Cerrada de ElĂ­as, en el barranco del rĂ­o Borosa

Cerrada de ElĂ­as, en el barranco del rĂ­o Borosa

Uno de los lugares más escondidos de estas sierras cazorlanas es el desfiladero del río Borosa, situado a mitad de camino entre el Centro de Interpretación de la Torre del Vinagre y el idílico paraje de Aguas Negras.  Una pista forestal parte de la Piscifactoría de Borosa remontando el río hacia la denominada Cerrada de Elías, donde las aguas fluviales han labrado un estrecho desfiladero. Los nacederos del río en las campas de Aguas Negras llevarán al excursionista hasta el salto de agua más impresionante de la sierra.

Los pasos perdidos por estas carreteras nocturnas me han traído hasta el hotel rural Noguera de la Sierpe, un hospedaje anclado en los tiempos en los que por aquí solo llegaban cazadores en busca de trofeos. Mucho debe haber cambiado la clientela en los últimos cuarenta años, pero el hotel sigue respirando el mismo ambiente.

Con mucho frío mañanero y las ganas del reencuentro comienzo esta excursión desde la vieja piscifactoría. La furia de las aguas ensordece los pasos del camino. Este no es el arroyo que conocí hace unos años, me lo han cambiado las lluvias y las nieves de las semanas pasadas. Resbala por el barranco con la turbulencia y el ímpetu de los ríos del Pirineo, con ese color verde grisáceo de los deshielos glaciares. Deseaba encontrarme con el Borosa en estas fechas invernales y no me ha defraudado, la realidad ha superado mis mejores expectativas.

Los derrumbes se suceden a lo largo del camino por los estragos de las lluvias torrenciales. El agua brota por todas las laderas del tajo. Trocha y río caminan juntos, pero lo que a uno le engorda a la otra le achica. Ya sabemos que vivir en pareja no es fácil.

Puentes de madera, puentes de piedra, senderos de pescadores y arropándolo todo el angosto barranco, que estrecha sus formas verticales poco a poco con sus cumbreras alineadas de pinos agarrados al abismo con las uñas de sus raíces. La pelona nocturna no termina de salir de los charcos, mientras el sol invernizo rehuye colarse en las honduras del desfiladero y las umbrías se apoderan del cauce dejando chupones de hielo en cada manadero. Las 11.00 de la mañana y el vaho de mi boca me dice que fuera de mi chambergo debe hacer un frío que pela.

Un cartel desvía mi trayectoria del camino principal hacia una estrecha vereda que se dirige a la llamada Cerrada de Elías. La senda adelgaza hasta la mínima expresión y se cuelga de la ladera. El desequilibrio y los húmedos barros de la huella montuna se acompañan de tupidas espesuras de quejigos, mirtos, lentiscos y madroños, que ocultan en ocasiones el río de la trocha y la trocha del río. Un entramado de pasarelas de madera clavadas en los paredones de roca permite el paso por encima de las aguas turbulentas en el tramo más espectacular de la ruta. El río se cuela por un tajo de roca viva de unos doscientos metros de largo en los que la pasarela es la única posibilidad de seguir el cauce.

Pasadas las apreturas de la Cerrada de Elías el lecho del río se hunde y el camino se empina en busca de los farallones del Alto del Infierno. Como siempre, un topónimo bastante descriptivo de lo que representan las descomunales moles rocosas que se levantan por encima del tajo fluvial, que además, en estos días relucen por mantener sus cabezas nevadas.

El último trecho del camino, muy cerca de la minicentral eléctrica, se abre dando cabida a buenas solanas donde se descubren pequeños rebaños de cabras montesas. La nieve de las cimas las han hecho descender hasta los calveros más abrigados del barranco del Borosa.

Tras el pequeño complejo eléctrico, por la diestra continua la vereda con dirección a la laguna de Valdeazores, pero a mitad de camino, el arroyo de Aguas Negras pierde el equilibrio desde lo alto de la Nava Noguera en forma de espectacular cascada. Cien metros de caída libre. Una escena natural que en estos momentos se encuentra en su mejor esplendor. La cascada de Los Órganos o de Aguas Negras.

Un paseo de diez kilómetros rematado con una de las visiones más impresionantes de la sierra de Cazorla.

Pedro Retamar

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