
La comarca del Valle Medio del Guadalquivir es, en realidad, la suma de dos subcomarcas que, separadas por la ciudad de Córdoba, reciben y despiden al río por el este y el oeste de la provincia. El cauce más bajo está presidido por Palma del Río, de la que ya os he hablado. La zona alta está coronada por la preciosa Montoro, uno de los paisajes urbanos más bonitos que he encontrado en la provincia de Córdoba. De hecho, después de la primera impresión de asombro que tuve al llegar, eché mano de recuerdos de viajes pasados para saber por qué me resultaba familiar.

La respuesta está, de hecho, cerca de mi (otra) tierra. Al final de otro de los grandes ríos ibéricos, el Duero, se encuentra la ciudad de Porto (Oporto, en castellano), un ejemplo del mismo espíritu arquitectónico en el que las casas van subiendo por la ladera de una montaña para tramar un esquema de callejuelas con vistas a un valle. Mirad esta foto que he encontrado en la wikipedia y decidme si no tiene un aire importante… Vale, la escala es distinta, porque Porto tiene una población veintidós veces mayor que Montoro y, aún así, la cordobesa puede presumir de un encanto parecido.
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Seguro que os acordáis de las historias de dos tiendas pioneras de las que os hablé hace poco y que buscan la comercialización por internet de dos de los productos estrella de Andalucía: el aceite de oliva de Baena y las harinas para hacer pan de la vega del Guadalhorce. No podía faltar otro de los frutos estrellas de esta tierra… las naranjas.
Y cuando hablamos de naranjas, siempre pensamos en el mismo lugar: las huertas rodeadas por el Guadalquivir y el Genil en el centro de la inmensa vega que rodea al río grande en su camino a través de las provincias de Córdoba y Sevilla. Justo entre las dos ciudades está Palma del Río, lugar del que os hablé en mi artículo anterior.
En Palma me he encontrado con Simón Egea, el responsable de comunicación de Naranpalma, la empresa de la que os hablo hoy.

Parece mentira que nos hayamos acostumbrado en los últimos años, incluso en las zonas más fértiles de Andalucía, a las frutas y verduras perfectamente formadas pero sin sabor que nos venden algunas grandes cadenas de supermercados. Hay tomates impecablemente redondos y de un rojo intenso que son poco más que bolsas de agua. Lo mismo pasa con las naranjas: muchas de las que compramos a los grandes distribuidores tienen un sabor que recuerda a los vasos de agua que tomamos recién levantados.
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Para completar el viaje por las tierras de la provincia de Córdoba tenía que venirme a ver el amplio territorio que baña el Guadalquivir, de oeste a este desde el lugar donde muere el Genil en Palma del Río al espectacular oporto interior que se marca el río al pasar por Montoro, al este de la provincia, muy cerca del límite con la vecina Jaén. Con la propia ciudad de Córdoba en el centro, las comarcas cordobesas del Guadalquivir ofrecen mucho más que el encanto de la milenaria capital del califato. Muchos de vosotros habréis pasado muchas veces por aquí sin haberos dado cuenta: el AVE de Sevilla a Madrid pasa por estas tierras con sus 300 km/h un cuarto de hora después de dejar Santa Justa y, sin saber lo que hace, pasa de largo y no deja apreciar el paisaje como se merece. Así que esta tierra merece mucho más que un tren de alta velocidad: una visita con calma en un tren regional es, dónde va a parar, mucho más placentera.

Para empezar a descubrirla, he decidido empezar por Palma del Río, el municipio más al oeste de la provincia. Tan al oeste está Palma que el acento de sus gentes dista de ser el característico cordobés de eses suaves y vocales abiertas y se acerca mucho más al de las vecinas Écija y Lora del Río. Además del acento, que me sonó extrañamente familiar después de haber estado recorriendo la provincia durante casi dos semanas, lo primero que llama la atención a cualquier visitante es el brillo de las naranjas sobre las hojas verde oscuro de los árboles en pleno mes de febrero. A los que llegan de tierras del norte les sorprende como al que más la abundancia de los naranjos, en número y en producción de su fruta, incluso en las calles de cualquier ciudad y pueblo.
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Cuando cae la noche en la Campiña Sur de Córdoba y el sueño va apagando el ánimo, el viajero puede acercarse a alguno de los lugares que os voy a presentar para dormir y descansar en silencio. Los dos primeros que os presento se encuentran en Santaella: las casas rurales ‘El Recreo’ y ‘Casa La Muela’ son dos expresiones del cariño que tiene Juan Palma, su propietario, por su pueblo y sus raíces.

La que veis sobre estas líneas es la casa rural El Recreo, hogar de la familia de Juan desde 1896. Después de una profunda restauración que mantuvo, sin embargo, el sabor tradicional de las casas de la campiña, en 2004 Juan la abrió como un alojamiento rural con cinco plazas. Tiene tres dormitorios, un cuarto de baño y el salón-cocina que veis arriba. Sin embargo, el verdadero tesoro de la casa es la bodega que ocupa todo el sótano del edificio. Justo enfrente de la casa, hace poco tiempo que Juan construyó un jardín con piscina, barbacoa y horno “donde salen muy bien los asados”, dice entre risas.
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Para completar el viaje a los días del Imperio Romano que empecé en Almedinilla decidí terminar mi visita a la Campiña Sur de Córdoba visitando dos magníficos tesoros que se han conservado en un estado casi perfecto desde aquellos tiempos de emperadores y patricios. Los mosaicos que veis arriba y abajo de estas líneas pertenecen a la magnífica colección de suelos que adornan la villa romana de Fuente Álamo, en Puente Genil. Para visitarla, he quedado con el responsable de la excavación, David Jaén.
Lo que hace único a este lugar no son, solamente, los mosaicos. “Lo que hace que Fuente Álamo sea especial es que aquí vivió gente durante diez siglos”, me dice David. De hecho, lo increíble es que haya huellas bien conservadas de los diferentes usos que tuvo este lugar: unas termas romanas en el siglo I, una villa en el siglo IV y una pequeña aldea con almazara hasta el siglo X.
Pero vamos por partes. Lee el resto de esta entrada »
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Aunque el nombre de Montilla suene solo a vino, esta pequeña ciudad cordobesa ofrece muchas más cosas que hacer y que ver entre copita y copita de Pedro Ximénez. Como en cualquier lugar, lo primero que se puede hacer es pasar por la oficina de turismo. Y será un buen comienzo: el propio edificio que la alberga es conocido como la Casa del Inca, porque en él vivió durante treinta años, nada menos, el mismísimo Inca Garcilaso de la Vega. El edificio guarda pequeños tesoros, como el despacho que ocupó el célebre inquilino, o unas botas de vino firmadas por Alfonso XIII y su nieto, el rey actual Juan Carlos I. Su patio empedrado, presidido por una enorme palmera, es uno de los más antiguos y bonitos que he visto hasta ahora.

Por lo demás, Montilla es una ciudad que se sabe señorial. Con un pequeño paseo por sus calles más céntricas, la Corredera y las que la rodean, permite descubrir detalles como la cristalera de arriba, que cierra con clase uno de los balcones más elegantes que he visto hasta ahora en mis viajes por Andalucía.
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Aunque Alvear y Pérez Barquero son los nombres que suenan siempre cuando pensamos en los vinos de Montilla-Moriles, existe un gran número de pequeños productores que siguen, generación tras generación, exprimiendo al final de cada verano las Pedro Ximénez para obtener el preciado mosto. De entre el gran número de lagares familiares, algunos destacan por su capacidad para vender sus vinos tras embotellarlos casi de manera artesanal. He decidido dedicar una tarde a conocer el lagar Cañada Navarro de la mano de uno de sus propietarios, Santiago Jiménez.

El pequeño edificio y las fincas que lo nutren están situados en la vereda del Cerro Macho, en la zona de mejor producción entre Montilla y Moriles. El padre de Santiago compró el lagar y las tierras en 1961 “aunque sus propietarios anteriores llevaban produciendo vino aquí desde hace mucho tiempo, unos 150 años”, me dice Santiago. Antes de la regulación de la producción vinícola de los últimos años, en estas tierras se alternaban los cultivos de vid y olivo. “Nosotros hemos resistido el avance del olivo, aunque hemos incorporado nuevas técnicas de cultivo como la espaldera”, que permite un acceso más sencillo con el tractor y mejora las posibilidades de tratamiento si es necesario.
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Andalucía ha sido siempre tierra de buenos vinos. Hay una tierra, de hecho, que ha destacado sobre muchas otras por su producción de uva Pedro Ximénez: la Campiña Sur de la provincia de Córdoba, especialmente los municipios de Montemayor, La Rambla, Aguilar, Puente Genil y, sobre todo, Montilla y Moriles, que dan nombre a los vinos que se exportan desde este rincón del centro de Andalucía a muchos países.

Los campos que rodean a estas ciudades cumplen con las condiciones óptimas para ofrecer uvas de gran calidad, tanto por las características del terreno como por el clima. Hay una zona particularmente afortunada para el cultivo de la Pedro Ximénez: los montes que separan a Montilla de Moriles que son considerados, de hecho, como la zona óptima para producir los vinos de la denominación Montilla-Moriles. A medio camino entre los aires serranos de la Subbética y los más suaves de la Vega del Guadalquivir, el clima suele ser perfecto y permite vendimiar en agosto, justo el momento en que la uva alcanza el grado de maduración justo que permite alcanzar una graduación alcohólica en torno a los 15º.
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Para terminar de conocer la Subbética (o para comenzar cualquier comida de buena mesa) podemos aliñar el viaje con un poco de aceite de oliva virgen extra. El otro día os decía que los amigos Juan y Federico están preparando una web para vender por internet el mejor aceite del mundo. Después de visitar la sede de la Denominación de Origen Priego de Córdoba estoy seguro de que en la tienda online podréis comprar muchas de sus marcas. ¿Por qué?

Pues porque la DO sólo certifica los aceites cuando han pasado por controles de calidad rigurosísimos. Para saber más, he hablado con Rafael Rodríguez, uno de los encargados de asegurar que el aceite de Priego, Almedinilla, Carcabuey y Fuente Tójar llegue a la mesa sin ningún tipo de impureza. De hecho, sólo el diez por ciento de los veinte millones de kilos de aceituna que se recogen en estos campos pasa el control y obtiene la preciada etiqueta que permite venderlo como auténtico aceite de Priego de Córdoba.
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Ninguna visita a la Subbética Cordobesa estaría completa sin una visita a la Casa del Burro, un hogar para decenas de estos animales que han visitado, durante los últimos años, algunas de las figuras más destacadas de la cultura española e internacional. No se trata de un refugio para los animales como el que visité hace tiempo en Fuente de Piedra, sino de un auténtico centro cultural. El responsable de la creación de este oasis en el medio de un pinar de la parte alta de Rute es Pascual Rovira.

Hace más de veinte años que Pascual se encargó de adaptar las instalaciones que iban a ser el cámping de Rute para acoger a más de cincuenta de estos animales. Pero su labor va más allá de criar y recoger burros. “En 1989 empezó nuestra militancia borriquera intentando crear una corriente de simpatía por estos animales”, decía hace poco en una entrevista para Callejeros. En los últimos veintiún años muchos escritores como Camilo José Cela y Rafael Alberti, actores y directores de cine como Almodóvar o la propia reina Sofía se han contagiado por esta corriente. Son, quizá, los dos casos más representativos de militantes de este particular cariño por los asnos, un animal cuya población se reduce año tras año al mismo ritmo que la mecanización del campo se impone en todos los rincones de Europa.
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