Patio

Aunque el nombre de Montilla suene solo a vino, esta pequeña ciudad cordobesa ofrece muchas más cosas que hacer y que ver entre copita y copita de Pedro Ximénez. Como en cualquier lugar, lo primero que se puede hacer es pasar por la oficina de turismo. Y será un buen comienzo: el propio edificio que la alberga es conocido como la Casa del Inca, porque en él vivió durante treinta años, nada menos, el mismísimo Inca Garcilaso de la Vega. El edificio guarda pequeños tesoros, como el despacho que ocupó el célebre inquilino, o unas botas de vino firmadas por Alfonso XIII y su nieto, el rey actual Juan Carlos I. Su patio empedrado, presidido por una enorme palmera, es uno de los más antiguos y bonitos que he visto hasta ahora.

Cristalera

Por lo demás, Montilla es una ciudad que se sabe señorial. Con un pequeño paseo por sus calles más céntricas, la Corredera y las que la rodean, permite descubrir detalles como la cristalera de arriba, que cierra con clase uno de los balcones más elegantes que he visto hasta ahora en mis viajes por Andalucía.

Casa señorial

Pero no solo de experiencias estéticas se vive. Para reponer fuerzas, durante mis dos mediodías montillanos visité sendos restaurantes. El primero, la taberna La Chiva (en el número 40 de la calle de San Francisco Solano, que aquí llaman ‘la calle del santo’), un restaurante amplio que sirve comida tradicional y casera en su menú del día por ocho euros. También tiene carta.

Patio andaluz

También podéis visitar uno de los establecimientos de referencia en Montilla, el restaurante Paco Pepe, que ocupa una preciosa casa centenaria de estilo andaluz (está en la Cuesta del Muladar, 1). Podéis comer en sus salones o en el mismo patio cubierto que veis en la foto superior. Es un restaurante de mantel y brasero bajo la mesa en el que me sentí como en casa… aunque, en realidad, en mi cocina no hay ningún chef como Francisco José y de ella no salen, ni mucho menos, delicias como los lomos de bacalao al picadillo de naranja o el lomo de buey a la brasa del carbón de encina.

Entre alegrías de Camarón en su hilo musical, disfruté de un aperitivo de “chichos” de chorizo (lo que en Galicia llamamos ‘zorza’). Luego pedí un revuelto de bacalao y trigueros sobre base de jamón ibérico, servido en una gran canastilla de barquillo salado rodeado por una salsa dulce de pimiento al caramelo. Aunque la ración es generosa, no pude resistirme a probar de segundo unas milhojas de presa con foie al Pedro Ximénez. Los sabores tan característicos de la carne de presa, el foie y la mítica reducción de PX no se pelearon, ni mucho menos, sino que aliaron para unir por soleares el monte, la campiña y las granjas de patos. El precio por persona se encuentra en torno a 25-30 euros.

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