Chimenea

Aunque la mayores y más conocidas riquezas de la Sierra de (Cazorla y) El Pozo son las naturales, hay algunas cosas que el hombre ha construido en la zona y que resultan casi geniales. Entre ellas, destacan las cuevas que se utilizan como viviendas en lugares como Fontanar, una pequeña pedanía de Pozo Alcón cercana al mirador del Lirio que os enseñé ayer.

Guiado por Manuel, pude entrar en una de las cuevas que, aunque tienen varias décadas, él mismo reformó hace poco tiempo y vendió después a una familia melillense que se ha establecido en el pueblo. “Cuando llegué los techos no pasaban de 1,70 metros… tuvieron que venir varios picadores expertos para dejarla como la ves ahora”, me comentó.

Vivir en una cueva

El trabajo es, como podéis comprobar en la foto, realmente bueno. Con una temperatura constante y muy agradable, pasar un rato en la cueva permite al viajero trasladarse a otros tiempos, pero con las comodidades de ahora. De hecho, algunas de ellas tienen, delante de la puerta, hasta una piscina. Desgraciadamente, no existen cuevas públicas que se puedan visitar, aunque varias de ellas están en venta y los precios son muy buenos… sobre todo para los que estamos acostumbrados a oír hablar de hipotecas de varios cientos de miles de euros por casas de 60 metros cuadrados en una capital de provincia. Estos precios han resultado atractivos para gente de varios países, que pasan en las cuevas de Fontanar varias semanas o meses cada año. “Conozco a varios ingleses e italianos que compraron cuevas y llevan viniendo ya muchos años”, afirma Manuel.

Entre los atractivos humanos (es decir, los que no provienen directamente de la naturaleza) de Fontanar está también el belén viviente que todas las navidades se representa en la calle principal del pueblo y sobre el que podéis leer más en la web del pueblo.

Hacienda Sierra del Pozo, en Pozo Alcón / Foto: Manuel Pinea
Hacienda Sierra del Pozo, en Pozo Alcón / Foto: Manuel Pinea

Después de tanta visita, y no sin cierta pena por dejar la zona, nos dirigimos de nuevo a la Hacienda Sierra del Pozo, la casa de Manuel y Anna, donde pasé mi última noche al lado de una chimenea encendida, con leña que desprendía uno de los olores más entrañables del otoño. Ojalá hubiera tenido unas castañas para asar… ;)

Próximo destino: Arroyo Frío, en La Iruela, justo en la otra punta del parque natural.

Desde la altura

Parece que hoy ha sido un día realmente fructífero para los mirones… Jorge ha encontrado en La Algaba (cerca de Ronda, Málaga) un lugar donde el tiempo se detuvo hace miles de años y puedes volver al Paleolítico con sólo pasar una cancela. Y yo he encontrado, en un paseo cerca de Pozo Alcón, un bicho que bien podría haber salido de una película de dinosaurios. Dadle al ‘play’ y decidme si no es extraordinario:

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Vegetación

Aunque forman parte del mismo municipio, llamado Castellar de la Frontera, entre Jimena y San Roque existen dos pueblos. El que veis en estas fotos es Castellar viejo, a las faldas del castillo que un día (bueno, un siglo… el XII) construyeron los musulmanes y que hoy es un complejo turístico. En la década de 1960, y con motivo de la construcción del pantano que veis en las fotos –uno de tantos que se construyeron en aquellos años–, la mayoría de los habitantes de Castellar dejaron el casco antiguo y se fueron al pueblo nuevo, situado a 9 km de distancia. Desde entonces, muchos habitantes de fuera empezaron a llegar, movidos por el espíritu hippy, para ir repoblando, poco a poco, el viejo Castellar y darle un aire completamente diferente al original.

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Pasillo de La Tahona Vieja

En pleno centro de Jimena de la Frontera (calle Sevilla, 119) se encuentra La Tahona Vieja, una casa rural ubicada en una antigua panadería que ofrece un gran encanto para el viajero. Desgraciadamente, ya no quedan los olores del pan recién hecho. Echándole imaginación, sí podemos descubrir otras huellas de su pasado, como las repisas donde se colocaban los bollos de masa para que descansaran antes de entrar al horno (aunque hoy sirven como somier para un sofá cama en el que caben dos personas y donde se debe estar genial cuando fuera hace frío). La casa tiene capacidad para seis personas, en sus dos habitaciones dobles y en su salón con este sofá-repisa para pan.

De todas formas, el elemento más mágico es la escalera… Según me comentó Javi, la escalera servía hasta hace bien poco –hasta la rehabilitación de la casa hace unos años, de hecho– como callejón de la época mozárabe entre la calle de Sevilla y la calle de La Loba, por lo que no era nada raro pasar por ella y encontrarse a la señora que vivía aquí hasta hace unos años en su salón o en la cocina, cada uno de ellos a un lado de la empinada cuesta. El pasaje, de unos 30 metros de longitud, está empedrada y sus escalones están marcados con traviesas de madera, como podéis ver en la foto.

La casa, como el resto del casco histórico de Jimena de la Frontera, está en una zona de buena cobertura 3G. Puede parecer poco importante… pero para el viajero que, como yo, necesita estar conectado en todo momento para escribir y subir contenidos a la red, nunca está de más contar con estos adelantos de la comunicación inalámbrica. De hecho, siempre estoy buscando sitios donde tenga buena cobertura, porque subir 20 ó 30 fotos es imposible con una conexión GSM. Para estos menesteres, o para pasar la tarde en silencio disfrutando de un buen libro, la Tahona tiene una pequeña sala de lectura en la parte superior, bien iluminada y con mesa camilla incluida, que hará las delicias de los viajeros más lectores o más tecnológicos (o más tecnodependientes, que de todo hay).

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Octubre 3rd, 2009Jimena y los jimenatos

Subida al castillo

Después de dejar Alcalá de los Gazules, me dirigí a Jimena de la Frontera. El viaje es increíble, por una carretera que te lleva bordeando el parque de Los Alcornocales y que permite al viajero descubrir algunas de las mejores vistas que se pueden encontrar de la sierra de Cádiz (y de un trocito de Málaga… porque la carretera atraviesa el municipio de Cortes de la Frontera, un pueblo que, a pesar de estar en otra provincia, es también parte de la comarca).

Al llegar a Jimena, me dirigí a La Tahona Vieja, una casa rural donde iba a pasar las siguientes dos noches y del que os hablaré en el próximo post. Con Andrea, que venía a darme la llave de la casa, venía Javi, su sobrino, un jimenato (así se llaman los habitantes de Jimena) que me invitó a visitar el castillo que preside el pueblo. Lee el resto de esta entrada »

Vista general

Aunque después de otros dos viajes para Miradas puedo decir que en cualquier pueblo de Andalucía se recibe al viajero con los brazos abiertos, al llegar a Alcalá de los Gazules para empezar a recorrer mi tercera comarca me di cuenta de que todavía soy capaz de sorprenderme con la bondad de los desconocidos (aunque suene un poco a obra de teatro de Tenessee Williams). Mari Santos, la propietaria de la Casa de Bárbara, la casa rural donde iba a pasar mi primera noche en Los Alcornocales, me esperaba para ofrecerme uno de los mejores recibimientos que recuerdo.

Mari Santos es una enamorada de su pueblo. Su propio nombre, de hecho, es el mismo que el de la patrona de Alcalá, todo un síntoma de que las raíces que tiene en el suelo de Los Alcornocales son fuertes. No solo me ofreció explicaciones detalladas de la historia del pueblo y respondió pacientemente a mis preguntas (”¿Qué son los gazules?”), sino que me reservaba una agradable sorpresa que terminó de conquistar mi estómago goloso. En la mesa del salón de la Casa de Bárbara me esperaba una muestra de las diferentes variedades de bollos, queso y repostería de los que puede disfrutar el visitante de este rincón tan especial de la sierra de Cádiz: molletes, queso artesanal de cabra, tortas de pellizco, merengues, polvorones de almendra… “Te he traído uno de cada, para que los puedas probar todos”, añadió Mari Santos.

La bienvenida se completó con un completo paseo por el pueblo, que os contaré en la siguiente entrada, y con una visita a uno de los bares de la Alameda de la Cruz, donde pude seguir deleitándome con unas cabrillas y una tapa de carne en salsa.

Un detalle de la Casa de Bárbara / Foto: casadebarbara.com

Un detalle de la Casa de Bárbara / Foto: casadebarbara.com

Por cierto… Los gazules eran los integrantes de la familia bereber que reinó en la zona durante los primeros años de dominación musulmana, justo después de la conquista de la Península en el siglo VIII.

Después de pasarme trabajando unas horas en la habitación de la casa rural, me dirigí al encuentro de Carolina en la plaza de la Corredera. Allí estaba, rodeada de un grupo de amigos del pueblo, no sé si porque habían quedado con ella o porque, como pasa en cualquier pueblo cuando el tiempo acompaña, les era imposible cruzarse con alguien conocido y no pararse a charlar un rato. Carolina me presentó a Abraham, que estaba acompañado de Amelia y de su hija Silvia.

Aunque llegué puntual a la cita a las 9 de la noche, pronto me di cuenta de que podía haber dejado el reloj en la mochila. El tiempo de repente se paró. Fue algo así como a las 11 cuando Gabriel (Senderismo por Extremadura), Juande (Foroware.com), José y su familia (Desde Castellar hacia un más allá), Carolina (ADR Sierra de Cazorla) y yo, comandados por Abraham (Panorámica Cazorlense), salimos de la plaza para hacer el primer recorrido por la ciudad; tampoco importó la espera. Pasamos las dos primeras horas hablando de Cazorla, de sus calles, del parque natural, de los cotos de caza que amenazan o enriquecen -según la opinión de cada uno- la vida en los entornos naturales.

En realidad, las dos horas de charla animada fueron casi como el tiempo que necesitamos esperar para que cayera la noche y la luna se pusiera justo encima del castillo para darle un toque mágico al paisaje serrano. En nuestro recorrido, hablamos del nombre popular de la plaza de la Corredera (’Plaza del Huevo’, por la forma ovalada de su diseño y, hasta hace unos años, por la forma de huevo que describía el sentido de la circulación alrededor de la zona central de la plaza, hoy peatonalizada), del Ayuntamiento -antiguo convento mercedario- o de las numerosas leyendas que se siguen contando en la zona.

Castillo de la Yedra, Cazorla, por Luis_Jimenez / flickr

Castillo de la Yedra, Cazorla, por Luis_Jimenez / flickr

Entre ellas, destaca como un orgullo local la leyenda de la Tragantía, tan antigua como la lucha entre los musulmanes y los castellanos. Durante la reconquista de estas tierras estratégicas, y en el intento cristiano por dar el penúltimo paso y llegar a Granada para acabar con los siglos de esplendor de Al-Ándalus, cuenta la leyenda que el rey musulmán de Cazorla decidió esconder a su hija en los sótanos del castillo de la Yedra durante el asedio cristiano, convencido de que vencerían en la batalla. Sin embargo, los cristianos lograron matar al rey y a muchos cazorleños y hacerse con el control de la ciudad. La hija del rey quedó allí olvidada, encerrada para siempre. Cuentan que cada noche de san Juan (del 23 al 24 de junio) sale de su mazmorra secreta del castillo de la Yedra y recorre Cazorla para devorar a los más jóvenes vecinos, descendientes de aquellos que asesinaron a su padre hace ya tantos siglos.

Plaza de Santa María de Cazorla, por RBolance / flickr

Plaza de Santa María de Cazorla, por RBolance / flickr

La pasión con que Abraham contaba la historia y la magia de la calle de la Nubla, que dibuja un balcón cercano a la plaza de Santa María desde donde se puede ver la mejor panorámica del castillo, hizo que nos entrara, a nosotros también, el hambre y bajáramos por la pequeña cuesta que lleva a la vieja plaza. Nos sentamos en una de las terrazas más cercanas a las ruinas de la iglesia de Santa María y empezamos a disfrutar de muchos pequeños manjares… el combustible para las geniales rutas del fin de semana que os describiré en el próximo post.

Como os decía en el post anterior, poner un pie en Cazorla después de un viaje desde Sevilla (casi) sin parar supone para cualquiera un pequeño choque. De hecho, llegar a bajar del coche se convirtió en una aventura. Básicamente, porque no hice caso de las instrucciones de Carolina, nuestra amiga de la ADR Sierra de Cazorla, que en una conversación telefónica dos días antes de mi llegada me había advertido: “No intentes meterte por las callejuelas del centro de Cazorla; deja el coche en el aparcamiento de la villa turística y baja andando hasta la plaza”. Nada, ni caso. Debe ser que me estoy metiendo en el papel de un viajero intrépido y hago a mi coche pasar por experiencias que no se merece.

En fin, pocos minutos después, y con unos pequeños arañazos en ambos espejos retrovisores (os podéis imaginar el ancho de las callejas por donde hice pasar al pobre coche), acepté mi derrota y aparqué en una de las grandes protagonistas del fin de semana: la avenida del Cronista Lorenzo Polaino, quizá una de las cuestas con mayor inclinación de toda Cazorla. La casa rural estaba verdaderamente cerca. En pocos minutos, y gracias al navegador GPS de mi móvil, pude llegar a la Plaza de Santa María, el lugar donde me esperaba la magnífica casa rural que lleva el mismo nombre. En menos de lo que canta un gallo estaba ya instalado en la habitación número 5, un pequeño espacio abuhardillado dividido en dos espacios por un antiguo postigo de madera. Lo primero que llamó mi atención fue la decoración: se adivinaba que aquel espacio había sido un desván, pero la magnífica restauración había aportado una personalidad especial a aquel antiguo almacén del que -según supe más tarde- había sido durante muchos años el ayuntamiento de la ciudad. No pude entonces evitar el impulso de hacer unas cuantas fotos con el móvil. “Tengo que conseguir transmitir a mis amigos lo que estoy viendo”, pensé. Aquí está el resultado:

Sin más, encendí mi ordenador y me puse a trabajar. Todavía faltaban seis horas para el encuentro con Carolina en la plaza de la Corredera. Afortunadamente, mi móvil conocía a la plaza por ese nombre. Luego sabría que los cazorleños le suelen llamar ‘la plaza del Huevo’. La explicación es de lo más peregrina… pero os la contaré en un próximo post.


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