Octubre 7th, 2009Tenguerengue
Me hacÃan un comentario en unos de mis primeros post pidiéndome información gastronómica sobre las comarcas que visitase. Espero que no tenga queja: Moscatel, queso, tortas de Algarrobo, almendras, hortelanos… y esto no ha hecho más que empezar.
La vida de la comarca está en su mayorÃa asentada en las vegas del Alto Almanzora, por eso es tan mágico perderse por los distintos pueblos (habitados esta vez) de la Sierra de los Filabres, cómo Bacares o Laroya, porque todavÃa mantienen ese encanto tradicional que voy buscando en las tierras que visito. Trazados irregulares en la falda de la montaña, rodeado de huertos y animales, saludado por cada persona a la que encuentro; Laroya tiene un embrujo que no se puede encontrar en los pueblos de abajo.
He comido bien a lo largo de mis visitas: el conejo al ajillo que os comenté en Colmenar (AxarquÃa), un salmorejo de muerte en La Taberna de Purullena (Guadix) o el secreto a las ascuas que me zampé ayer mismo en la Posada del Candil. Pero el dÃa de hoy los supera a todos por la originalidad de los platos. Lo mejor para aliñar la exquisitez es la sorpresa.
Me dejo aconsejar por Antonia cuando entro al Restaurante Acacia y me pongo en sus manos. De primero me pone una de sus especialidades: Pampanico. Nunca lo habÃa probado. No es tÃpico de la zona pero sà es uno de sus platos favoritos (y ahora también el mÃo). Una mezcla de queso fresco y pimientos endulzados que se sirve de primero pero que podrÃa ser un postre fabuloso. Harto de comer chuletas de choto, me dice que tengo que probar el Calaito, un bizcocho bañado en licor al que tiene el detalle de añadir trozos de sus propias almendras. Otro placer para mi estomago sin fondo. Y después del café de rigor me saca un chupito de Mistela, un licor de la zona.
Antonia me hace compañÃa antes de que sus hijos lleguen del instituto. Se agradece. No es agradable comer, cenar y dormir solo dÃa tras dÃa. Charlamos sobre las palabras propias de la comarca que, como tantos aspectos de la cultura popular andaluza, se están perdiendo en el tiempo. Con una de ellas Antonia ha bautizado su propia casa ¿a ver si adivináis cuál?
J, tenguerengue
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