
La comarca del Valle Medio del Guadalquivir es, en realidad, la suma de dos subcomarcas que, separadas por la ciudad de Córdoba, reciben y despiden al rÃo por el este y el oeste de la provincia. El cauce más bajo está presidido por Palma del RÃo, de la que ya os he hablado. La zona alta está coronada por la preciosa Montoro, uno de los paisajes urbanos más bonitos que he encontrado en la provincia de Córdoba. De hecho, después de la primera impresión de asombro que tuve al llegar, eché mano de recuerdos de viajes pasados para saber por qué me resultaba familiar.

La respuesta está, de hecho, cerca de mi (otra) tierra. Al final de otro de los grandes rÃos ibéricos, el Duero, se encuentra la ciudad de Porto (Oporto, en castellano), un ejemplo del mismo espÃritu arquitectónico en el que las casas van subiendo por la ladera de una montaña para tramar un esquema de callejuelas con vistas a un valle. Mirad esta foto que he encontrado en la wikipedia y decidme si no tiene un aire importante… Vale, la escala es distinta, porque Porto tiene una población veintidós veces mayor que Montoro y, aún asÃ, la cordobesa puede presumir de un encanto parecido.
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AndalucÃa ha sido siempre tierra de buenos vinos. Hay una tierra, de hecho, que ha destacado sobre muchas otras por su producción de uva Pedro Ximénez: la Campiña Sur de la provincia de Córdoba, especialmente los municipios de Montemayor, La Rambla, Aguilar, Puente Genil y, sobre todo, Montilla y Moriles, que dan nombre a los vinos que se exportan desde este rincón del centro de AndalucÃa a muchos paÃses.

Los campos que rodean a estas ciudades cumplen con las condiciones óptimas para ofrecer uvas de gran calidad, tanto por las caracterÃsticas del terreno como por el clima. Hay una zona particularmente afortunada para el cultivo de la Pedro Ximénez: los montes que separan a Montilla de Moriles que son considerados, de hecho, como la zona óptima para producir los vinos de la denominación Montilla-Moriles. A medio camino entre los aires serranos de la Subbética y los más suaves de la Vega del Guadalquivir, el clima suele ser perfecto y permite vendimiar en agosto, justo el momento en que la uva alcanza el grado de maduración justo que permite alcanzar una graduación alcohólica en torno a los 15º.
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Hay muy buenos alojamientos en la Subbética Cordobesa. Entre todos ellos, os hablaré de los cinco que he conocido de primera mano… Normalmente paso tres dÃas en cada comarca, pero en esta ocasión he dedicado mi dÃa de descanso semanal a descubrir otros dos más, gracias a la estupenda gente del GDR y del Centro de Iniciativas TurÃsticas de la Subbética.

Hotel Huerta de Las Palomas | Priego de Córdoba
Un magnÃfico hotel de cuatro estrellas inaugurado hace pocos años. La cuidadÃsima decoración se basa en la arquitectura tradicional de los cortijos andaluces. Sus patios de varias alturas comunican las diferentes habitaciones, todas con nombres de pueblos de la comarca. La carta combina platos tÃpicos con nuevas interpretaciones de los sabores de la tierra. Tiene piscina, pista de tenis, salones para banquetes y convenciones y amplias zonas ajardinadas. De hecho, en el corazón de una de las zonas más bonitas de la comarca, la carretera de Priego a Zagrilla. Tenéis más información en su web http://www.zercahoteles.com/
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Poco a poco, como si fuera una mancha de aceite (y de eso aquà saben mucho), el uso de las tecnologÃas de la información va impregnando diferentes capas y tejidos sociales que hasta hace poco ni soñaban con acercarse a ellos. Más allá de las ciudades, el avance imparable de las diferentes aplicaciones de internet. Hay algunos casos que muestran el valor de esta verdadera revolución en el dÃa a dÃa. En mi recorrido por la Subbética Cordobesa he descubierto dos aplicaciones que son ejemplos claros de que aquella ’sociedad de la información’ de la que tanto se habló hace años es ya una realidad.
Guadalinfo Carcabuey | Preparados para las clases electrónicas
En el pequeño pueblo de Carcabuey existe uno de los 800 centros Guadalinfo que se reparten por las ocho provincias andaluzas. En él me encontré con Isabel, la dinamizadora local que ha puesto en marcha un programa de formación para los chavales de diez y once años del pueblo que recibirán, dentro de pocas semanas, uno de los netbooks que el gobierno prometió como parte de la educación digital para los niños de quinto curso de primaria. Cuando llegué, el grupo de diez chavales estaba inmerso en la escritura y la edición de textos con un procesador de código libre, como todo el software que se utiliza en los Guadalinfos. “Tenemos dos grupos de diez chavales cada uno para que aprendan a manejar el ordenador antes de que los reciban en la escuela”, me cuenta Isabel. Pero el poder de la tecnologÃa llega más allá.

AtraÃdas por sus hijos o quizá conscientes de que no pueden quedarse atrás, un grupo de madres ocupa los ordenadores cuando los chicos terminan la clase y se van a cualquiera de las otras actividades como atletismo, inglés o música con que llenan sus tardes. “En mi casa tengo ocho ordenadores y hasta ahora no me habÃa acercado a ellos”, bromea Rosaura mientras practica mecanografÃa y pone su pequeña piedra para terminar con la brecha digital, que ha separado a su generación, que creció con libretas y pizarras, de la de sus hijos que son nativos digitales porque han utilizado las herramientas digitales con naturalidad desde sus primeros años.
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Si los publicistas de coches hubieran sido de Cazorla, aquel mÃtico “¿Te gusta conducir?” habrÃa sido sido “¿Te gusta conducir sin prisas por paisajes increÃbles a más de 1.100 metros de altitud, con un tiempo perfecto, escuchando farrucas en la radio de tu coche?”.
La respuesta está bastante clara.

Empiezo mi segundo tour por las comarcas rurales de esta nuestra comunidad en una de las zonas que más ha exportado su imagen y sus productos al resto del mundo: la Campiña Norte de Jaén, ese enorme y famoso mar de olivos que atraviesa la autovÃa A4 y que acompaña al visitante que entra en AndalucÃa por Despeñaperros hasta que deja la provincia para seguir su viaje hacia Córdoba y Sevilla.
Los pueblos, agrupados en veinticinco municipios, sobresalen en las cotas más altas del paisaje ondulado como si fueran barcos sobre las olas de un océano verde y blanco. Las torres de sus iglesias y antiguas fortalezas parecen mástiles de carabelas, y las casas se arremolinan a su alrededor como si fueran velas que aprovechan el viento suave que sopla en la zona para llevar al visitante-navegante de un lugar a otro con la suavidad de una marejada de interior.

Y aunque parezca que por aquà todo sigue igual desde hace cientos de años, entre los campos de olivos están empezando a surgir otros huertos, estos algo más tecnológicos que los otros pero que siguen extrayendo lo mejor de la energÃa solar que llega, con tanta fuerza, a estas tierras… aunque hoy esté el dÃa algo nublado.

Por lo demás, ya me conocéis. No hay nada como empezar bien el dÃa, con un desayuno deluxe en alguno de los bares de la comarca. No os perdáis la barra de pan que me han puesto, el pedazo de café y la muestra de embutidos. Eso sÃ, aunque esta comarca es la cuna del aceite y el zumo de sus aceitunas se pasee por los cinco continentes (o seis, que seguro que algún cientÃfico polar se lo ha llevado a la Antártida de expedición), me han puesto el mÃtico Capricho Andaluz cordobés. Seguiré buscando para el desayuno de mañana y, si no, me bajo en cualquier campo y exprimo yo un poco.

Una vaca  (aquà hay muchas más) y una de las mejores puestas de sol justo donde el viejo Mediterráneo se une con el inmenso Atlántico. Es la playa de Bolonia, en Tarifa. PodrÃa hablaros de la duna que recorrà con Javi, del baño que me di (¡en pleno mes de octubre!) y de la atmósfera tan mágica que rodeó a la tarde en que hice esta foto. De todas formas, todo lo que pudiera escribir a partir de aquà sobrarÃa. Fue el mejor broche que pude poner a tres (en realidad, al final alargué mi viaje hasta cuatro) dÃas inolvidables en Los Alcornocales.

Aunque después de otros dos viajes para Miradas puedo decir que en cualquier pueblo de AndalucÃa se recibe al viajero con los brazos abiertos, al llegar a Alcalá de los Gazules para empezar a recorrer mi tercera comarca me di cuenta de que todavÃa soy capaz de sorprenderme con la bondad de los desconocidos (aunque suene un poco a obra de teatro de Tenessee Williams). Mari Santos, la propietaria de la Casa de Bárbara, la casa rural donde iba a pasar mi primera noche en Los Alcornocales, me esperaba para ofrecerme uno de los mejores recibimientos que recuerdo.
Mari Santos es una enamorada de su pueblo. Su propio nombre, de hecho, es el mismo que el de la patrona de Alcalá, todo un sÃntoma de que las raÃces que tiene en el suelo de Los Alcornocales son fuertes. No solo me ofreció explicaciones detalladas de la historia del pueblo y respondió pacientemente a mis preguntas (”¿Qué son los gazules?”), sino que me reservaba una agradable sorpresa que terminó de conquistar mi estómago goloso. En la mesa del salón de la Casa de Bárbara me esperaba una muestra de las diferentes variedades de bollos, queso y reposterÃa de los que puede disfrutar el visitante de este rincón tan especial de la sierra de Cádiz: molletes, queso artesanal de cabra, tortas de pellizco, merengues, polvorones de almendra… “Te he traÃdo uno de cada, para que los puedas probar todos”, añadió Mari Santos.
La bienvenida se completó con un completo paseo por el pueblo, que os contaré en la siguiente entrada, y con una visita a uno de los bares de la Alameda de la Cruz, donde pude seguir deleitándome con unas cabrillas y una tapa de carne en salsa.

Un detalle de la Casa de Bárbara / Foto: casadebarbara.com
Por cierto… Los gazules eran los integrantes de la familia bereber que reinó en la zona durante los primeros años de dominación musulmana, justo después de la conquista de la PenÃnsula en el siglo VIII.
Como os decÃa en el post anterior, poner un pie en Cazorla después de un viaje desde Sevilla (casi) sin parar supone para cualquiera un pequeño choque. De hecho, llegar a bajar del coche se convirtió en una aventura. Básicamente, porque no hice caso de las instrucciones de Carolina, nuestra amiga de la ADR Sierra de Cazorla, que en una conversación telefónica dos dÃas antes de mi llegada me habÃa advertido: “No intentes meterte por las callejuelas del centro de Cazorla; deja el coche en el aparcamiento de la villa turÃstica y baja andando hasta la plaza”. Nada, ni caso. Debe ser que me estoy metiendo en el papel de un viajero intrépido y hago a mi coche pasar por experiencias que no se merece.
En fin, pocos minutos después, y con unos pequeños arañazos en ambos espejos retrovisores (os podéis imaginar el ancho de las callejas por donde hice pasar al pobre coche), acepté mi derrota y aparqué en una de las grandes protagonistas del fin de semana: la avenida del Cronista Lorenzo Polaino, quizá una de las cuestas con mayor inclinación de toda Cazorla. La casa rural estaba verdaderamente cerca. En pocos minutos, y gracias al navegador GPS de mi móvil, pude llegar a la Plaza de Santa MarÃa, el lugar donde me esperaba la magnÃfica casa rural que lleva el mismo nombre. En menos de lo que canta un gallo estaba ya instalado en la habitación número 5, un pequeño espacio abuhardillado dividido en dos espacios por un antiguo postigo de madera. Lo primero que llamó mi atención fue la decoración: se adivinaba que aquel espacio habÃa sido un desván, pero la magnÃfica restauración habÃa aportado una personalidad especial a aquel antiguo almacén del que -según supe más tarde- habÃa sido durante muchos años el ayuntamiento de la ciudad. No pude entonces evitar el impulso de hacer unas cuantas fotos con el móvil. “Tengo que conseguir transmitir a mis amigos lo que estoy viendo”, pensé. Aquà está el resultado:
Sin más, encendà mi ordenador y me puse a trabajar. TodavÃa faltaban seis horas para el encuentro con Carolina en la plaza de la Corredera. Afortunadamente, mi móvil conocÃa a la plaza por ese nombre. Luego sabrÃa que los cazorleños le suelen llamar ‘la plaza del Huevo’. La explicación es de lo más peregrina… pero os la contaré en un próximo post.