
· Antiguo 'majaero' y cocedero de lino y cáñamo ·
Se habla del daño irreversible que a partir de los años sesenta se le ha venido infringiendo a la Vega, multiplicándose las urbanizaciones y arrinconándose los cultivos. Históricamente la Vega era nuestro mar, y de él emergÃan las columnas de humo de las casas y cortijos, cual barcos navegando entre el verde de las olas. Históricamente he de iniciar este paseo, de lo más cercano a su edad lejana y a la memoria que en la letra acompasada de versos y coplillas ha llevado el nombre de la Vega del Genil por todo el mundo.
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· Un dÃa tormentoso en Los Guájares ·
Hollando caminos he enfilado rumbo a la costa granadina a través del Valle de LecrÃn. Lo recorro pero no puedo disfrutarlo como quisiera, las cortinas de agua, la niebla, el viento y el frÃo me lo impiden, pero aún asà he de encontrar el diamante en bruto que continúa siendo el valle de Los Guájares. La fuerte lluvia no me permite fotografÃar las cascadas que riegan el camino a Los Vados, procedentes de las acequias moriscas de Vélez-Benaudalla, cuna de los pestiños más afamados de la costa. Aún asà me detengo sobre el puente del rÃo Guadalfeo, emblemático curso de agua que conduce las nieves fundidas del Mulhacén a la templada costa mediterránea, desde cuya orilla se vislumbra la nieve y el reflejo del mar. Tras las severas precipitaciones de estos dÃas, el ‘wadi’ baja fiero y encrespado, ocupa de lado a lado toda la rambla de chinorros, cañas y arena.
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Si la belleza de la costa protegida del Cabo de Gata-NÃjar es indudable, y gracias a sus valores ambientales excepcionales, llega al corazón de quien se adentra por sus sendas y playazos, el resto de la costa levantina almeriense no le va a la zaga y aunque más humanizada, esta plagada de rincones y tesoros aún por descubrir.
Hace unas semanas, me encontré virtualmente en estas latitudes con mi compañero Pedro, que maestro de la imagen, supo retratar los mejores paisajes de la recortada costa volcánica del Parque, por lo que complementariamente, me dedico a buscar los rincones más bellos que el litoral almeriense aún esconde, aprovechando para observar la rica flora costera y sus aves, comprobando que en la pequeñez de esos rincones radica la grandeza de esta comarca.
No se puede uno acercar a la costa levantina de AlmerÃa sin rendirle homenaje a la linterna del faro del Cabo de Gata, más aún, detenerse en las salinas de la Almadraba a otear algunas de las más valiosas aves que aquà se citan: gaviota picofina, tarro blanco, archibebe fino o los bandos de avocetas y flamencos en vuelo rasante sobre el agua. Camino del Cabo merece la pena orillarse buscando alguno de esos búnkers que, semiocultos sobre el agua, permiten otear la superficie dorada del mar.
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Cuando dejé atrás las tierras de Guadix, y tras devorar, con temperaturas bajo cero, los Llanos del Zenete, paré en Huéneja, a las puertas de tierras almerienses. El frÃo hizo que me refugiase en un bar de carretera donde una taza humeante de cacao y una madalena ‘de las de antes’ me devolvieron las ganas de continuar camino. Las nubes volaban rasantes y el pronóstico del tiempo era confuso: aseguraban que las lluvias cubrirÃan la región, pero los pájaros se movÃan sin timidez, lo que presagiaba cierta estabilidad en las condiciones meteorológicas.
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Los romanos la llamaron ‘Mons Solarium’, los árabes ‘Xolayr’, nosotros ‘Sierra Nevada’. Cuando el viajero llega desde la Vega, la sierra enmarca a la ciudad de la Alhambra. ¡Y eso que desde el AlbaicÃn sólo se vislumbra una parte! Una parte de la más especial de las cordilleras montañosas del Mediterráneo.
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Vinos hay muchos, ¡y además, buenos! Si en algo destaca la PenÃnsula Ibérica es en la maestrÃa cultivando viñas y en la variedad de cepas existentes. En muchos lugares de España la actividad vitivinÃcola ha ido complementándose con el enoturismo y asà han surgido auténticos edificios de diseño emblemático en fincas y propiedades de bodegueros. Algunas de ellas con firma reconocida como en el caso de la Rioja alavesa y la Ribera del Duero.
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El balneario de Garallena o de Alhama, antiguos nombres del hoy Balneario de Graena, conoció su esplendor desde épocas remotas. Las virtudes de su aguas se conocÃan en el Reyno de Granada y sus instalaciones se utilizaron profusamente por habitantes locales y forasteros.
Accedo al pequeño núcleo de Baños de Graena desde Purullena, donde aún se mantienen los puestos de cerámica popular, que resisten con la cabeza alta el embite de la falta del tránsito rodado que desde hace años circula por la autovÃa; afortunadamente sus jarras y platos multicolores siguen colgados de puestos y tenderetes, complementando asà los severos tonos rojizos del entorno.
Me encuentro a unos 50 kilómetros de Granada y cruzo el pueblo, ahora silencioso, que forma parte del municipio de Cortes y Graena. Formado por cuatro anejos, Baños de Graena ostenta el liderazgo en popularidad gracias a las propiedades de sus aguas medicinales. Esto viene de lejos, puesto que a partir del siglo XV se prescribieron sus baños por parte del Hospital Real de Guadix, y en la Exposición Internacional de ParÃs de 1900, al igual que pasó con su primo hermano gienense de Marmolejo, se le otorgó el reconocimiento como lugar de tratamiento médico.
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Si ya eran interesantes las almenaras de la franja litoral occidental, no lo son menos las de la parte oriental de la comarca. Nueve torres más jalonan la costa y se van acercando unas a otras según se van tajando los arroyos y las playas van dejando paso a las pequeñas calas de uno de los parajes naturales más sobresaliente de toda la costa mediterránea peninsular: el malacitano-granadino ‘Paraje Natural de Maro-Cerro Gordo’.
Sigue la costa mansa cuando dejamos atrás las torres hermanas de Algarrobo Costa, aunque poco a poco las desembocaduras de rÃos y torrentes van recortando con pequeñas colinas el resto de almenaras. A tres kilómetros y medio de las anteriores nos encontramos con la primera: la Torre de Lagos, de ocho metros de altura y a cuarenta y seis por encima de las olas del mar. Las vistas desde esta atalaya del siglo XVI son amplÃsimas y posee una posición ventajosa para la defensa del litoral. Tras ella se alzan algunas urbanizaciones que no la respetan como se merece, al igual que los usuarios de su entorno, noctámbulos de fin de semana, que se empeñan en sembrar su derredor de desperdicios varios, siendo ésta como es, una de las dos únicas que conservan motivos decorativos sobre el mortero original.
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El Boquete de Zafarraya, la puerta de entrada a la AxarquÃa.
“Quisiera vivir en este pueblo sereno, junto a unos montes floridos, que sus ricas viñas sustentan.â€
(Sahl Ben Malik, poeta granadino s. XIII).
A la entrada de Salares, enmarcado entre árboles y la Maroma, máxima altura de las sierras de Tejeda y Almijara, se yergue un murete de obra con la cita del poeta granadino. Es frecuente encontrar retazos de sabor nazarita y morisco en esta AxarquÃa que me recibe. Incluso yo, que en buena parte desciendo de judÃos sefardÃes, la percibo como propia resultándome familiar el recorrerla siendo su paisaje, en cierto modo, un viaje al recuerdo. Si Granada fue la capital del ‘Reyno nashri’, la Alpujarra y la AxarquÃa fueron los últimos reductos moriscos de nuestra penÃnsula; de entre las dos, la última parece haber crecido respetando con decisión y orgullo un pasado que moldeó nuestros campos y maneras de vivir.
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Una de las más destacables riquezas histórico-artÃsticas de la franja litoral oriental son las torres vigÃa que se alzan sobre los promontorios y llanuras costeras, excepcionales testigos de los asaltos perpetrados por piratas, berberiscos y corsarios sobre las poblaciones ribereñas de esta costa del Mar de Alborán.
El litoral del antiguo Reyno de Granada se jalonó de almenaras guardadas para prevenir ataques desde el mar; bajo el reinado de Yusuf I se construyeron -o repararon- cuarenta de estas almenaras desde la comarca almeriense de Vera a los confines occidentales del estado nazarÃ, junto a la desembocadura del rÃo Guadiaro. De más que probable origen fenicio-romano, se utilizaron posteriormente, de finales del siglo XV en adelante, por castellanos y portugueses como defensa costera en la consolidación de la España cristiana.
El sistema de alerta se basaba en prender fuego y otear el horizonte, constantemente. Cada atalaya veÃa dos más, una a levante y otra a poniente, durante el dÃa se elevaban ahumadas y por la noche luminarias, un sistema de defensa que perduró hasta bien entrado el siglo XIX.
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