Rebaños de ciervos en Selladores y Contadero

Rebaños de ciervos en la finca de Contadero y Selladores

En las lindes del Parque Natural de la Sierra de Andújar se alza la localidad de Baños de la Encina guardada por su Bury Al-Hamma, la alcazaba árabe construida por Al-Hakan II hace más de mil años. Pero lo que me ha traído a estas medianías montunas no son sus piedras históricas, sino las bravuras de sus campos. Unos montes bravíos por su foresta primigenia, por su fauna más salvaje y por los toros que pacen en sus fincas.

El Hotel Baños encaramado en lo más alto de la villa, en el Cerro de la Llaná, me ha dado cobijo en una de las noches más desabrigadas y húmedas de lo que llevo de viaje. ¡Que manera de llover! Las vistas sobre el resto del pueblo y sobre su espectacular fortaleza musulmana son impresionantes, solo por esto vale la pena cenar en su comedor acristalado.

Con el chaparrón incesante y una temperatura de un par de grados comienzo mi ruta por el campo bravo andujarano. Mi primer encuentro será con el embalse del río Rumblar, un pequeño afluente del Guadalquivir que zigzaguea entre las lomas cubiertas de jaras y brezos en las cercanías de Baños de la Encina. El camino se pierde entre olivares y el incesante trasiego de tractores embarrados cargados de aceitunas. La lluvia no para, pero la recogida de la aceituna no puede esperar más. Recorro el camino de Gorgogil, ese que acaba en el cortijo de Los Escoriales y en sus praderas encinadas salpicadas de toros bravos. De todos los animales criados por el hombre no hay otro que se parezca al toro bravo, es el único ganado doméstico que no se ha domesticado. Está claro que ha sido así por puro interés, pero que no cambie. Mirando las vacadas pastar entre las encinas te puedes imaginar los principios del pastoreo hace unos cuantos miles de años, cuando los animales cercanos al hombre no estaban troquelados como ahora. Una vaca de leche puede ser el bicho más tontorrón sobre la tierra, sin embargo una vaca brava mantiene  los instintos primitivos de la especie.

Las encinas chorrean como veneros pardos el aguacero constante, mientras el invierno corona su primera mitad el día de San Blás. Las tierras ahuecadas por las aguas verdean  anunciando la inminente primavera andaluza. Las lluvias caídas en el último mes harán renacer las dehesas con el mes de marzo más espectacular de la década.

En Los Escoriales el camino gira hacia el norte poniendo rumbo a los límites de la provincia entre haciendas inmensas donde las ganaderías bravas se mezclan con los rebaños de ciervos y muflones. La fincas de Navalentiscos, los Alarcones y Contadero y Selladores se suceden en la ruta ofreciendo un paisaje idílico  de montes asilvestrados en los que la naturaleza muestra su cara más pura. Un alomado Serengueti poblado de manadas de herbívoros, unos más dóciles que otros, y sobrevolado por águilas imperiales y perdiceras, buitres negros y leonados, y campeado por entre jaras y berrocales por nuestro gato particular, el lince ibérico.

En las postrimerías del pueblo de El Centenillo los serrijones se hacen más abruptos y las pizarras rojas brotan de la tierra entre pinares y brezales. Aquí los farallones rocosos guardan las nidadas de las grandes rapaces, carroñeras y cazadoras, y la mano humana se adivina en las laderas entre los restos de la vieja minería que antaño daba de comer a la mitad de la población.

Setenta kilómetros de ruta para perder los pasos entre los montes menos visitados del campo andujarano.

Pedro Retamar

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