Enero 22nd, 2010En Antequera, soñé que era Washington Irving
Aunque sólo y sin compañía rusa salí del Parador de Antequera en busca de las sensaciones románticas de los guiris viajeros del XIX, como un Washington Irving cualquiera.
Por si alguno lo duda, ya he notado que esto no es Granada, pero es Antequera, y por sus calles y plazas también arrastró sus pies el contador de “Cuentos de la Alhambra”. Además, esto es un sueño y en los sueños siempre pasan cosas raras.
Las vetustas posadas que tanto gustaban y dieron albergue al señor Irving en sus correrías andaluzas, nada tienen que ver con las calidades hospitalarias que me han ofrecido en el coqueto Parador de Antequera. Más estrellas tiene el cielo y aunque siempre he disfrutado de dormir al raso, las cuatro que luce esta posada las tiene bien merecidas, y más aún, después de degustar su pródigo desayuno.
El día se ha levantado regular, los nubarrones atenazan los cielos. Yo que pensaba que en Andalucía no llovía y que todo era sol, flamenco, toreadores y sangría (pensamiento filosófico del americano medio, sobre todo desde que también se celebran los encierros de San Fermín en Cádiz y los toros se escapan por la ciudad).
Muy cerca del Parador me topo con la plaza de toros (o de toreadores, porque el mío es un sueño americano), en medio del parque de María Cristina. ¿Que hubiera pensado Washington Irving de Curro Romero? Porque en el museo taurino de la plaza tienen un rincón dedicado al maestro. Estaba tan enamorado de Andalucía que seguro que se hacía “currista”. ¡Como somos los guiris! ¿Verdad?
Perezoso, 8 años, lidiado en 1848 tras tomar 28 varas y matar 7 caballos; el toreador salió ileso por pura pereza del animal. Nada como las corridas de la España romántica que llegó a ver mi ensoñado Irving. Ese toro con ojos de cristal me mira mal, mejor me voy.

Desde la Puerta Real o de Estepa me sumerjo en la ciudad guerrera, tantas veces nombrada en crónicas y romances, siguiendo la Alameda y la calle Infante Don Fernando. Los cenobios y casas palaciegas pronto salpican las aceras: la iglesia de San Juan de Dios, la Casa de los Pardo, el convento de Los Remedios, el Palacio Municipal; y en la calle de La Tercia la residencia de ancianos de la Casa del Conde de Pinofiel, la Casa del Conde de Colchado y la Casa de los Serrailler. Antes de llegar a la plaza de San Sebastián una calle larga se tira cuesta abajo hasta encontrar la iglesia de La Trinidad y en su descenso se abre la puerta del Palacio del Marqués de Villadarias (el patio interior merece un alto).
El señorío de la ciudad antequerana despliega su monumentalidad por todos los rincones y es difícil nombrarlos todos. Los barrios de El Coso Viejo, La Moraleda y Santiago presumen de viejos e ilustres, pero cuando se corona la Cuesta de San Judas se llega a la joya de Antequera, su Alcazaba árabe. Esa en la que una temprana mañana Washington Irving describió: “Desde allí, sentado sobre las ruinas de una torre medio desmoronada, me recreé con un paisaje grande y variado, hermoso por si mismo y repleto de románticos recuerdos históricos; porque me encontraba en el mismo corazón del país famoso por los caballerescos encuentros entre moros y cristianos.” A los encuentros caballerescos los historiadores siempre los han llamado de otra forma, pero no es tan romántica.
La visita a la Alcazaba es uno de los momentos cumbres del recorrido por Antequera y las vistas de toda la ciudad son inmejorables. Y a su lado la Real Colegiata de Santa María dedicada últimamente al culto pagano, con su entrada a la plaza por el arco de Los Gigantes. Un edificio renacentista con un artesonado mudéjar en el que tuve ocasión de ver al cantaor Miguel Poveda hace tres meses y eso creo que no lo soñé.
Las 14,00, las hambres me rodean y se hacen conmigo, dejaré a un lado el mundo de los sueños románticos para sumergirme en el de las tapas y vinos, algo que como guiri he aprendido con bastante facilidad. Regreso a la plaza del Coso Viejo y me abre la puerta La Vinoteca: 1ª tapa, “pío antequerano” (revuelto frío de patata, bacalao y naranja), con un vino de la Ribera del Duero, 1,80 euros. Me muevo tres pasos y enfrente me encuentro con El
Rincón de Lola: 2ª tapa, “porra antequerana” (tomate, pan y aceite) y otro Ribera, 2 euros. Cuatro pisadas a la izquierda y me sale al paso el mesón El Angelote: 3ª tapa, “migas” (con chorizo y jamón) y el Ribera me sigue, 1,75 euros. Me bajo por la calle Calzada y me topo con La Bamboche: 4ª tapa, “jibia a la plancha” (sin comentarios) y no dejo el Ribera, 1,50 euros. Un 
poco más adelante aparece el bar Toral: 5ª tapa, “boquerones”, ¡que bueno está el Ribera!; 6ª tapa, “chopito planchado”, el vino sigue siendo bueno. La 7ª tapa creo que la tome en el mesón El Tapeo, en una calle de un Obispo, pero no estoy muy seguro.
Esto de la ruta de las tapas es muy divertido, pero creo que me iré a dormir la siesta.
Pedro Retamar
















Enero 25th, 2010 a las 11:57
En mala hora he accedido a su recuento tapero… habrá que adelantar el aperitivo. Lo de considerar culto pagano a Miguel Poveda lo desapruebo, es más que divino, sobre todo cantando al poeta Muñoz Rojas como hizo en ese homenaje al centenario póstumo por pocos días .