Septiembre 15th, 2009LA BOLERA Y EL GUADALENTÍN

La sierra de Cazorla no es sólo sierra jienense, también tiene vocación granadina. Así le pasa en el macizo segureño del Empanadas, que con sus 2.106 metros, es la ‘raya’ natural entre las provincias de Granada y Jaén. Pero la sierra de Cazorla muda a nombre corto y profundo: Sierra del Pozo, allí donde mira al Guadalentín, sobre Pozo Alcón. Preside el cresterío el Pico Cabañas, que con sus 2.026 metros es la máxima altura de las sierras cazorleña y poceña.

Me dirijo, pronto en la mañana hacia el embalse de la Bolera tras haber descansado plácidamente en un moderno y cómodo hotelito, Los Nogales, donde el sueño es reparador y se escuchan las estrellas colgadas en lo alto de la noche. ¡Una delicia de entorno y una delicia de gente, tanto Manolo Noguera -uno de los dueños- como cada una de las responsables del establecimiento! Que a bien tuvieron informarme de los secretos por allí guardados.

Todo el paisaje que circunda la Bolera es grandioso. Esta poco hollada parte de la comarca linda con el muncipio granadino de Campocámara, a tiro de piedra de Castril. Cubierta de espesos bosques, interrumpidos sólo por los barrancos y cerradas que han esculpido los ríos durante miles de años. El embalse, construido sobre un permeable macizo cárstico no puede mantener su cota máxima puesto que el líquido se filtra a través del fondo calizo. Construido en el año 1968, agudizó la desaparición del río Guadalentín aguas abajo de la presa, que resurge en la Cerrada del Tío Pío unos dos kilómetros barranco abajo.

La mejor manera de admirar el Guadalentín es recorrer su barranco y quedarse extasiado con el vuelo de las aves que frecuentan este imponente corredor. A ello me dediqué y busqué la senda que junto al camping de la Bolera me llevaría por un pequeño carril, en principio asfaltado, hasta el Observatorio Ornitológico del mirador. Un itinerario fácil que entre pinos, encinas y matorral mediterráneo pierde su asfalto junto al Canal de Iturralde, ya en desuso, que conducía el agua desde los antiguos azudes a las huertas del llano. El mirador y el observatorio ornitológico se abren al tajo y permiten visualizar las acrobacias de las chovas piquirrojas, escuchar el canto prodigioso de los roqueros solitarios o sorprender al veloz halcón peregrino. El cortado calizo de un color anaranjado vivo, roto por las deyecciones blancas de los buitres leonados, se alza imponente al otro lado del barranco, permitiendo -mejor durante la tarde- una cómoda observación ornitológica.

Pero no menos imponente es la senda que, desde el Canal de Iturralde, parte hacia levante y nos acerca al mirador de la Cerrada de la Alcantarilla. Un kilómetro y medio de fácil sendero me condujo a un promontorio que se abre, protegido con vallas de madera, sobre el abismo de un monumento natural único: la Cerrada de la Alcantarilla, incomparable cañón calizo y profundo que oculta aguas cristalinas y se abre al barranco principal a través de una estrechísima canal.

Aguas arriba del Guadalentín se esconden otros milagros de la naturaleza: Guazalamanco es uno de ellos. Injustamente olvidado, traduce la belleza total de la montaña mediterránea en su itinerario jalonado de espesuras, cascadas, paredes, flora y mariposas únicas, un reino merecido para el águila real, la culebrera y otras rapaces. Un deleite para el naturalista, un descubrimiento para quien viaje sin límites en los mapas y posiblemente, junto a parajes áridos cercanos, uno de los lugares más hermosos de nuestra naturaleza ibérica.

He de continuar viaje saliendo de la comarca. Me voy con un sabor agridulce por los lugares que no podré visitar, pero sí puede hacerlo quien lea estas crónicas viajeras. Me voy sin poder echarle un vistazo a las acequias de Cuenca, sin poder visitar las cuevas de Hinojares, sin pasarme por Belerda, por los puentes de la Risa y del Royo sobre el río Grande original: el Guadiana Menor, que entre bosques de tarajes, ya con aspecto africano, riega los oasis de las vegas fluviales cerca de Huesa.

Me detengo camino de Jódar y echo la vista atrás. Salgo de la Comarca de la Sierra de Cazorla, perdidos aquí los bosques, con ganas de volver de nuevo en muy breve espacio de tiempo.

Jorge Garzón ©2009

Septiembre 13th, 2009HACIA QUESADA Y POZO ALCÓN

Dejo Cazorla camino del sur, hacia otras tierras que la bordean y la arropan. Rumbo a Quesada, el Puerto de Tíscar y Pozo Alcón.  Si al viajero, llegando a Cazorla, le sorprende esa mágica hora que es la puesta de sol, le recomiendo que tome la desviación a Quesada por la carretera A322 y se sitúe frente a la sierra. Podrá entonces disfrutar del color del ocaso tocando el pueblo y los contrafuertes que protegen el boscoso valle del Alto Guadalquivir.

La carretera serpentea entre olivares y lomas cultivadas. Seis kilómetros antes de llegar a Quesada, cuando la ruta encara una larga recta, se encuentra la indicación que a la derecha lleva a la villa romana de Bruñel. Realizo a pie el camino que en un kilómetro largo me deja frente a una valla que cierra el yacimiento, pero tiene un paso abierto -como toda buena valla meridional que se precie- que potencia el estado de abandono del recinto. Sin quererlo, o quizás queriéndolo, me he topado con una joya desconocida: un auténtico cortijo rural romano del siglo III d. C.

Con sumo cuidado exploro los alrededores, apreciando a la perfección los paramentos del edificio que se cerraba a oriente por una sala absidada que recuerda a una basílica paleocristiana. La excepcional riqueza de Bruñel se reveló al observar el pavimento de las diferentes habitaciones: bellísimos mosaicos de motivos geométricos enlazados con recuadros octogonales donde aparecen animales y una figura femenina que recuerda a Tetis, la divinidad agrícola.

En algunas zonas parecen faltar mosaicos y me causó sorpresa el aparente olvido de esta singular joya romana de la época de Constancio II. ¡Qué menos que proteger la maravillosa policromía del arte con una estructura que mitigue los rayos de sol y la salvaguarde de la torrencial lluvia mediterránea! Contento por este descubrimiento, entre chicharras y cantos de colorines, volví al vehículo y continué hacia Quesada, cuna del arte inigualable de Rafael Zabaleta.

La iglesia de Quesada en lo alto del cerro del pueblo, aparece recostada sobre la imponente mole del Picón del Rayal, probablemente una de las montañas más bellas de todo el sur peninsular. Del pueblo al puerto de Tíscar, Quesada tiene una sierra de mismo nombre preñada de vestigios remotos del arte rupestre: cuevas del Encajero, la Hiedra, Cerro de Vitar, la Corniza y muchas otras que esparcen el nombre de esta villa en los más prestigiosos estudios antropológicos y arqueológicos.

Mi pretensión de visitar el Museo Zabaleta se fue al traste; recién acabadas las fiestas horas antes, la población parecía descansar del ajetreo nocturno y por ser martes, la pinacoteca estaba cerrada. Mucho había cambiado desde mi anterior visita a finales de los años ochenta, ya que en  aquella ocasión tuve que pedir la llave en una casa cercana y separar algunas telarañas de lienzos emblemáticos. Ahora la casa natal mudo a Museo con mayúsculas y las mejores obras de su primer expresionismo sombrío, de su expresionismo rutilante y de su tan peculiar postcubismo de influencia picassiana se encuentran visibles, al alcance de todos los que paren en Quesada, ¡eso sí! siempre que no sea en lunes o martes.

A 1.189 metros de altitud se encuentra el Puerto de Tíscar, un lugar de paso que fue frontera del ‘Reyno de Granada’ y que tras ser tomado junto a la peña y torre de Tíscar en el año 1319 por parte de las huestes cristianas, aceleró  la posterior y definitiva caída del reino nazarita.

El puerto, que tiene un pilón de agua que deja de manar en pleno estío, posee dos guardianes destacables: la torre que erigió el infante Don Henrique, hijo de San Fernando; y las imponentes siluetas del Picón del Rayal y el Aguilón del Loco que se elevan hasta los 1.834 y los 1.956 metros respectivamente.

Desciendo hacia Pozo Alcón siguiendo la vertiente meridional de la sierra de Tíscar, entre laderas aún boscosas, donde se retuercen y esconden los arroyos al fondo de agrestes barrancos que el agua horadó. Tras dejar atrás el arroyo Vadillo y el Barranco la Canal, una pista a mano izquierda nos permitiría llegar al nacimiento del Guadalquivir atravesando la sierra hacia su cabecera, conectando posteriormente con el Puente de las Herrerías y Vadillo Castril.

El imponente mirador que supone la sierra permite contemplar uno de los más amplios horizontes de toda Andalucía: las sierras de María, Estancias y Filabres en Almería, el Jabalcón y la sierra de Baza, el Mencal y Sierra Arana en Granada,  sierras Mágina,  Almadén y los Villares en Jaén. Cerrando el horizonte sur, entre la calima del fin de verano, entre los malvas de la puesta de sol, destaca la silueta aún oscura de Sierra Nevada.

Nubes altas cubren el cielo cuando el sol se va y el paisaje abrupto de la serranía se diluye en las margas y yesos de la hoya semiárida de Baza, regalando uno de los paisajes más severamente bellos de Europa. Poco después llegó a Pozo Alcón, en una provincia, la de Jaén, que aquí se hace granadina por obligación y quizás también por derecho.

Jorge Garzón ©2009


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