovechando para observar la rica flora costera y sus aves, comprobando que en la pequeñez de esos rincones radica la grandeza de esta comarca.
No se puede uno acercar a la costa levantina de AlmerÃa sin rendirle homenaje a la linterna del faro del Cabo de Gata, más aún, detenerse en las salinas de la Almadraba a otear algunas de las más valiosas aves que aquà se citan: gaviota picofina, tarro blanco, archibebe fino o los bandos de avocetas y flamencos en vuelo rasante sobre el agua. Camino del Cabo merece la pena orillarse buscando alguno de esos búnkers que, semiocultos sobre el agua, permiten otear la superficie dorada del mar.
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Los romanos la llamaron ‘Mons Solarium’, los árabes ‘Xolayr’, nosotros ‘Sierra Nevada’. Cuando el viajero llega desde la Vega, la sierra enmarca a la ciudad de la Alhambra. ¡Y eso que desde el AlbaicÃn sólo se vislumbra una parte! Una parte de la más especial de las cordilleras montañosas del Mediterráneo.
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Yo me crié aquÃ, bajo el reflejo de sus nieves perpetuas; mis padres me ayudaron a hollar los caminos y las sendas perdidas de sus barrancos, collados y cimas, triscando sendas aprendà el nombre de sus cumbres, por los arenales y robledales nevadenses me topé con mis primeras aves. Desde lo más alto vi, por primera vez en mi vida, más allá del mar, la lejana Ãfrica.
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Si ya eran interesantes las almenaras de la franja litoral occidental, no lo son menos las de la parte oriental de la comarca. Nueve torres más jalonan la costa y se van acercando unas a otras según se van tajando los arroyos y las playas van dejando paso a las pequeñas calas de uno de los parajes naturales más sobresaliente de toda la costa mediterránea peninsular: el malacitano-granadino ‘Paraje Natural de Maro-Cerro Gordo’.
Sigue la costa mansa cuando dejamos atrás las torres hermanas de Algarrobo Costa, aunque poco a poco las desembocaduras de rÃos y torrentes van recortando con pequeñas colinas el resto de almenaras. A tres kilómetros y medio de las anteriores nos encontramos con la primera: la Torre de Lagos, de ocho metros de altura y a cuarenta y seis por encima de las olas del mar. Las vistas desde esta atalaya del siglo XVI son amplÃsimas y posee una posición ventajosa para la defensa del litoral. Tras ella se alzan algunas urbanizaciones que no la respetan como se merece, al igual que los usuarios de su entorno, noctámbulos de fin de semana, que se empeñan en sembrar su derredor de desperdicios varios, siendo ésta como es, una de las dos únicas que conservan motivos decorativos sobre el mortero original.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la AxarquÃa.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â€
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta AxarquÃa que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judÃos sefardÃes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la AxarquÃa fueron los últimos reductos moriscos de nuestra penÃnsula; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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La Campiña oriental cordobesa tiene un pasillo de vida que la recorre, es el rÃo Guadajoz. Tradicionalmente este cauce de menguadas riberas sirvió para delimitar las fronteras de los cultivos y la tierra. Hacia Jaén se extendÃa la campiña cerealista y hacia Córdoba la olivarera. Esos lÃmites, hoy desdibujados, se redefinen en la actualidad a golpe de polÃtica agraria y rendimiento neto por hectárea. El rÃo Guadajoz, de 215 km de longitud, nace en la sierra de Priego y desemboca en el Guadalquivir junto a la ciudad de Córdoba. Es un rÃo que hasta finales del siglo XX no estuvo regulado y que en parte de sus tramos conserva algunos de los sotos ribereños de tarajes más frondosos del sur peninsular.
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Baena es la gran capital de la comarca, la que guarda los caminos que se dirigen al llano; tiene sabor andaluz clasicista, algo que propicia el paisaje abierto y la existencia de grandes fincas cerealistas y olivareras. Es Baena una frontera entre el carácter nazarita de la Subbética, con Zuheros como guardián avanzado y Luque y Priego con sus pequeñas huertas, acequias y hazas serranas; y esa AndalucÃa llana, la comarca del Guadajoz y la Campiña Este , abriéndose ya al Guadalquivir.
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