Aunque tanto Pozo Alcón como la pedanía de Arroyo Frío, en la Iruela, forman parte de la comarca de Cazorla, conducir entre uno y otro sitio bien puede convertirse en la aventura de un día de otoño. Entre los dos extremos hay poco más de ochenta kilómetros.  Según Google Maps, ese engendro que estoy empezando a odiar pero del que dependo para casi todo, lleva casi dos horas recorrerla. Hay que pasar por Hinojares, Huesa, Quesada, Cazorla y La Iruela antes de llegar al destino, subir y bajar varios puertos, pasar decenas de curvas, esquivar unos cuantos coches… y, si la hora acompaña, parar a comer en alguno de los sitios que se apostan a los lados de la carretera para dar de comer al hambriento y de beber al sediento (o ambas, en el caso de los que disfrutamos con la buena mesa en cualquier momento).

La carretera, con todo, depara algunas sorpresas de esas que se graban a fuego en la memoria y que hacen que deseemos volver a recorrerla en cualquier momento. Echad un vistazo:

Cazorla

…una vista genial de Cazorla, con su castillo (a la derecha) que se yergue orgulloso sobre su pueblo y que guarda misterios como la leyenda de La Tragantía, y que disfruta de un telón de fondo que ya quisieran muchos, la Peña de los Halcones…

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Si los publicistas de coches hubieran sido de Cazorla, aquel mítico “¿Te gusta conducir?” habría sido sido “¿Te gusta conducir sin prisas por paisajes increíbles a más de 1.100 metros de altitud, con un tiempo perfecto, escuchando farrucas en la radio de tu coche?”.

La respuesta está bastante clara.

Chimenea

Aunque la mayores y más conocidas riquezas de la Sierra de (Cazorla y) El Pozo son las naturales, hay algunas cosas que el hombre ha construido en la zona y que resultan casi geniales. Entre ellas, destacan las cuevas que se utilizan como viviendas en lugares como Fontanar, una pequeña pedanía de Pozo Alcón cercana al mirador del Lirio que os enseñé ayer.

Guiado por Manuel, pude entrar en una de las cuevas que, aunque tienen varias décadas, él mismo reformó hace poco tiempo y vendió después a una familia melillense que se ha establecido en el pueblo. “Cuando llegué los techos no pasaban de 1,70 metros… tuvieron que venir varios picadores expertos para dejarla como la ves ahora”, me comentó.

Vivir en una cueva

El trabajo es, como podéis comprobar en la foto, realmente bueno. Con una temperatura constante y muy agradable, pasar un rato en la cueva permite al viajero trasladarse a otros tiempos, pero con las comodidades de ahora. De hecho, algunas de ellas tienen, delante de la puerta, hasta una piscina. Desgraciadamente, no existen cuevas públicas que se puedan visitar, aunque varias de ellas están en venta y los precios son muy buenos… sobre todo para los que estamos acostumbrados a oír hablar de hipotecas de varios cientos de miles de euros por casas de 60 metros cuadrados en una capital de provincia. Estos precios han resultado atractivos para gente de varios países, que pasan en las cuevas de Fontanar varias semanas o meses cada año. “Conozco a varios ingleses e italianos que compraron cuevas y llevan viniendo ya muchos años”, afirma Manuel.

Entre los atractivos humanos (es decir, los que no provienen directamente de la naturaleza) de Fontanar está también el belén viviente que todas las navidades se representa en la calle principal del pueblo y sobre el que podéis leer más en la web del pueblo.

Hacienda Sierra del Pozo, en Pozo Alcón / Foto: Manuel Pinea
Hacienda Sierra del Pozo, en Pozo Alcón / Foto: Manuel Pinea

Después de tanta visita, y no sin cierta pena por dejar la zona, nos dirigimos de nuevo a la Hacienda Sierra del Pozo, la casa de Manuel y Anna, donde pasé mi última noche al lado de una chimenea encendida, con leña que desprendía uno de los olores más entrañables del otoño. Ojalá hubiera tenido unas castañas para asar… ;)

Próximo destino: Arroyo Frío, en La Iruela, justo en la otra punta del parque natural.

Desde la altura

Parece que hoy ha sido un día realmente fructífero para los mirones… Jorge ha encontrado en La Algaba (cerca de Ronda, Málaga) un lugar donde el tiempo se detuvo hace miles de años y puedes volver al Paleolítico con sólo pasar una cancela. Y yo he encontrado, en un paseo cerca de Pozo Alcón, un bicho que bien podría haber salido de una película de dinosaurios. Dadle al ‘play’ y decidme si no es extraordinario:

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Como os decía en el post anterior, poner un pie en Cazorla después de un viaje desde Sevilla (casi) sin parar supone para cualquiera un pequeño choque. De hecho, llegar a bajar del coche se convirtió en una aventura. Básicamente, porque no hice caso de las instrucciones de Carolina, nuestra amiga de la ADR Sierra de Cazorla, que en una conversación telefónica dos días antes de mi llegada me había advertido: “No intentes meterte por las callejuelas del centro de Cazorla; deja el coche en el aparcamiento de la villa turística y baja andando hasta la plaza”. Nada, ni caso. Debe ser que me estoy metiendo en el papel de un viajero intrépido y hago a mi coche pasar por experiencias que no se merece.

En fin, pocos minutos después, y con unos pequeños arañazos en ambos espejos retrovisores (os podéis imaginar el ancho de las callejas por donde hice pasar al pobre coche), acepté mi derrota y aparqué en una de las grandes protagonistas del fin de semana: la avenida del Cronista Lorenzo Polaino, quizá una de las cuestas con mayor inclinación de toda Cazorla. La casa rural estaba verdaderamente cerca. En pocos minutos, y gracias al navegador GPS de mi móvil, pude llegar a la Plaza de Santa María, el lugar donde me esperaba la magnífica casa rural que lleva el mismo nombre. En menos de lo que canta un gallo estaba ya instalado en la habitación número 5, un pequeño espacio abuhardillado dividido en dos espacios por un antiguo postigo de madera. Lo primero que llamó mi atención fue la decoración: se adivinaba que aquel espacio había sido un desván, pero la magnífica restauración había aportado una personalidad especial a aquel antiguo almacén del que -según supe más tarde- había sido durante muchos años el ayuntamiento de la ciudad. No pude entonces evitar el impulso de hacer unas cuantas fotos con el móvil. “Tengo que conseguir transmitir a mis amigos lo que estoy viendo”, pensé. Aquí está el resultado:

Sin más, encendí mi ordenador y me puse a trabajar. Todavía faltaban seis horas para el encuentro con Carolina en la plaza de la Corredera. Afortunadamente, mi móvil conocía a la plaza por ese nombre. Luego sabría que los cazorleños le suelen llamar ‘la plaza del Huevo’. La explicación es de lo más peregrina… pero os la contaré en un próximo post.

Panorámica de Cazorla, por Gabriel Villena Fernández / Cazorla a pie de foto

Panorámica de Cazorla, por Gabriel Villena Fernández / Cazorla a pie de foto

Las escapadas de fin de semana destinadas a ser recordadas durante mucho tiempo suelen ofrecer buenas sensaciones desde el primer momento. La pequeña ciudad de Cazorla, en el centro de la sierra a la que da nombre, ofrece buenas vibraciones mucho tiempo antes de llegar a sus calles. Cualquier viajero que se dirige hacia ella desde la Andalucía Occidental atraviesa un mar -un océano, para ser exactos- de olivos. Si ha cometido la imprudencia de no pararse en Úbeda o Baeza, dos ciudades patrimonio de la humanidad por su increíble espíritu renacentista, la monotonía de la expedición habrá durado varias horas sin ver mucho más que las enormes extensiones de campo cultivado que acompaña al Guadalquivir en su curso.

En cualquier caso, el premio de la llegada a Cazorla es entregado varios kilómetros antes de la meta. A medida que el viajero se acerca, es casi imposible que no rece o cruce los dedos para que la providencia cumpla su deseo: “Ojalá que aquella ciudad al pie de aquel escarpado acantilado de varios cientos de metros sea Cazorla y no me haya equivocado de destino”, pensará el trotamundos. Poco después, confirmará, para su alegría, que en efecto ese enclave privilegiado era, en efecto, la meta de su viaje.

Descubrir que es en este lugar donde pasará el fin de semana es un premio para cualquier viajero en búsqueda de nuevos descubrimientos. Saber que, además, llega a Cazorla para asistir a un encuentro de blogs rurales invitado por Abraham, un cazorleño enamorado de su tierra, es como encontrar una galleta en el fondo de ese paquete que creía vacío y que le había sabido a tan poco: el viajero está seguro de que podrá conseguir conocer Cazorla como muy pocos turistas, de esos que van de paso y con el único fin de sacar el número máximo de fotos antes de ir al siguiente destino, podrán soñar nunca.

Pongamos que yo fui el viajero este último fin de semana. Pongamos, también, que fui enviado al I Evento Blog Rural Ciudad de Cazorla por la coordinadora de este proyecto Miradas de Andalucía y que, por indicación del grupo de desarrollo rural de la Sierra de Cazorla, tenía que encontrar una casa rural situada en una vieja plaza situada en el centro de una maraña de callejuelas de origen árabe, poco aptas para la circulación de un coche del siglo XXI, llamada Plaza de Santa María. Pongamos que debía hacer todo eso e intentar que mi boca abierta por el asombro causado por este lugar único no dejara escapar sus efluvios. Cualquier viajero experimentado en estas tierras entenderá que todo ello no es tarea fácil para quien sólo ha pisado suelo jiennense en su paso entre Sevilla y Madrid. Pues bien: lo conseguí. Lo que pasó desde que bajé del coche será motivo de otro post.


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