
Aunque hace poco mi compañero Jorge estuvo también por El Torcal, y nos lo contó tan bien como siempre en su blog, cualquier viajero que pase por aquí tiene que hacer una visita a este rincón mágico. Yo tampoco pude dejar de pasar la oportunidad, sobre todo al contar con un guía excepcional, Ramiro.
El Torcal es el resultado de un capricho geológico que no soy capaz de entender completamente. Cómo media Península Ibérica estaba bajo el agua y cómo emergió y llegó a formar catedrales como esta no es un proceso sencillo ni comprensible para quien ha estudiado una carrera de letras. Para ayudar a estos viajeros (y a los niños, y a los jóvenes, y a cualquiera que llegue por aquí) a entenderlo, hace poco tiempo se ha abierto un centro de interpretación junto a la carretera que lleva desde Villanueva de la Concepción hasta El Torcal. Este ‘centro de interpretación’ es uno de los que responde bien a esta etiqueta que ha proliferado como una especie de seta por las zonas rurales en los últimos años.

Después de visitar el centro, sólo te quedan ganas de salir a comprobar qué maravillas ha creado la naturaleza al haber conjugado en un sitio tan concreto tantas maravillas geológicas.
Y no sólo de piedras se nutrió mi visita: la compañía de Ramiro sirvió para conocer, de primera mano, la realidad de la gente que vive en la comarca sin pasar por folletos turísticos ni portales instltucionales (que están muy bien, no digo yo que no –sólo faltaría– pero que muchas veces se quedan cortos en sus descripciones de la realidad del día a día en las zonas rurales).

La ruta por las maravillas pétreas que veis en las fotos que ilustran esta entrada, y que podéis ampliar en las que he subido a un álbum en flickr, alternó el disfrute estético de las vistas con el debate animado de hacia dónde deberían dirigirse los esfuerzos en el desarrollo turístico: que si hay que mostrar más turismo que la semana santa, que si debemos ofrecer experiencias auténticas a los turistas, que si la zona tiene un déficit de infraestructuras que sólo va reduciéndose muy lentamente, que si la instalación de los parques eólicos proyectados va a estropear, para siempre, la mágica atmósfera de la zona, que si la presencia de la burra Margarita en las manifestaciones se ha convertido en un símbolo de las reivindicaciones de los vecinos…

Uno de los grandes momentos del día tuvo lugar en la Venta Pastelero (está en la pedanía de Pastelero que se encuentra a medio camino entre Villanueva de la Concepción y Almogía), cuando Paco, el dueño del restaurante, me tomó nota en gallego. No, no es que hayamos colonizado ya la zona… sino que vivió durante quince años en Suiza entre emigrantes y aprendió a hablar una variedad de gallego-andaluz que bien podría considerarse el idioma criollo más bonito del mundo.

La jornada terminó en Almogía, un pequeño pueblo al sur de la comarca que está considerado como la cuna de una de las manifestaciones de la cultura popular más características de la provincia de Málaga: el verdial, una fiesta que hunde sus raíces en la historia antigua y que se mantiene intacta, sobreviviendo al impacto uniformador de las ferias y semanas santas en el calendario festivo de la zona interior de Málaga. El sombrero de flores con cintas de muchos colores, panderetas y crótalos que veis en la foto son los símbolos que distinguen a esta muestra cultural única. Youtube tiene una gran colección de vídeos donde saborear las fiestas de verdiales.
