Laroya

Laroya

Me hacían un comentario en unos de mis primeros post pidiéndome información gastronómica sobre las comarcas que visitase. Espero que no tenga queja: Moscatel, queso, tortas de Algarrobo, almendras, hortelanos… y esto no ha hecho más que empezar.

La vida de la comarca está en su mayoría asentada en las vegas del Alto Almanzora, por eso es tan mágico perderse por los distintos pueblos (habitados esta vez) de la Sierra de los Filabres, cómo Bacares o Laroya, porque todavía mantienen ese encanto tradicional que voy buscando en las tierras que visito. Trazados irregulares en la falda de la montaña, rodeado de huertos y animales, saludado por cada persona a la que encuentro; Laroya tiene un embrujo que no se puede encontrar en los pueblos de abajo.

Iglesia de Laroya

Iglesia de Laroya

He comido bien a lo largo de mis visitas: el conejo al ajillo que os comenté en Colmenar (Axarquía), un salmorejo de muerte en La Taberna de Purullena (Guadix) o el secreto a las ascuas que me zampé ayer mismo en la Posada del Candil. Pero el día de hoy los supera a todos por la originalidad de los platos. Lo mejor para aliñar la exquisitez es la sorpresa.

Me dejo aconsejar por Antonia cuando entro al Restaurante Acacia y me pongo en sus manos. De primero me pone una de sus especialidades: Pampanico. Nunca lo había probado. No es típico de la zona pero sí es uno de sus platos favoritos (y ahora también el mío). Una mezcla de queso fresco y pimientos endulzados que se sirve de primero pero que podría ser un postre fabuloso. Harto de comer chuletas de choto, me dice que tengo que probar el Calaito, un bizcocho bañado en licor al que tiene el detalle de añadir trozos de sus propias almendras. Otro placer para mi estomago sin fondo. Y después del café de rigor me saca un chupito de Mistela, un licor de la zona.

Antonia me hace compañía antes de que sus hijos lleguen del instituto. Se agradece. No es agradable comer, cenar y dormir solo día tras día. Charlamos sobre las palabras propias de la comarca que, como tantos aspectos de la cultura popular andaluza, se están perdiendo en el tiempo. Con una de ellas Antonia ha bautizado su propia casa ¿a ver si adivináis cuál?

J, tenguerengue

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