La carretera serpentea entre pinos y enebros ganando altura rápidamente. Incluso bajo el sol del mediodía, el bosque extiende su frescor más allá de la sombra de sus árboles. Siguiendo la ruta a la sierra el paisaje forestal se abre tras alguna de las miles de curvas que jalonan el itinerario, allí el panorama se ensancha y se extiende de tal manera que es imposible no pararse a escudriñar con los prismáticos las cerradas y tajos verticales que flanquean la cabecera del río Cañamares, el mismo que cruzamos camino de Santo Tomé junto a la ermita de Nubla. Frente a nosotros se alza una de las “sierras’ desconocidas de Cazorla, la que mira a la campiña, la que Chilluévar y Santo Tomé guardan bien.
Algo más arriba, donde la tranquilidad impera y ni siquiera se intuyen ya los olivares, aparece un color irreal, un agua misteriosa: el embalse de Aguascebas, un oasis de aguas verdeazuladas confinadas por una presa anclada firmemente en el roquedo. Desde su coronación se extiende, valle arriba la lámina acuática y aguas abajo Las Oseras, un abismo de roquedos, cortados y plataformas ocupadas por buitres, alimoches y pequeñas aves rupícolas. Junto a los calveros del bosque se ocultan los muflones, de retorcida cornamenta.
La carretera que flanquea la sierra, con impresionantes vistas a las Lomas y al ahora lejano llano es un auténtico tesoro. La recomiendo con ahínco a todos aquellos enamorados de la naturaleza extrema. No sólo es poco frecuentada por vehículos y gentes de paso, si no que además permite el acceso a arroyos subsidiarios de aguas cristalinas, a áreas de acampada de extrema limpieza, a mesas de piedra estratégicamente situadas que permiten almorzar escuchando el tamborileo de los picos y pitos

El agua cristalina del Aguascebas de Gil Cobo
reales, o el chasquido poderoso del zorzal charlo alzando el vuelo. Un lugar donde la belleza abruma y la cobertura del teléfono móvil flaquea. Justo en este punto, en el collado del Pocico, merece la pena detenerse y acercarse a las cumbres cercanas.
Es septiembre y las águilas culebreras se afanan por completar etapas en su migración a África. Es tan grandioso el escenario que se las detecta por sus reclamos y silbidos antes que con el ojo desnudo. Bandos de hasta veinte aves ciclean en lo alto mientras me afano por buscar a los responsables de los trinos escondidos entre el follaje. La migración avanza, y los papamoscas cerrojillos, colirrojos reales, mosquiteros papialbos y petirrojos atraviesan la sierra. Recorrer esos collados, el Sabinar de la Lancha del lobo o la Nava de las Castañetas nos permitirán acompañar a las aves en paso y disfrutarlas mientras reponen fuerzas, ingiriendo a destajo frutos de majoletos y aromáticas bayas de enebros y sabinas.
Cuando uno se aproxima al río Aguascebas de Gil Cobo y al Aguascebas Grande, la sierra se derrama -literalmente- sobre el visitante: intrincados pasillos y chimeneas calizas, pinos laricios colgados sobre el abismo, agujas puntiagudas con sabinas centenarias… sobrecoge el fragor de la vegetación peinada por el viento.

Atrapamoscas o grasilla
Merece la pena remontar estos dos cursos de agua -algo que hacían a diario los pastores de antaño- para encontrar algunas de las joyas mejor guardadas: una modesta planta: la grasilla o atrapamoscas (una Pinguicula endémica de estas sierras) que devora docenas de insectos cada temporada. Gusta de ambientes umbríos y húmedos, pero si buscamos con atención entre los extraplomos, cascadas, desfiladeros y repisas rocosas descubriremos otros habitantes huidizos como el águila real, el macho montés o el acrobático trepador azul colgado cabeza abajo.
Poco a poco, siguiendo el camino, dejando atrás los corpulentos ejemplares de arce granadino , la sierra empequeñece al acercarme al cauce del Guadalquivir, que cruzo por un moderno puente de metal y hormigón, continuando entonces hacia el embalse del Tranco, final de las rutas más frecuentadas del Parque Natural.

Antes de volver a Cazorla a través de Cotorríos y Arroyo Frío, decido probar las aguas del río Grande y termino mi jornada viajera dándome un chapuzón en las aguas mansas del Charco del Aceite. La tranquilidad de la jornada me reconforta ya que en más de setenta kilómetros de ruta sólo me he cruzado con un vehículo. La diferencia es palpable: ofrezco esta crónica desde un lugar desierto donde sólo suena el agua y los trinos de las aves que se acercan a beber en el río.
Nubes tormentosas resuenan en el borde serrano, hacia poniente.
Jorge Garzón ©2009