Después de pasarme trabajando unas horas en la habitación de la casa rural, me dirigí al encuentro de Carolina en la plaza de la Corredera. Allí estaba, rodeada de un grupo de amigos del pueblo, no sé si porque habían quedado con ella o porque, como pasa en cualquier pueblo cuando el tiempo acompaña, les era imposible cruzarse con alguien conocido y no pararse a charlar un rato. Carolina me presentó a Abraham, que estaba acompañado de Amelia y de su hija Silvia.

Aunque llegué puntual a la cita a las 9 de la noche, pronto me di cuenta de que podía haber dejado el reloj en la mochila. El tiempo de repente se paró. Fue algo así como a las 11 cuando Gabriel (Senderismo por Extremadura), Juande (Foroware.com), José y su familia (Desde Castellar hacia un más allá), Carolina (ADR Sierra de Cazorla) y yo, comandados por Abraham (Panorámica Cazorlense), salimos de la plaza para hacer el primer recorrido por la ciudad; tampoco importó la espera. Pasamos las dos primeras horas hablando de Cazorla, de sus calles, del parque natural, de los cotos de caza que amenazan o enriquecen -según la opinión de cada uno- la vida en los entornos naturales.

En realidad, las dos horas de charla animada fueron casi como el tiempo que necesitamos esperar para que cayera la noche y la luna se pusiera justo encima del castillo para darle un toque mágico al paisaje serrano. En nuestro recorrido, hablamos del nombre popular de la plaza de la Corredera (’Plaza del Huevo’, por la forma ovalada de su diseño y, hasta hace unos años, por la forma de huevo que describía el sentido de la circulación alrededor de la zona central de la plaza, hoy peatonalizada), del Ayuntamiento -antiguo convento mercedario- o de las numerosas leyendas que se siguen contando en la zona.

Castillo de la Yedra, Cazorla, por Luis_Jimenez / flickr

Castillo de la Yedra, Cazorla, por Luis_Jimenez / flickr

Entre ellas, destaca como un orgullo local la leyenda de la Tragantía, tan antigua como la lucha entre los musulmanes y los castellanos. Durante la reconquista de estas tierras estratégicas, y en el intento cristiano por dar el penúltimo paso y llegar a Granada para acabar con los siglos de esplendor de Al-Ándalus, cuenta la leyenda que el rey musulmán de Cazorla decidió esconder a su hija en los sótanos del castillo de la Yedra durante el asedio cristiano, convencido de que vencerían en la batalla. Sin embargo, los cristianos lograron matar al rey y a muchos cazorleños y hacerse con el control de la ciudad. La hija del rey quedó allí olvidada, encerrada para siempre. Cuentan que cada noche de san Juan (del 23 al 24 de junio) sale de su mazmorra secreta del castillo de la Yedra y recorre Cazorla para devorar a los más jóvenes vecinos, descendientes de aquellos que asesinaron a su padre hace ya tantos siglos.

Plaza de Santa María de Cazorla, por RBolance / flickr

Plaza de Santa María de Cazorla, por RBolance / flickr

La pasión con que Abraham contaba la historia y la magia de la calle de la Nubla, que dibuja un balcón cercano a la plaza de Santa María desde donde se puede ver la mejor panorámica del castillo, hizo que nos entrara, a nosotros también, el hambre y bajáramos por la pequeña cuesta que lleva a la vieja plaza. Nos sentamos en una de las terrazas más cercanas a las ruinas de la iglesia de Santa María y empezamos a disfrutar de muchos pequeños manjares… el combustible para las geniales rutas del fin de semana que os describiré en el próximo post.

Como os decía en el post anterior, poner un pie en Cazorla después de un viaje desde Sevilla (casi) sin parar supone para cualquiera un pequeño choque. De hecho, llegar a bajar del coche se convirtió en una aventura. Básicamente, porque no hice caso de las instrucciones de Carolina, nuestra amiga de la ADR Sierra de Cazorla, que en una conversación telefónica dos días antes de mi llegada me había advertido: “No intentes meterte por las callejuelas del centro de Cazorla; deja el coche en el aparcamiento de la villa turística y baja andando hasta la plaza”. Nada, ni caso. Debe ser que me estoy metiendo en el papel de un viajero intrépido y hago a mi coche pasar por experiencias que no se merece.

En fin, pocos minutos después, y con unos pequeños arañazos en ambos espejos retrovisores (os podéis imaginar el ancho de las callejas por donde hice pasar al pobre coche), acepté mi derrota y aparqué en una de las grandes protagonistas del fin de semana: la avenida del Cronista Lorenzo Polaino, quizá una de las cuestas con mayor inclinación de toda Cazorla. La casa rural estaba verdaderamente cerca. En pocos minutos, y gracias al navegador GPS de mi móvil, pude llegar a la Plaza de Santa María, el lugar donde me esperaba la magnífica casa rural que lleva el mismo nombre. En menos de lo que canta un gallo estaba ya instalado en la habitación número 5, un pequeño espacio abuhardillado dividido en dos espacios por un antiguo postigo de madera. Lo primero que llamó mi atención fue la decoración: se adivinaba que aquel espacio había sido un desván, pero la magnífica restauración había aportado una personalidad especial a aquel antiguo almacén del que -según supe más tarde- había sido durante muchos años el ayuntamiento de la ciudad. No pude entonces evitar el impulso de hacer unas cuantas fotos con el móvil. “Tengo que conseguir transmitir a mis amigos lo que estoy viendo”, pensé. Aquí está el resultado:

Sin más, encendí mi ordenador y me puse a trabajar. Todavía faltaban seis horas para el encuentro con Carolina en la plaza de la Corredera. Afortunadamente, mi móvil conocía a la plaza por ese nombre. Luego sabría que los cazorleños le suelen llamar ‘la plaza del Huevo’. La explicación es de lo más peregrina… pero os la contaré en un próximo post.

Panorámica de Cazorla, por Gabriel Villena Fernández / Cazorla a pie de foto

Panorámica de Cazorla, por Gabriel Villena Fernández / Cazorla a pie de foto

Las escapadas de fin de semana destinadas a ser recordadas durante mucho tiempo suelen ofrecer buenas sensaciones desde el primer momento. La pequeña ciudad de Cazorla, en el centro de la sierra a la que da nombre, ofrece buenas vibraciones mucho tiempo antes de llegar a sus calles. Cualquier viajero que se dirige hacia ella desde la Andalucía Occidental atraviesa un mar -un océano, para ser exactos- de olivos. Si ha cometido la imprudencia de no pararse en Úbeda o Baeza, dos ciudades patrimonio de la humanidad por su increíble espíritu renacentista, la monotonía de la expedición habrá durado varias horas sin ver mucho más que las enormes extensiones de campo cultivado que acompaña al Guadalquivir en su curso.

En cualquier caso, el premio de la llegada a Cazorla es entregado varios kilómetros antes de la meta. A medida que el viajero se acerca, es casi imposible que no rece o cruce los dedos para que la providencia cumpla su deseo: “Ojalá que aquella ciudad al pie de aquel escarpado acantilado de varios cientos de metros sea Cazorla y no me haya equivocado de destino”, pensará el trotamundos. Poco después, confirmará, para su alegría, que en efecto ese enclave privilegiado era, en efecto, la meta de su viaje.

Descubrir que es en este lugar donde pasará el fin de semana es un premio para cualquier viajero en búsqueda de nuevos descubrimientos. Saber que, además, llega a Cazorla para asistir a un encuentro de blogs rurales invitado por Abraham, un cazorleño enamorado de su tierra, es como encontrar una galleta en el fondo de ese paquete que creía vacío y que le había sabido a tan poco: el viajero está seguro de que podrá conseguir conocer Cazorla como muy pocos turistas, de esos que van de paso y con el único fin de sacar el número máximo de fotos antes de ir al siguiente destino, podrán soñar nunca.

Pongamos que yo fui el viajero este último fin de semana. Pongamos, también, que fui enviado al I Evento Blog Rural Ciudad de Cazorla por la coordinadora de este proyecto Miradas de Andalucía y que, por indicación del grupo de desarrollo rural de la Sierra de Cazorla, tenía que encontrar una casa rural situada en una vieja plaza situada en el centro de una maraña de callejuelas de origen árabe, poco aptas para la circulación de un coche del siglo XXI, llamada Plaza de Santa María. Pongamos que debía hacer todo eso e intentar que mi boca abierta por el asombro causado por este lugar único no dejara escapar sus efluvios. Cualquier viajero experimentado en estas tierras entenderá que todo ello no es tarea fácil para quien sólo ha pisado suelo jiennense en su paso entre Sevilla y Madrid. Pues bien: lo conseguí. Lo que pasó desde que bajé del coche será motivo de otro post.


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